En este blog quiero dar mi propia visión del conflicto entre el nacionalismo catalán y el nacionalismo español. Parece que ahora tienes que estar en un bando o en otro y personalmente prefiero estar en el que estoy ahora pero mejorando todo aquello que no funciona, tanto de un bando como del otro. Basta de manipulaciones nacionalistas de cualquier signo. ¿De verdad es imposible España tal y como la conocemos? WE NEED YOUR HELP-NECESITAMOS TU AYUDA-NECESSITEM EL TEU AJUT
lunes, 24 de marzo de 2014
Javier sardà
http://epreader.elperiodico.com/APPS_GetSharedNews.aspx?pro_id=00000000-0000-0000-0000-000000000001&fecha=23%2F03%2F2014&idioma=0&doc_id=93519fa6-b30a-4c29-b90b-1fd61849ad57&index=no
martes, 11 de marzo de 2014
Stéphane Dion
http://federalistesdesquerres.blogspot.com.es/2014/03/el-federalismo-frente-la-presion.html?m=1
miércoles, 26 de febrero de 2014
Los jueces, la legalidad y la legitimidad
@el_pais: ¿En su condición de juristas?: http://elpais.com/ccaa/2014/02/25/catalunya/1393356471_543972.html
miércoles, 19 de febrero de 2014
Visca Catalunya... pero ¿visca Dalí?
El 30 de enero de 1989, ocho días después de la muerte de Salvador Dalí
en Figueres a los 84 años de edad, la polémica que le acompañó toda su
vida volvió a estallar: como en uno de los actos provocativos y
surrealistas que tanto le gustaba protagonizar, Dalí declaraba “heredero
universal y libre de todos sus bienes” al Estado español, según su último testamento de septiembre de 1982.
El documento anulaba el anterior de 1980, en el que legaba sus bienes, a
partes iguales, al Estado y a la Generalitat. Desde ese momento, 700
pinturas y 3.000 dibujos y acuarelas, algunas obras capitales del
surrealismo como El gran masturbador y El enigma de Hitler,dos
casas, una en Figueres y otra en Port Lligat (Cadaqués), un castillo en
Púbol, unos terrenos en la costa y toda su documentación, pasaban a
poder del Ministerio de Cultura. Fue el golpe de efecto póstumo de Dalí
para Cataluña, que durante décadas no supo cómo encajarlo.
Según escribió Robert Descharnes, el secretario del pintor (fallecido ayer), la primera vez que el artista y el presidente de la Generalitat Jordi Pujol se vieron fue en mayo de 1981, en la suite del hotel Meurice de París. Mientras Pujol contemplaba sentado una las pinturas, Dalí se colocó a su lado y se tiró un sonoro pedo. El genio de Figueres asociaba el apellido del presidente con Joseph Pujol, Le Petoman, famoso por sus conciertos en el Mouline Rouge, donde tocaba incluso La Marsellesa con su instrumento humano. Fue la forma de congratularse con el político, pero este sonoro encuentro seguro marcó, y no a favor, la relación posterior.
Dalí no fue nunca un personaje cómodo para el nacionalismo catalán ni agradó a los intelectuales catalanes. En 1980 la exposición Cent anys de cultura catalana, celebrada en Madrid, no mostró ninguna obra suya por decisión del comité de expertos.
Se lo ganó a pulso. La fascinación confesa, que no identidad política, por personajes como Hitler, o la proximidad a Franco, además de su rechazo a los nacionalismos y sus críticas a los popes de la cultura catalana, supuso la ruptura con la cultura imperante. Al final de la vida de Dalí, nadie recordaba que con 19 años fue detenido tras enarbolar una senyera entrando en barca al puerto de Cadaqués. Tampoco, que siempre había hecho gala de su catalanidad apareciendo en los actos con barretina y espardenyes.
La Generalitat, que había corrido con los gastos del entierro, no daba crédito tras conocer el nuevo testamento. Los intentos por acabar siendo la única beneficiaria de su legado no habían dado su fruto. Más bien al contrario. “Pujol lo visitó varias veces, también su consejero Max Cahner. Había voluntad de congraciarse y acercarlo a Cataluña y se le había concedido la Medalla de Oro de la Generalitat en 1981”, recuerda Daniel Giralt Miracle, que tuvo un papel activo en las negociaciones con Madrid como director desde 1980 del Museo de Arte Contemporáneo. Pujol incluso aseguró: “Nos sentimos engañados, pero no sabemos por quién”, mientras que Cahner calificó a Dalí de “cobarde” y, en una declaración muy actual, dijo que el Ministerio era “representante de las fuerzas de ocupación”.
Desde Madrid negaron conocer la última voluntad de Dalí y haber influido o manipulado el testamento. Semprún escribió en sus memorias que durante el funeral “miraba de reojo a Pujol y sentía ganas de gritar o de aullar de risa”, algo que se interpretó como que conocía la última voluntad del artista. Nadie duda de que Madrid había ganado la partida en su acercamiento al genio. En 1981 el abogado de Dalí, Miguel Domènech —cuñado del presidente Calvo Sotelo— había iniciado su rescate: solucionando su delicada situación fiscal, condonándole sus pagos atrasados a Hacienda y repatriando su patrimonio disperso en Nueva York, Ginebra y París. El Estado no quería que se le escapara como había pasado con Picasso. Por eso, le condecoró y el rey le nombró marqués en 1982. Según explicó Javier Tusell, director general de Bellas Artes entre 1979 y 1982, es entonces cuando se fraguó la antológica que se vio en 1983 en Madrid y Barcelona, que ayudó a inclinar la balanza.
“Fue una sorpresa. Un ayudante entró en mi despacho y dijo: ‘Nos lo ha dejado todo, tenemos que emplearnos a fondo”, explica 25 años después Jaime Brihuega, entonces director general de Bellas Artes. Según Brihuega, la Generalitat intentó hacer valer que representaba el Estado en Cataluña y eso la hacía heredera.
A los cuatros días, en la primera reunión, Semprún dejó claro que habría reparto, ya que Cataluña tenía también derecho. Se constituyó una comisión para determinar qué obras irían al Reina Sofía y cuáles a Figueres y Barcelona. Luego vinieron las reuniones de los técnicos. Participaron Brihuega y Tomas Llorens, director del Reina Sofía por Madrid y Eduard Carbonell, director general de Patrimonio y Giralt Miracle, por Cataluña. “Si hubo pugna fue en lo político, no en el cultural, ya que se trataba de una reunión de amigos y colegas. Cada uno presentó una propuesta y se llegó a un acuerdo”, recuerda Brihuega: 56 obras fueron al Reina Sofía y 134 a Figueres, entre ellas Maniquí Barcelonés y Galarina. Y Barcelona se quedó sin obras de Dalí. “Fue una decisión de la Generalitat, el Ministerio no tuvo nada que ver”, explica Brihuega. Según el consejero de Cultura actual Ferran Mascarell, “en algún momento de la negociación, quien la gestionaba decidió no ejecutar la opción de que en Barcelona se quedaran algunas obras. Habrá que preguntarles”.
No lo recuerda así Giralt Miracle, para el que la negociación fue muy dura. “Nos presentaron una lista de piezas que eran intocables, pero la final conseguimos algunas y hubo intercambio”. Aunque lamenta: “Nos dieron las migajas”.
Brihuega cree que se hizo un trabajo excepcional de algo que parecía justo, y niega que el Centro de Estudios Dalinianos se quisiera trasladar a Madrid, tal y como se ha publicado: “Habría sido un error, viendo el buen resultado de su trabajo en Figueres”. Y recuerda: “El estado podía haber hecho un acto de soberbia y quedarse con todas, ya que jurídicamente podía hacerlo”.
Para él, la situación actual haría imposible este acuerdo. “Espero que nadie, aprovechando el 25 aniversario, asegure, de forma demagógica, que la actitud del Estado fue entonces de saqueo y expolio, que es lo que harán algunos nacionalistas”, comenta. Pero ya ha ocurrido. Albert Pont, presidente del Cercle Català de Negocios (CCN) el lobby soberanista de las pymes catalanas, en su libro Delenda est Hispania, explica que, entre las cosas que hay que reclamar al día siguiente de la independencia, están las obras de Dalí en Madrid. Brihuega recuerda que las obras depositadas en Figueres siguen siendo propiedad del Estado, por lo que la reclamación podría ser en sentido contrario. “En caso de independencia se produciría un litigio tremendo”.
