martes, 24 de septiembre de 2013

El derecho a decidir

El mal llamado derecho a decidir suele llevar trampa. Porque algunas decisiones —es cuestión de repasar la historia— no son precisamente de derecho. Especialmente cuando lo decisorio no es más que la pretensión de imponer los deseos de una mayoría sobre los derechos individuales de quienes no comulgan con sus mismos intereses. Lo que define la suprema calidad de la democracia es precisamente el respeto a los derechos de las minorías, que no debe quedar sometida al imperio totalitario de las masas. Mucho menos cuando estas han sido convenientemente adoctrinadas a favor de unos intereses políticos que pueden atentar contra una arraigada convivencia multisecular. La historia nos da lecciones… pero a algunos les está costando aprender.— Cristina de Montemar. Barcelona.


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