El año pasado, 1,6 millones de personas visitaron los centros dalinianos de Figueres, Púbol y Portlligat, que obtuvieron por entradas casi 10 millones de euros y generaron un impacto en el Empordà de 181 millones de euros, según un estudio de la Universitat de Girona. Pero Dalí no parece normalizado en Cataluña 25 años después de su muerte. A día de hoy, el pintor no tiene ninguna calle, avenida o plaza en Barcelona. El actual consistorio barcelonés asegura que “no es fácil encontrar un sitio relevante y céntrico” que lleve su nombre. Desde 1986 Madrid cuenta con una plaza dedicada al pintor. Tampoco ha habido actos oficiales en Cataluña para celebrar el cuarto de siglo de su desaparición. “Dalí es un personaje peligroso e incómodo para el nacionalismo catalán, porque si se quiere fagotizar acaba explotándote dentro”, remacha Brihuega. Para Giralt-Miracle, Dalí fue “un provocador que atentó contra la moral a lo largo de su vida y la cultura es muy dogmática. No es de extrañar que fuera políticamente incómodo”. Mascarell, en cambio mantiene que “Dalí sí está normalizado culturalmente y se le reconoce su aportación singular al arte del siglo XX”.
Sus exposiciones siguen pasando de largo. En 2004, la gran retrospectiva que se organizó con motivo de su centenario se vio en Venecia y Filadelfia, con obras de Madrid y Figueres. El año pasado, la antológica que ha batido records, tras verla más de un millón de personas en París y Madrid, no pasó por Cataluña. Tras un rifirrafe en el que Mascarell acusó a la anterior dirección del MNAC de haber rechazado organizarla en Barcelona y negarlo Maite Ocaña después, el consejero dice ahora: “Pido disculpas. No tengo duda de que si dice que no la rechazó es así”, dando por zanjado el tema.
El Macba no tiene obras en sus fondos del artista. Su director, Bartomeu Marí, mantiene que Dalí “no está integrado y se conoce muy poco, solo un cliché y una marca”. Para ver obras de Dalí en Barcelona hay que subir a Montjuïc. El MNAC posee solo cuatro pinturas del genio: tres dibujos de primera época y una pintura cedida por la Generalitat en 2010: Nacimiento de una diosa. Frente al MNAC, uno de los techos abovedados del palacete Albeniz luce desde 1969, casi de forma casi clandestina, una pintura mural que realizó por encargó del alcalde Porcioles. Otra vez el franquismo.
EL PAIS
Según escribió Robert Descharnes, el secretario del pintor (fallecido ayer), la primera vez que el artista y el presidente de la Generalitat Jordi Pujol se vieron fue en mayo de 1981, en la suite del hotel Meurice de París. Mientras Pujol contemplaba sentado una las pinturas, Dalí se colocó a su lado y se tiró un sonoro pedo. El genio de Figueres asociaba el apellido del presidente con Joseph Pujol, Le Petoman, famoso por sus conciertos en el Mouline Rouge, donde tocaba incluso La Marsellesa con su instrumento humano. Fue la forma de congratularse con el político, pero este sonoro encuentro seguro marcó, y no a favor, la relación posterior.
Dalí no fue nunca un personaje cómodo para el nacionalismo catalán ni agradó a los intelectuales catalanes. En 1980 la exposición Cent anys de cultura catalana, celebrada en Madrid, no mostró ninguna obra suya por decisión del comité de expertos.
Se lo ganó a pulso. La fascinación confesa, que no identidad política, por personajes como Hitler, o la proximidad a Franco, además de su rechazo a los nacionalismos y sus críticas a los popes de la cultura catalana, supuso la ruptura con la cultura imperante. Al final de la vida de Dalí, nadie recordaba que con 19 años fue detenido tras enarbolar una senyera entrando en barca al puerto de Cadaqués. Tampoco, que siempre había hecho gala de su catalanidad apareciendo en los actos con barretina y espardenyes.
La Generalitat, que había corrido con los gastos del entierro, no daba crédito tras conocer el nuevo testamento. Los intentos por acabar siendo la única beneficiaria de su legado no habían dado su fruto. Más bien al contrario. “Pujol lo visitó varias veces, también su consejero Max Cahner. Había voluntad de congraciarse y acercarlo a Cataluña y se le había concedido la Medalla de Oro de la Generalitat en 1981”, recuerda Daniel Giralt Miracle, que tuvo un papel activo en las negociaciones con Madrid como director desde 1980 del Museo de Arte Contemporáneo. Pujol incluso aseguró: “Nos sentimos engañados, pero no sabemos por quién”, mientras que Cahner calificó a Dalí de “cobarde” y, en una declaración muy actual, dijo que el Ministerio era “representante de las fuerzas de ocupación”.
Desde Madrid negaron conocer la última voluntad de Dalí y haber influido o manipulado el testamento. Semprún escribió en sus memorias que durante el funeral “miraba de reojo a Pujol y sentía ganas de gritar o de aullar de risa”, algo que se interpretó como que conocía la última voluntad del artista. Nadie duda de que Madrid había ganado la partida en su acercamiento al genio. En 1981 el abogado de Dalí, Miguel Domènech —cuñado del presidente Calvo Sotelo— había iniciado su rescate: solucionando su delicada situación fiscal, condonándole sus pagos atrasados a Hacienda y repatriando su patrimonio disperso en Nueva York, Ginebra y París. El Estado no quería que se le escapara como había pasado con Picasso. Por eso, le condecoró y el rey le nombró marqués en 1982. Según explicó Javier Tusell, director general de Bellas Artes entre 1979 y 1982, es entonces cuando se fraguó la antológica que se vio en 1983 en Madrid y Barcelona, que ayudó a inclinar la balanza.
“Fue una sorpresa. Un ayudante entró en mi despacho y dijo: ‘Nos lo ha dejado todo, tenemos que emplearnos a fondo”, explica 25 años después Jaime Brihuega, entonces director general de Bellas Artes. Según Brihuega, la Generalitat intentó hacer valer que representaba el Estado en Cataluña y eso la hacía heredera.
A los cuatros días, en la primera reunión, Semprún dejó claro que habría reparto, ya que Cataluña tenía también derecho. Se constituyó una comisión para determinar qué obras irían al Reina Sofía y cuáles a Figueres y Barcelona. Luego vinieron las reuniones de los técnicos. Participaron Brihuega y Tomas Llorens, director del Reina Sofía por Madrid y Eduard Carbonell, director general de Patrimonio y Giralt Miracle, por Cataluña. “Si hubo pugna fue en lo político, no en el cultural, ya que se trataba de una reunión de amigos y colegas. Cada uno presentó una propuesta y se llegó a un acuerdo”, recuerda Brihuega: 56 obras fueron al Reina Sofía y 134 a Figueres, entre ellas Maniquí Barcelonés y Galarina. Y Barcelona se quedó sin obras de Dalí. “Fue una decisión de la Generalitat, el Ministerio no tuvo nada que ver”, explica Brihuega. Según el consejero de Cultura actual Ferran Mascarell, “en algún momento de la negociación, quien la gestionaba decidió no ejecutar la opción de que en Barcelona se quedaran algunas obras. Habrá que preguntarles”.
No lo recuerda así Giralt Miracle, para el que la negociación fue muy dura. “Nos presentaron una lista de piezas que eran intocables, pero la final conseguimos algunas y hubo intercambio”. Aunque lamenta: “Nos dieron las migajas”.
Brihuega cree que se hizo un trabajo excepcional de algo que parecía justo, y niega que el Centro de Estudios Dalinianos se quisiera trasladar a Madrid, tal y como se ha publicado: “Habría sido un error, viendo el buen resultado de su trabajo en Figueres”. Y recuerda: “El estado podía haber hecho un acto de soberbia y quedarse con todas, ya que jurídicamente podía hacerlo”.
Para él, la situación actual haría imposible este acuerdo. “Espero que nadie, aprovechando el 25 aniversario, asegure, de forma demagógica, que la actitud del Estado fue entonces de saqueo y expolio, que es lo que harán algunos nacionalistas”, comenta. Pero ya ha ocurrido. Albert Pont, presidente del Cercle Català de Negocios (CCN) el lobby soberanista de las pymes catalanas, en su libro Delenda est Hispania, explica que, entre las cosas que hay que reclamar al día siguiente de la independencia, están las obras de Dalí en Madrid. Brihuega recuerda que las obras depositadas en Figueres siguen siendo propiedad del Estado, por lo que la reclamación podría ser en sentido contrario. “En caso de independencia se produciría un litigio tremendo”.
El año pasado, 1,6 millones de personas visitaron los centros dalinianos de Figueres, Púbol y Portlligat, que obtuvieron por entradas casi 10 millones de euros y generaron un impacto en el Empordà de 181 millones de euros, según un estudio de la Universitat de Girona. Pero Dalí no parece normalizado en Cataluña 25 años después de su muerte. A día de hoy, el pintor no tiene ninguna calle, avenida o plaza en Barcelona. El actual consistorio barcelonés asegura que “no es fácil encontrar un sitio relevante y céntrico” que lleve su nombre. Desde 1986 Madrid cuenta con una plaza dedicada al pintor. Tampoco ha habido actos oficiales en Cataluña para celebrar el cuarto de siglo de su desaparición. “Dalí es un personaje peligroso e incómodo para el nacionalismo catalán, porque si se quiere fagotizar acaba explotándote dentro”, remacha Brihuega. Para Giralt-Miracle, Dalí fue “un provocador que atentó contra la moral a lo largo de su vida y la cultura es muy dogmática. No es de extrañar que fuera políticamente incómodo”. Mascarell, en cambio mantiene que “Dalí sí está normalizado culturalmente y se le reconoce su aportación singular al arte del siglo XX”.
Sus exposiciones siguen pasando de largo. En 2004, la gran retrospectiva que se organizó con motivo de su centenario se vio en Venecia y Filadelfia, con obras de Madrid y Figueres. El año pasado, la antológica que ha batido records, tras verla más de un millón de personas en París y Madrid, no pasó por Cataluña. Tras un rifirrafe en el que Mascarell acusó a la anterior dirección del MNAC de haber rechazado organizarla en Barcelona y negarlo Maite Ocaña después, el consejero dice ahora: “Pido disculpas. No tengo duda de que si dice que no la rechazó es así”, dando por zanjado el tema.
El Macba no tiene obras en sus fondos del artista. Su director, Bartomeu Marí, mantiene que Dalí “no está integrado y se conoce muy poco, solo un cliché y una marca”. Para ver obras de Dalí en Barcelona hay que subir a Montjuïc. El MNAC posee solo cuatro pinturas del genio: tres dibujos de primera época y una pintura cedida por la Generalitat en 2010: Nacimiento de una diosa. Frente al MNAC, uno de los techos abovedados del palacete Albeniz luce desde 1969, casi de forma casi clandestina, una pintura mural que realizó por encargó del alcalde Porcioles. Otra vez el franquismo.
EL PAIS
lunes, 17 de febrero de 2014
De como Catalunya se volvió rica
http://www.abc.es/espana/20140210/abci-como-cataluna-volvio-rica-201402100444.html
La razón sin razones : JAVIER CERCAS
Un idiota es quien cree
que todos los nacionalistas catalanes son idiotas; la proliferación de
esa clase de idiotez es una de las razones por las que en Cataluña
estamos donde estamos. Pero no la única: casi nada se explica por una
sola razón. Es verdad que el auge independentista es fruto de 30 años de
nacionalismo orientado no sólo al nation building –construcción de una nación–, sino al State building
–construcción de un Estado–, y que, en vez de pedir la secesión con
claridad y limpieza como hacen en Quebec, los nacionalistas han decidido
que la única forma de llegar a ella consiste en engañar con trapacerías
como el derecho a decidir y, agitando la bandera de la democracia, en
intentar saltarse la ley, que es la principal garantía de la democracia,
en vez de intentar cambiarla.
Es verdad que la
situación es fruto de una justificadísima sensación general de maltrato,
que no se atribuye a varias razones, sino a una sola, llamada España,
cosa que a los catalanes nos provoca un gran alivio momentáneo (porque
significa que no somos responsables de nuestras desdichas: el
responsable es otro) y que de paso ilumina una faceta algo oscurecida
del fenómeno: se trata de la forma que ha adoptado entre nosotros el
populismo provocado en toda Europa por la crisis.
Es verdad que en
Cataluña se ha instalado a ratos lo que Francesc de Carreras ha llamado,
citando a Elisabeth Noelle-Neumann, “la espiral del silencio”, que
viene a ser lo que yo, citando a Pierre Vilar, llamé “unanimismo” –una
ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia–, lo
cual ha provocado a su vez una lógica aprensión entre políticos,
periodistas e intelectuales, que o se han callado o, como aquel
personaje de Chaplin, se han sumado a la manifestación que avanzaba
hacia ellos, colocándose además a su cabeza.Todo esto es verdad, pero
hay más; por ejemplo: la incapacidad para crear en Cataluña un discurso
alternativo al del nacionalismo.
¿Cuáles son los
discursos alternativos al nacionalismo catalán existentes ahora mismo?
Dos. El primero es el del nacionalismo español, sobre todo representado
por el PP. Este discurso es inútil contra el nacionalismo catalán: por
un lado, porque, mientras en estos años el nacionalismo catalán
rejuvenecía, el español se fosilizaba, apoltronado en su aparente
triunfo; por otro, y sobre todo, porque el nacionalismo español no puede
combatir al catalán, sino sólo intentar destruirlo (que es lo que ha
intentado sin éxito desde hace más de un siglo): un nacionalismo no se
combate con otro nacionalismo, sino con la razón, y lo primero que hay
que hacer para combatir al nacionalismo catalán es entender que este no
es un combate contra él, sino contra el nacionalismo a secas, empezando
por el español, históricamente mucho más dañino que el catalán.
El segundo
discurso disponible contra el nacionalismo catalán es el de UPyD y
Ciutadans; se trata de un discurso menos vetusto, pero no menos
ineficaz, entre otras cosas porque, como ha señalado Jorge Urdánoz,
propone una traslación casi automática del discurso antinacionalista que
sí fue eficaz contra ETA en el País Vasco. Todos los nacionalismos se
parecen en el fondo, pero todos se diferencian en la superficie; no
entender esa diferencia es no entenderlos (y por tanto no poder
combatirlos): el nacionalismo de ETA es violento y el catalán no; el
nacionalismo de ETA es etnicista y el catalán no. Podríamos seguir, por
ejemplo con la cuestión de la lengua, tan distinta en Cataluña y el País
Vasco y, para mí, tan mal planteada por el PP como por Ciutadans; pero
se me acaba el artículo, así que mejor la dejo para el siguiente.
“Señor Roque”, le dice don Quijote al catalán Roque Guinart, “el
principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer tomar el
enfermo las medicinas que el médico le ordena”. Una de las causas del
auge del independentismo catalán es que el médico se ha equivocado de
diagnóstico y le ha recetado al paciente una medicina que, en vez de
curar la enfermedad, la agudiza. Quienes piensan que nuestros problemas
se arreglan con la independencia de Cataluña no tienen a mi juicio
razón, pero tienen muchas razones; en cambio, quienes pensamos lo
contrario quizá tengamos razón, pero no tenemos razones. Y la razón sin
razones no sirve de nada.
No hace mucho
recordaba Álex Grijelmo el episodio en este periódico. Don Quijote y
Sancho avanzan hacia Barcelona cuando son detenidos por unos bandoleros;
estos hablan en catalán y, aunque con “cuatro pistoletes” amenazándole a
uno es posible entender hasta el zulú, todo indica que a continuación
se da, como dice Grijelmo, “una situación de bilingüismo tácito que
invita a imaginar a cada uno comunicándose en su idioma”. No es raro.
Catalán y castellano se parecen tanto –al fin y al cabo, ambos no son
más que latín mal hablado– que, aunque los protagonistas de Cervantes
nunca hayan oído hablar catalán, entienden a los bandoleros: no sólo Don
Quijote, que es un hidalgo leído, sino también Sancho, que es un
destripaterrones. Dicho de otro modo: es posible pasarse un mes oyendo
hablar en catalán sin llegar a entender una palabra, pero para eso hay
que esforzarse mucho o ser más necio que el bueno de Sancho.
Dos semanas atrás
intenté señalar en esta columna una de las causas que, a mi juicio,
explican el auge del independentismo en Cataluña: la ausencia de un
discurso capaz de combatir al renovado discurso del nacionalismo
catalán. Frente a éste, añadía, sólo existen dos alternativas: la del
viejo nacionalismo español representado por el PP, que no puede combatir
al nacionalismo catalán porque no entiende que el problema no es el
nacionalismo catalán, sino el nacionalismo a secas, empezando por el
español; y el discurso de UPyD y Ciutadans, que tampoco puede combatir
al nacionalismo catalán porque en lo esencial se fabricó en el País
Vasco para combatir el nacionalismo vasco, que es parecido pero distinto
al catalán.
En cuanto a la
izquierda (UPyD y Ciutadans aún no sabemos lo que son, aunque mientras
lo deciden tratan de vendernos la moto de que la derecha y la izquierda
ya no existen), en este punto apenas ha tenido discurso propio, porque
se durmió en los laureles de su supuesta superioridad intelectual y
moral, convencida de que el dinosaurio del nacionalismo no reaparecería
después de aplastar Europa dos veces y, cuando se despertó, el
dinosaurio estaba otra vez allí, intacto.
El resultado es que
el discurso político catalán está colonizado por el nacionalismo, que ha
tejido una telaraña conceptual de la que la izquierda parece incapaz de
librarse. Así se explica, por ejemplo, que en Cataluña no se pueda no
ser nacionalista: o eres nacionalista catalán o eres nacionalista
español y, si abominas por igual de ambos nacionalismos (y del
nacionalismo a secas), es que eres un nacionalista español encubierto.
Así se explica que se haya permitido que el nacionalismo coloque en el
centro del debate el llamado derecho a decidir, una aberración
lingüística (el verbo “decidir” no es intransitivo: hay que decidir
“algo”), una imposibilidad jurídica (en democracia no se puede decidir
lo que a uno le da la gana) y un eufemismo (por “derecho de
autodeterminación”, derecho que ninguna democracia reconoce en su seno),
convertido todo ello en el engaño ideal para crear la ilusión de que la
gran mayoría de los catalanes quiere la independencia y de ese modo
poder llevarnos de matute a ella. Así se explica, en fin, que Artur Mas
proclame con gran solemnidad que en Cataluña el problema es si podemos
votar o no y nadie le conteste que en Cataluña votamos desde hace casi
40 años y que por eso él es nuestro presidente; a lo cual Mas
contestaría verosímilmente que lo que él pregunta es si se puede votar o
no la independencia, y nadie le contestaría, me temo, que sí se puede,
siempre que se vote a ERC o CUP y no a su coalición, que no lleva la
independencia en su programa.
Esta indigencia
argumentativa es la cuestión. Lo repito: no creo que tengan razón
quienes piensan que la independencia de Cataluña arreglaría nuestros
problemas, pero tienen muchas razones; a quienes no lo pensamos nos pasa
lo contrario. Pero en el artículo anterior prometí que explicaría por
qué las razones del habitual discurso antinacionalista en materia
lingüística también me parecen equivocadas. Lo explicaré en el próximo;
sólo adelanto ahora que, como muestra la anécdota del Quijote
con que empecé, hay que tener muchas ganas de crear un problema para
crearlo entre dos lenguas tan semejantes como el catalán y el
castellano.
El embrollo de la lengua vehicular
Los recientes autos del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña,
que exigen al Gobierno catalán la introducción de una cuota del 25% de
horas lectivas en castellano, han sido recibidos como una agresión
contra un sistema (la inmersión lingüística) que no solo cuenta con un
apoyo parlamentario sólido sino también con el aval de los expertos y el
refrendo de los resultados académicos. La reacción de la Generalitat,
que tanto reprocha últimamente al Gobierno español su inmovilismo en el
contencioso soberanista, ha sido inmovilista a su vez: al decir de
Francesc Homs, consejero de la Presidencia, no se va a mover “ni una
coma” del sistema. Ante este punto muerto tan gráficamente expresado son
urgentes algunas reflexiones.
Para empezar, los autos del TSJC, lejos de desmontar el sistema de inmersión “por la puerta de atrás”, lo ratifican de frente. El TSJC se esfuerza en remarcar que la proporción de la presencia vehicular del castellano “debe partir de la consideración del catalán como centro de gravedad del sistema”. En este sentido, el modelo al que apunta el TSJC se sitúa claramente en contra de los modelos que vienen defendiendo los adversarios del sistema de inmersión. En su programa electoral de 2010, el PP de Cataluña estableció las proporciones que deberían corresponder a las diferentes lenguas vehiculares: entre una quinta y una tercera parte en inglés y el resto repartido a partes iguales entre el catalán y el castellano. Si optamos por la quinta parte en inglés, estamos hablando de un modelo 20-40-40, que es precisamente el modelo que defiende Ciutadans. Entre el 25% del TSJC y el 40% de estos partidos hay sin duda un trecho. Y el trecho es todavía mayor entre lo que dice el TSJC y lo que postula UPyD, que no es otra cosa que la posibilidad de elegir escuelas donde todo el currículo se imparta en castellano.
El problema, pues, no es que el TSJC destruya un sistema en el que el catalán debe seguir siendo el centro de gravedad. El problema, en todo caso, es que suplante al legislador y se saque de la manga que el 25% de docencia en castellano es lo que constituye una proporción razonable. Más allá del consabido argumento de la invasión de competencias, aquí hay que hacerse al menos estas dos preguntas. ¿Razonable para qué? ¿Y por qué el 25%?
El TSJC concluye que a la luz de precedentes como la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de 23 de julio de 1968 “procede fijar en el 25% de las horas efectivamente lectivas el mínimo de referencia”. La sentencia citada se refiere a ciertas poblaciones de la periferia de Bruselas en cuyas escuelas públicas la lengua de la enseñanza es el neerlandés, a pesar de que una parte importante de su población es francófona. Según la legislación examinada por el TEDH, en estas escuelas la enseñanza del francés ni siquiera era obligatoria y en ningún caso se preveía su utilización como lengua vehicular, una situación que los jueces dieron por buena. La legislación examinada también establecía la posibilidad de organizar la enseñanza en francés si lo solicitaban al menos 16 familias francófonas; estas escuelas sí que tenían la obligación de enseñar la lengua neerlandesa, pero no de utilizarla como lengua vehicular. Si la sentencia del TEDH no fija ningún porcentaje, ¿cuál es el precedente, si no es la imaginación del Tribunal?
Pero más allá del aspecto relativamente técnico del porcentaje se halla la cuestión sustancial de la razonabilidad. Se supone que la introducción del castellano como lengua vehicular debería ser un instrumento para garantizar el correcto aprendizaje de esta lengua. Sin embargo, ni en las interlocutorias actuales ni en los anteriores pronunciamientos judiciales sobre esta cuestión se proporciona ninguna evidencia de que los alumnos cuyos padres han solicitado enseñanza en castellano padezcan un déficit de conocimiento de esta lengua. Esto lleva a pensar que lo de la razonabilidad no obedece a necesidades pedagógicas sino a convicciones ideológicas, y concretamente a una variante del westfalianismo lingüístico (ya saben: un Estado, una lengua): el castellano debe ser lengua vehicular en todo el territorio español (aunque en algunas regiones solo sea el 25%). Detrás de esta actitud se esconde un prejuicio político: un sistema educativo en el que la única lengua vehicular sea el catalán es percibido como antiespañol.
Naturalmente, al westfalianismo español le corresponde el westfalianismo catalán, según el cual en Cataluña la lengua vehicular debe ser el catalán. Y aquí asoma un prejuicio paralelo: la introducción del castellano como lengua vehicular es percibida como una maniobra anticatalana. (Lo curioso es que los recelos que despierta el castellano no los despierta el inglés: cuando la consejera de Educación, Irene Rigau, anunció que el 12% de las horas lectivas de primaria, el 15% de secundaria y el 18% de bachillerato serían en inglés, a nadie se le ocurrió decir que eso suponía desmontar el sistema de inmersión “por la puerta de atrás”).
Para pacificar este asunto solo cabría una posibilidad, que es
dejarse de westfalianismos. En primer lugar, habría que ratificar el
único punto de encuentro de todas las partes, que no es otro que el
bilingüismo terminal. Sea cual sea la decisión que se tome en materia de
lenguas vehiculares, el sistema educativo debe garantizar el correcto
aprendizaje tanto del catalán como del castellano. En segundo lugar,
habría que dar libertad a los consejos escolares de los centros
educativos para que establezcan su lengua o sus lenguas vehiculares y,
si es el caso, la proporción de cada una de ellas. ¿Que la mayoría
optará por mantener el catalán como lengua vehicular? Nada que decir,
siempre que se garantice el bilingüismo terminal. ¿Que algunos optarán
por impartir el 25% (por ejemplo) de las horas lectivas en castellano?
Tampoco nada que decir, siempre que se garantice el bilingüismo
terminal. Y todo ello sin olvidar la urgencia de levantar el
conocimiento del inglés (la verdadera lacra lingüística del sistema
educativo catalán, como lo es del español) mediante su introducción como
segunda o tercera lengua vehicular.
Lo más irónico del asunto es que esta es precisamente la dirección en la que está evolucionando el sistema de inmersión. Diga lo que no diga la Ley de Educación de Cataluña, la Generalitat permite impartir un área en lengua castellana (aparte de la lengua y literatura castellanas) “en los centros que dadas las condiciones de su entorno sociolingüístico dispongan de un proyecto específico”. En virtud de esta posibilidad, y según datos aireados por la propia consejera de Educación, el 13% de escuelas públicas y concertadas de Cataluña ya está utilizando el castellano como lengua vehicular. (Por lo que respecta al inglés, el 34% de los centros lo utiliza como vehicular, y ya hemos mencionado el proyecto de Irene Rigau de conceder a esta lengua entre un 12% y un 18% del tiempo lectivo). En otras palabras, en Cataluña ya existen hoy escuelas que utilizan tres lenguas vehiculares sin que nadie las haya acusado de desmontar la inmersión “por la puerta de atrás”.
Y terminamos. Sería muy interesante estudiar ese 13% de escuelas que utilizan el castellano como lengua vehicular. ¿Por qué se tomó la decisión de adoptar el castellano? ¿Cómo se obtuvo el consenso de las familias? ¿Qué impacto está teniendo la medida? A lo mejor descubriríamos que el hecho de utilizar el castellano como lengua vehicular ha mejorado el conocimiento del castellano sin dañar el del catalán. Dejar que el sistema evolucione de este modo natural parece más recomendable que modificarlo a golpe de autos judiciales inspirados en última instancia en la nefasta sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña. Pero claro: en este momento de la historia ya les va bien, a los unos y los otros, que la cuestión de la lengua vehicular se haya convertido en un arma arrojadiza más.
Para empezar, los autos del TSJC, lejos de desmontar el sistema de inmersión “por la puerta de atrás”, lo ratifican de frente. El TSJC se esfuerza en remarcar que la proporción de la presencia vehicular del castellano “debe partir de la consideración del catalán como centro de gravedad del sistema”. En este sentido, el modelo al que apunta el TSJC se sitúa claramente en contra de los modelos que vienen defendiendo los adversarios del sistema de inmersión. En su programa electoral de 2010, el PP de Cataluña estableció las proporciones que deberían corresponder a las diferentes lenguas vehiculares: entre una quinta y una tercera parte en inglés y el resto repartido a partes iguales entre el catalán y el castellano. Si optamos por la quinta parte en inglés, estamos hablando de un modelo 20-40-40, que es precisamente el modelo que defiende Ciutadans. Entre el 25% del TSJC y el 40% de estos partidos hay sin duda un trecho. Y el trecho es todavía mayor entre lo que dice el TSJC y lo que postula UPyD, que no es otra cosa que la posibilidad de elegir escuelas donde todo el currículo se imparta en castellano.
El problema, pues, no es que el TSJC destruya un sistema en el que el catalán debe seguir siendo el centro de gravedad. El problema, en todo caso, es que suplante al legislador y se saque de la manga que el 25% de docencia en castellano es lo que constituye una proporción razonable. Más allá del consabido argumento de la invasión de competencias, aquí hay que hacerse al menos estas dos preguntas. ¿Razonable para qué? ¿Y por qué el 25%?
El TSJC concluye que a la luz de precedentes como la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de 23 de julio de 1968 “procede fijar en el 25% de las horas efectivamente lectivas el mínimo de referencia”. La sentencia citada se refiere a ciertas poblaciones de la periferia de Bruselas en cuyas escuelas públicas la lengua de la enseñanza es el neerlandés, a pesar de que una parte importante de su población es francófona. Según la legislación examinada por el TEDH, en estas escuelas la enseñanza del francés ni siquiera era obligatoria y en ningún caso se preveía su utilización como lengua vehicular, una situación que los jueces dieron por buena. La legislación examinada también establecía la posibilidad de organizar la enseñanza en francés si lo solicitaban al menos 16 familias francófonas; estas escuelas sí que tenían la obligación de enseñar la lengua neerlandesa, pero no de utilizarla como lengua vehicular. Si la sentencia del TEDH no fija ningún porcentaje, ¿cuál es el precedente, si no es la imaginación del Tribunal?
Pero más allá del aspecto relativamente técnico del porcentaje se halla la cuestión sustancial de la razonabilidad. Se supone que la introducción del castellano como lengua vehicular debería ser un instrumento para garantizar el correcto aprendizaje de esta lengua. Sin embargo, ni en las interlocutorias actuales ni en los anteriores pronunciamientos judiciales sobre esta cuestión se proporciona ninguna evidencia de que los alumnos cuyos padres han solicitado enseñanza en castellano padezcan un déficit de conocimiento de esta lengua. Esto lleva a pensar que lo de la razonabilidad no obedece a necesidades pedagógicas sino a convicciones ideológicas, y concretamente a una variante del westfalianismo lingüístico (ya saben: un Estado, una lengua): el castellano debe ser lengua vehicular en todo el territorio español (aunque en algunas regiones solo sea el 25%). Detrás de esta actitud se esconde un prejuicio político: un sistema educativo en el que la única lengua vehicular sea el catalán es percibido como antiespañol.
Naturalmente, al westfalianismo español le corresponde el westfalianismo catalán, según el cual en Cataluña la lengua vehicular debe ser el catalán. Y aquí asoma un prejuicio paralelo: la introducción del castellano como lengua vehicular es percibida como una maniobra anticatalana. (Lo curioso es que los recelos que despierta el castellano no los despierta el inglés: cuando la consejera de Educación, Irene Rigau, anunció que el 12% de las horas lectivas de primaria, el 15% de secundaria y el 18% de bachillerato serían en inglés, a nadie se le ocurrió decir que eso suponía desmontar el sistema de inmersión “por la puerta de atrás”).
Dejar que el sistema evolucione de modo natural parece más recomendable que modificarlo a golpe de autos judiciales
Lo más irónico del asunto es que esta es precisamente la dirección en la que está evolucionando el sistema de inmersión. Diga lo que no diga la Ley de Educación de Cataluña, la Generalitat permite impartir un área en lengua castellana (aparte de la lengua y literatura castellanas) “en los centros que dadas las condiciones de su entorno sociolingüístico dispongan de un proyecto específico”. En virtud de esta posibilidad, y según datos aireados por la propia consejera de Educación, el 13% de escuelas públicas y concertadas de Cataluña ya está utilizando el castellano como lengua vehicular. (Por lo que respecta al inglés, el 34% de los centros lo utiliza como vehicular, y ya hemos mencionado el proyecto de Irene Rigau de conceder a esta lengua entre un 12% y un 18% del tiempo lectivo). En otras palabras, en Cataluña ya existen hoy escuelas que utilizan tres lenguas vehiculares sin que nadie las haya acusado de desmontar la inmersión “por la puerta de atrás”.
Y terminamos. Sería muy interesante estudiar ese 13% de escuelas que utilizan el castellano como lengua vehicular. ¿Por qué se tomó la decisión de adoptar el castellano? ¿Cómo se obtuvo el consenso de las familias? ¿Qué impacto está teniendo la medida? A lo mejor descubriríamos que el hecho de utilizar el castellano como lengua vehicular ha mejorado el conocimiento del castellano sin dañar el del catalán. Dejar que el sistema evolucione de este modo natural parece más recomendable que modificarlo a golpe de autos judiciales inspirados en última instancia en la nefasta sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña. Pero claro: en este momento de la historia ya les va bien, a los unos y los otros, que la cuestión de la lengua vehicular se haya convertido en un arma arrojadiza más.
Albert Branchadell es profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona.
martes, 11 de febrero de 2014
miércoles, 5 de febrero de 2014
viernes, 31 de enero de 2014
El infinito catalán y más allá
Nuestra democracia tiene un problema ineludible en Cataluña. Cuando una parte significativa de españoles que viven en Cataluña, o de catalanes que viven en España a través de Cataluña, están muy descontentos con los términos del vigente contrato de convivencia y quieren romperlo, todos los españoles tenemos una dificultad importante. Por mucho que algunos se empeñen en taparse los ojos esperando que se desvanezca solo, no lo hará y aunque el paso del tiempo pueda reducir su efervescencia (¿qué pasa al día siguiente de una declaración unilateral de independencia, aprobada por el próximo Parlament tras unas elecciones plebiscitarias?), ganará en enconamiento, si no somos capaces de encontrarle soluciones positivas.
Debemos empezar enmarcando correctamente la situación: no es un problema “con” Cataluña, sino “en” Cataluña, ya que la misma existencia de dos entidades abstractas, esencialistas, monolíticas y diferentes, como España y Cataluña, forma parte de la visión interesada de los nacionalistas, que no compartimos quienes no lo somos. Mucho menos, si se presenta como la confrontación de una entidad contra la otra, ¡desde hace 300 años! En primer lugar, porque no solo España es plural (se puede vivir en Madrid y no ser centralista), sino que Cataluña también es plural (hay catalanes que no quieren la independencia). Pero, sobre todo, porque la relación entre el todo y una de sus partes más dinámicas, por muy complicada que sea, nunca es de suma cero (una gana lo que la otra pierde), ya que o ambas ganan, o ambas pierden.
En los últimos 35 años, gracias sobre todo al sistema autonómico constitucional, ambas partes han ganado con lo que ganaba la otra. Eso explica que, dentro de la dinámica típica del debate democrático entre intereses diversos y recursos escasos, “España” ha estado interesada en sacar adelante asuntos que beneficiaban a “Cataluña” y “Cataluña” ha estado interesada en contribuir a la gobernabilidad de “España”, sobre todo, cuando la no existencia de mayorías absolutas en el Parlamento concedía mayor poder de decisión a los votos de partidos que solo se presentaban en Cataluña. Porque si le va bien a Cataluña, le va bien a España, y que le vaya bien a Cataluña depende, en parte, de lo que haga el Gobierno de España en una relación marcada más por la existencia de una tupida red de intereses cruzados a lo largo de los siglos, que por el simplismo de buenos y malos, agrupados a cada lado de la raya.
Desde hace dos años, sin embargo, uno de los principales actores que mantenía en funcionamiento tan compleja ecuación dinámica, ha cambiado el signo que venía caracterizándole desde la instauración de la democracia. Con la sentencia (2010) del Tribunal Constitucional sobre el Estatut como excusa, la principal coalición política de Cataluña, Convergencia i Unió, ha movido radicalmente su posición histórica desde el nacionalismo democrático, hacia el soberanismo independentista que, hasta ahora, era patrimonio de otras fuerzas minoritarias. Con ello, ha abandonado el posibilismo por la utopía, el pacto por la confrontación y la búsqueda de soluciones por el agravamiento del problema.
No voy a analizar si tal reacción está más o menos justificada, o si es más o menos desproporcionada. Viví, como ministro del ramo, los avatares de la negociación del Estatut, cuyo texto final voté como diputado convencido de su bondad como expresión del mejor acuerdo posible en aquel momento. Además, creí un error político grave el partidismo que llevó al PP a recurrir ante el Constitucional artículos del Estatut que había aceptado en otros textos de reforma estatutaria, como también considero inadecuado que el Tribunal Constitucional se pronuncie después de un referéndum, aunque es lo que marca la ley, e igualmente creo que su sentencia, por debajo de la espuma, descalificaba más a los recurrentes que a los defensores del texto aprobado en el Parlamento, es decir, que se pudo hacer, desde los partidos catalanes, otra lectura política de la misma.
Me interesa más desarrollar el clásico “y ahora, ¿qué?”, empezando por descartar, con rotundidad, dos ideas: no creo que el problema se resuelva mediante el “tancredismo” de esperar a que escampe o, confiándolo todo al calor de la recuperación económica o de una mejora en el sistema de financiación autonómico. Pero tampoco creo que la solución sea embarcar a la sociedad catalana en una aventura independentista revestida de carta a los Reyes Magos y de supuesto ejercicio elemental de democracia, saltándose las reglas que dan sentido, precisamente, a la verdadera democracia (todo dictador que se precie, gana referendos).
En el momento actual, a partir de todo el camino ya recorrido, solo veo tres movimientos posibles para la coalición gobernante en Cataluña: primera, plantear irse de todas todas, haga lo que haga el resto de España; segunda, estar dispuesta a irse de España como último recurso, si no se encuentra una solución satisfactoria al actual memorial de agravios (que convendría conocer); tercera, irse, pero solo si se hace de mutuo acuerdo con lo que quede de una España sin Cataluña (y lo que pueda significar ese movimiento para el nacionalismo vasco, o canario). Cada una de estas posiciones enmarca el campo y las reglas del juego político de una manera radicalmente diferentes. Si defiende irse en cualquier caso, posición que parece expresar, a veces, elpresident Mas, no hay terreno para ninguna negociación con “España”, ni se tienen que respetar las leyes constitucionales vigentes que son, precisamente, con las que se quiere romper. Es un escenario de confrontación pura y dura, que solo deja a la otra parte la confrontación como única respuesta. Hay demasiados ejemplos recientes sobre lo dañino de este supuesto, como para que me extienda en la irresponsabilidad que contrae quien se deslice en espiral por el mismo.
El escenario de una independencia “pactada”, solución, al parecer, propuesta por algunos dirigentes de Unió, debería llevar a una actitud diferente por parte de quien debe buscar convencer al otro, y no solo a los propios, de la bondad de la independencia. Se trataría de hacer pedagogía en toda España con argumentos a favor de la tesis de que ambas partes ganan con la ruptura o que, al menos, es la menos mala de todas las opciones posibles. Una ruptura pactada requiere más tiempo (décadas en el caso de Quebec o Escocia sin haberlo conseguido, no tres años que llevamos aquí), menos amenazas (habría que retirar el referéndum anunciado unilateralmente) y, sobre todo, menos insultos (expolio fiscal, agresión histórica, parásitos, etcétera). Amenazar con la independencia de Cataluña para forzar un acuerdo que nos permita seguir viviendo juntos en España, aunque con unas reglas del juego remozadas, parece, pues, el escenario más deseable y, seguramente, más probable. Sin embargo, muchos nos preguntamos si para acabar forzando un acuerdo, hacía falta cargar las alforjas de tanta dinamita (¿tendría el independentismo la fuerza que tiene hoy en Cataluña, si la actual cúpula de CiU no le hubiera dado carta de naturaleza con su giro político?).
Pero si hay que trabajar por encontrar una salida, renegociando a fondo las actuales reglas de la convivencia entre españoles, por ejemplo, mediante un nuevo Estatut y una reforma federal de la Constitución, o empezamos a exigir a los actuales sujetos políticos del juego que den pasos relevantes en esa dirección cambiando de manera drástica la actitud que vienen desempeñando hasta ahora (inmovilidad versus salto en el vacío), o cambiamos a los actores protagonistas, o encargamos la tarea a unos sujetos políticos distintos, pero muy directamente interesados: las otras comunidades autónomas, unas instituciones del Estado capaces de trascender la partitocracia. Solo una ruptura procedimental como esta podría sacar el asunto de la vía única por la que marchan los dos trenes en direcciones opuestas. Una autoconvocatoria de los presidentes de las comunidades históricas, País Vasco, Galicia y Andalucía para empezar a abordar el problema, con la Comisión General de Comunidades Autónomas del Senado como marco legal de referencia, podría cambiar los términos del debate, desbloqueando la actual situación donde solo podemos perder todos, hacia otro escenario en el que, tal vez, todos podamos ganar. ¿Quién da el primer paso?
Jordi Sevilla fue ministro de Administraciones Públicas entre 2004 y 2008.
Es política, no pedagogía
Ayer seguro que llegaron a Barcelona muchos visitantes extranjeros que no habían estado nunca en esta ciudad y, aunque hubieran estado otras veces, desconocían el régimen jurídico de las lenguas en Cataluña. Al pasear por las calles, subir a un transporte público o tomar una copa en un bar, pudieron comprobar que los ciudadanos se expresaban indistintamente, con toda normalidad y sin conflicto alguno, en catalán y en castellano. ¡Qué facilidad para cambiar de lengua sin ni siquiera pensarlo!, quizás comentaron.
Pero si a estos visitantes les explicaran que la consejera de Enseñanza del Gobierno autónomo catalán no cumple repetidamente ni la ley ni las sentencias porque se opone a que en la escuela se enseñe en castellano, a excepción de la asignatura de Lengua Española, no entenderían nada. ¿Cómo una sociedad tan amable y tolerante, tan dispuesta a cambiar de lengua porque considera que un idioma es ante todo un medio para entenderse y no para enfrentarse, tiene unos gobernantes tan intransigentes y cerriles? Lo que es habitual en la calle, en las familias, entre amigos, está prohibido en escuelas e institutos: el visitante se quedaría asombrado. ¡Qué gente más rara!
Realmente todo es muy raro. Por varias razones. La primera, porque desde hace años es imposible discrepar en algo sobre este tema sin que te descalifiquen: “¡Eres un anticatalán!”. “Bueno, pero si yo simplemente digo que hay que aprender las dos lenguas, que esto del bilingüismo despeja las mentes, está probado…”. “Eres un anticatalán”. No hay diálogo, hay un muro.
Una segunda rareza es el incumplimiento sistemático de la Constitución, el estatuto, las leyes y las sentencias. El Parlamento catalán aprobó una buena primera ley bilingüista en 1983. Al poco ya se incumplía. Por fin, en 1994 una sentencia del TC sentó la doctrina que han aplicado los autos de ayer: el catalán es el centro de gravedad del modelo, pero el castellano no debe ser excluido como lengua vehicular. Una prudente doctrina sin duda protectora del catalán. Han pasado 20 años, con sentencias, leyes, autos, más sentencias: las autoridades catalanas ni caso, las españolas pasando. ¡Un mínimo del 25% lectivo y otra asignatura además de la lengua castellana! Ni eso, no admiten ni eso.
Además hay hipocresía. La normativa no se cumple. En muchas escuelas concertadas y privadas, incluso públicas, se utilizan ambas lenguas. Una ley es arbitraria cuando solo se cumple cuando conviene. La ley no es monolingüista por principio, por supuesto político: no puede admitirse que el castellano sea “también” una lengua oficial de Cataluña porque en el imaginario nacionalista es la lengua de los invasores, se impuso por una “violencia antigua”, como dijo Jordi Pujol hace unos años. Con la lengua en la escuela se hace política, no pedagogía, se quiere inculcar a los catalanes la idea de que en Cataluña solo hay una lengua. Y se está consiguiendo.
Francesc de Carreras es catedrático de Derecho Constitucional en la Autónoma de Barcelona.
miércoles, 29 de enero de 2014
¿Va a durar mucho este 2014?
Quien no tenga una idea más o menos precisa de “la cuestión catalana”
acaso no la tenga tampoco de “la cuestión española”. Recordar este
entrecomillado de Azaña es como mentar la soga en casa del ahorcado, que
es lo que parece vienen haciendo los políticos secesionistas, ponerse
una soga en el cuello de Cataluña. Claro que Cataluña no deja de ser el
cuello de España.
Podríamos formular lo que sigue de tres maneras: 1. De qué estamos hablando: 2. De qué vamos a hablar; y 3. Ya está todo hablado. En realidad hemos llegado a un punto en que muchos, tanto si desean hablar de la “cuestión catalana” en un sentido o en otro, a favor de la famosa consulta o en contra, prefieren mezclar las tres cuestiones, con excitante confusión.
1. De qué estamos hablando. Hablamos de que una parte de España ha decidido por su cuenta separarse del todo. Si no lo ha entendido uno mal, los secesionistas lo han presentado de la manera más ventajosa para ellos: como un divorcio. ¿Qué ventajas tiene presentarlo de ese modo? La principal es la de hacer creer que se trata de dos partes, más o menos simétricas y soberanas. Cataluña podría, así, al fin, mirar de tú a tú a España, incluso, ¿por qué no?, por encima del hombro. Hace uno o dos meses un jerarca catalán que exportaba el congreso España contra Cataluña a Holanda, afirmó en una de sus universidades que la cultura catalana actual era ya, a día de hoy, muy superior a la española. Lo hizo después de afirmarse allí que Cataluña había sufrido desde 1714 media docena de atropellos violentos. Se trae esto a la colada, porque una vez que se ha admitido que estamos ante un divorcio, la vía más rápida para justificarlo es la de los malos tratos sufridos, presentando al consorte, la España plural, como Una (Grande y Libre), hidra franquista a la que podrá cortársele la cabeza de un solo tajo.
Pero más que de un divorcio parecería que se trata de un pro indiviso, España, de la que forman parte otros muchos propietarios e inquilinos, andaluces, vascos, castellanos, navarros, gallegos, etc, cada cual con sus problemas propios y su idiosincrasia. Para ser exactos, 17+2. En vez de pensar en un matrimonio, pensemos en un inmueble. Un inmueble que hemos levantado entre todos. Los políticos secesionistas han pensado que Cataluña, que por razones históricas y económicas no siempre equitativas y otras justificadísimas ocupa de ese inmueble zonas privilegiadas (algunos de los locales comerciales más codiciados, acceso exclusivo a zonas verdes, la sede del club náutico y, por supuesto, una buena porción de la planta noble), puede quedarse con ellas, dejando al resto de los propietarios por su mala cabeza y su haraganería la escalera de servicio, pisos superiores, buhardillas y, naturalmente, el tejado, con el tácito mandato de que cuiden de las goteras.
Es comprensible, dentro de la ficción que es todo nacionalismo, que alguien crea que, por el hecho de haber usado en exclusividad esas partes de la casa durante muchos años, estas le pertenecen. Pero habrá de convencer al resto de los propietarios de ello. No estando aquí ante un problema de pareja, pues, sino en una comunidad de vecinos, lo importarte no es quererse (aunque desde luego es bonito ir repartiendo besos en el ascensor cada vez que se entra en él), sino llevarse lo mejor posible. Ahora, arrebatar parte del inmueble, el uso de algunas zonas comunes y el derecho a decidir sobre el conjunto sólo porque “Cataluña no se siente querida” y afirmar que, puesto que “no me quieren, me maltratan”, no deja de ser una forma romántica de entender la propiedad privada y sobre todo la ajena.
2. De qué vamos a hablar. En un primer momento se hizo de asuntos fiscales, o sea de gastos comunitarios, derramas y esas cosas de las que se habla en las juntas de comunidad. Como había una gran disparidad de criterios entre los propietarios, dieron en creer los nacionalistas catalanes, o en hacer creer, que se les atropellaba no en tanto que vecinos, sino en tanto que catalanes, y sólo entonces empezaron a circular su identidad y a tirar de manual de agravios, pero al hacerlo, se tropezaron con un gran escollo, los Estatutos de la Comunidad, conocidos también con el nombre de Constitución, un río que había sido hasta ese momento navegable para todos, incluidos ellos.
Los secesionistas urgieron, pues, cambiar la Constitución, y poner este cambio en el orden del día, antes que otros asuntos acaso más acuciantes e importantes para todos, incluidos ellos: paro, corrupción política, recortes… y en tanto llegara ese día, poner en dique seco el barco, o sea Cataluña. Convencidos de que un barco como ese, de tan grandísimo calado, merece aguas más profundas y océanos que lo lleven lejos, empezaron a echar cientos de mensajes en botellas al Mare nostrum (nostrum, nostrum, parece que oigamos), tal vez sin pensar en la ponzoñosa melancolía que podría sobrevenirles si esos mensajes no obtenían respuesta.
Pero no sólo hablan de la Constitución los secesionistas, sino otros que no lo son en absoluto y que se encuentran, como suele decirse, entre dos aguas. Viendo estos últimos todo ese lío del barco y tratando de persuadirles de que no larguen velas, empezaron a hablar de mejoras por lo demás deseables: drenar el fondo del río de los lodos acumulados, etc. (ahorremos al lector los pormenores de la metáfora). Inútil. Así se lo han hecho saber los secesionistas: “Llegáis tarde. Agradecemos vuestra buena voluntad federal, pero tenemos ya el aparejo presto; sólo esperamos que suba la última gran marea popular para poder zarpar. ¿Adónde? Ya se irá viendo”.
3. Ya está todo hablado. Se supone que en este apartado se encuentran únicamente aquellos que, frente a los pilotos de altura y los marineros de agua dulce, no quieren cambiarla en absoluto, por encontrarse cómodamente en una tierra tan firme como la Constitución. Aunque es cierto que estos papistas de la Constitución tienen un buen argumento (¿Cómo vamos a hablar de la Constitución con quienes has decidido prescindir de ella?), esa tierra es engañosamente firme: basta reconocer la creciente desafección popular hacia la monarquía. Sin embargo hay algo en todo esto que no parece cuadrar: ¿por qué los secesionistas, que también parecen tenerlo ya todo hablado entre sí, reclaman con tanta insistencia una reunión de vecinos, o ni siquiera, una reunión sólo con el presidente de la comunidad, al margen de los vecinos? No es posible que crean o esperen que España firme de mil amores los famosos papeles de su divorcio, o lo que presentan como tal, dando por bueno el originalísimo reparto de gananciales que presumiblemente podrían presentar. ¿Entonces? “En privado, Mas admite que la consulta no se hará”, acaba de afirmar una de las contramaestres constiturreformistas. ¿Será todo acaso un vodevil?
Y aquí estamos los pobres desgraciados que creemos que la gran cultura catalana no puede ser superior a la española, ni al revés, porque nada puede ser superior o inferior a sí mismo. Claro que asistimos atónitos al espectáculo, encogidos por no saber si será de los que acaban en vísperas sicilianas o en la función del bombero torero. ¿Qué ocurrirá cuando Cataluña, subida a una banqueta, despierte de ese sueño real o fingido? ¿Qué, cuando los 17+2 adviertan que pueden dejar de respirar si finalmente Cataluña pierde pie? No lo sabe nadie, pero si no fuese porque no habla uno en nombre propio, sino en el de aquellos que tienen derecho a heredar lo que se construyó entre todos, le entrarían a uno ganas de dejar su parte infinitesimal y usufructuaria de buhardilla y lanzarse a vivir a la intemperie, libre de estos enconos eviternos, agotadores y bastante mezquinos.
Podríamos formular lo que sigue de tres maneras: 1. De qué estamos hablando: 2. De qué vamos a hablar; y 3. Ya está todo hablado. En realidad hemos llegado a un punto en que muchos, tanto si desean hablar de la “cuestión catalana” en un sentido o en otro, a favor de la famosa consulta o en contra, prefieren mezclar las tres cuestiones, con excitante confusión.
1. De qué estamos hablando. Hablamos de que una parte de España ha decidido por su cuenta separarse del todo. Si no lo ha entendido uno mal, los secesionistas lo han presentado de la manera más ventajosa para ellos: como un divorcio. ¿Qué ventajas tiene presentarlo de ese modo? La principal es la de hacer creer que se trata de dos partes, más o menos simétricas y soberanas. Cataluña podría, así, al fin, mirar de tú a tú a España, incluso, ¿por qué no?, por encima del hombro. Hace uno o dos meses un jerarca catalán que exportaba el congreso España contra Cataluña a Holanda, afirmó en una de sus universidades que la cultura catalana actual era ya, a día de hoy, muy superior a la española. Lo hizo después de afirmarse allí que Cataluña había sufrido desde 1714 media docena de atropellos violentos. Se trae esto a la colada, porque una vez que se ha admitido que estamos ante un divorcio, la vía más rápida para justificarlo es la de los malos tratos sufridos, presentando al consorte, la España plural, como Una (Grande y Libre), hidra franquista a la que podrá cortársele la cabeza de un solo tajo.
Pero más que de un divorcio parecería que se trata de un pro indiviso, España, de la que forman parte otros muchos propietarios e inquilinos, andaluces, vascos, castellanos, navarros, gallegos, etc, cada cual con sus problemas propios y su idiosincrasia. Para ser exactos, 17+2. En vez de pensar en un matrimonio, pensemos en un inmueble. Un inmueble que hemos levantado entre todos. Los políticos secesionistas han pensado que Cataluña, que por razones históricas y económicas no siempre equitativas y otras justificadísimas ocupa de ese inmueble zonas privilegiadas (algunos de los locales comerciales más codiciados, acceso exclusivo a zonas verdes, la sede del club náutico y, por supuesto, una buena porción de la planta noble), puede quedarse con ellas, dejando al resto de los propietarios por su mala cabeza y su haraganería la escalera de servicio, pisos superiores, buhardillas y, naturalmente, el tejado, con el tácito mandato de que cuiden de las goteras.
Es comprensible, dentro de la ficción que es todo nacionalismo, que alguien crea que, por el hecho de haber usado en exclusividad esas partes de la casa durante muchos años, estas le pertenecen. Pero habrá de convencer al resto de los propietarios de ello. No estando aquí ante un problema de pareja, pues, sino en una comunidad de vecinos, lo importarte no es quererse (aunque desde luego es bonito ir repartiendo besos en el ascensor cada vez que se entra en él), sino llevarse lo mejor posible. Ahora, arrebatar parte del inmueble, el uso de algunas zonas comunes y el derecho a decidir sobre el conjunto sólo porque “Cataluña no se siente querida” y afirmar que, puesto que “no me quieren, me maltratan”, no deja de ser una forma romántica de entender la propiedad privada y sobre todo la ajena.
2. De qué vamos a hablar. En un primer momento se hizo de asuntos fiscales, o sea de gastos comunitarios, derramas y esas cosas de las que se habla en las juntas de comunidad. Como había una gran disparidad de criterios entre los propietarios, dieron en creer los nacionalistas catalanes, o en hacer creer, que se les atropellaba no en tanto que vecinos, sino en tanto que catalanes, y sólo entonces empezaron a circular su identidad y a tirar de manual de agravios, pero al hacerlo, se tropezaron con un gran escollo, los Estatutos de la Comunidad, conocidos también con el nombre de Constitución, un río que había sido hasta ese momento navegable para todos, incluidos ellos.
Los secesionistas urgieron, pues, cambiar la Constitución, y poner este cambio en el orden del día, antes que otros asuntos acaso más acuciantes e importantes para todos, incluidos ellos: paro, corrupción política, recortes… y en tanto llegara ese día, poner en dique seco el barco, o sea Cataluña. Convencidos de que un barco como ese, de tan grandísimo calado, merece aguas más profundas y océanos que lo lleven lejos, empezaron a echar cientos de mensajes en botellas al Mare nostrum (nostrum, nostrum, parece que oigamos), tal vez sin pensar en la ponzoñosa melancolía que podría sobrevenirles si esos mensajes no obtenían respuesta.
Pero no sólo hablan de la Constitución los secesionistas, sino otros que no lo son en absoluto y que se encuentran, como suele decirse, entre dos aguas. Viendo estos últimos todo ese lío del barco y tratando de persuadirles de que no larguen velas, empezaron a hablar de mejoras por lo demás deseables: drenar el fondo del río de los lodos acumulados, etc. (ahorremos al lector los pormenores de la metáfora). Inútil. Así se lo han hecho saber los secesionistas: “Llegáis tarde. Agradecemos vuestra buena voluntad federal, pero tenemos ya el aparejo presto; sólo esperamos que suba la última gran marea popular para poder zarpar. ¿Adónde? Ya se irá viendo”.
3. Ya está todo hablado. Se supone que en este apartado se encuentran únicamente aquellos que, frente a los pilotos de altura y los marineros de agua dulce, no quieren cambiarla en absoluto, por encontrarse cómodamente en una tierra tan firme como la Constitución. Aunque es cierto que estos papistas de la Constitución tienen un buen argumento (¿Cómo vamos a hablar de la Constitución con quienes has decidido prescindir de ella?), esa tierra es engañosamente firme: basta reconocer la creciente desafección popular hacia la monarquía. Sin embargo hay algo en todo esto que no parece cuadrar: ¿por qué los secesionistas, que también parecen tenerlo ya todo hablado entre sí, reclaman con tanta insistencia una reunión de vecinos, o ni siquiera, una reunión sólo con el presidente de la comunidad, al margen de los vecinos? No es posible que crean o esperen que España firme de mil amores los famosos papeles de su divorcio, o lo que presentan como tal, dando por bueno el originalísimo reparto de gananciales que presumiblemente podrían presentar. ¿Entonces? “En privado, Mas admite que la consulta no se hará”, acaba de afirmar una de las contramaestres constiturreformistas. ¿Será todo acaso un vodevil?
Y aquí estamos los pobres desgraciados que creemos que la gran cultura catalana no puede ser superior a la española, ni al revés, porque nada puede ser superior o inferior a sí mismo. Claro que asistimos atónitos al espectáculo, encogidos por no saber si será de los que acaban en vísperas sicilianas o en la función del bombero torero. ¿Qué ocurrirá cuando Cataluña, subida a una banqueta, despierte de ese sueño real o fingido? ¿Qué, cuando los 17+2 adviertan que pueden dejar de respirar si finalmente Cataluña pierde pie? No lo sabe nadie, pero si no fuese porque no habla uno en nombre propio, sino en el de aquellos que tienen derecho a heredar lo que se construyó entre todos, le entrarían a uno ganas de dejar su parte infinitesimal y usufructuaria de buhardilla y lanzarse a vivir a la intemperie, libre de estos enconos eviternos, agotadores y bastante mezquinos.
Andrés Trapiello es escritor.
domingo, 26 de enero de 2014
TV3
http://lapistoladeeinstein.blogspot.com.es/2014/01/tv3-ja-no-es-la-nostra-es-la-duns-i-no.html?m=1
miércoles, 22 de enero de 2014
domingo, 19 de enero de 2014
Lengua e identidad
http://www.fronterad.com/?q=injusticia-lingueistica-para-secesion-catalana-o-vasca
martes, 14 de enero de 2014
Risto mejide
http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/hay-una-cosa-que-mas-quiere-decir-3001169
lunes, 13 de enero de 2014
Historia común
http://www.abc.es/local-cataluna/20140112/abci-cataluna-espana-historia-comun-201401101958_1.html
jueves, 9 de enero de 2014
La inmersión lingüística de Cataluña en el contexto europeo
http://elpais.com/elpais/2013/03/19/opinion/1363724830_136932.html
miércoles, 8 de enero de 2014
El auge del nacionalismo
http://carlosmartinezgorriaran.net/2014/01/08/de-1914-a-2014-por-que-el-nacionalismo-sigue-en-auge/
lunes, 6 de enero de 2014
viernes, 3 de enero de 2014
El born
http://federalistesdesquerres.blogspot.com.es/2013/09/el-born-i-el-relat-sobre-el-1714-per.html?spref=tw&m=1
Pateras por el ebro
http://www.cronicaglobal.com/es/notices/2014/01/-pateras-por-el-ebro-anna-grau-3624.php?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook#.UscGXe3rNWo.twitter
Catalonia
http://blogs.lse.ac.uk/europpblog/2013/10/12/the-independence-of-catalonia-jumping-on-a-bandwagon/
jueves, 2 de enero de 2014
1714: ¿buenos y malos catalanes?, de Borja García-Nieto Portabella en La Vanguardia
La guerra de Sucesión a la corona española, iniciada en 1701, fue el
peor negocio de nuestra historia. Mal asunto morir sin heredero en
España. Con la guerra de Sucesión primero y tres guerras carlistas un
siglo más tarde, nos quedamos definitivamente descolgados de Europa.
El tratado de Utrecht supuso el fin de la supremacía española en el orden mundial. La vieja monarquía hispana perdía la mayor parte de sus posesiones europeas y ponía fin a su valioso monopolio colonial. Carlos II, el último de los Austrias españoles, moría en Madrid en 1700. Las dos coronas con derechos sucesorios: los Borbones de Francia y los Habsburgo de Austria se prepararon para la batalla dinástica. Y ello a pesar de que Felipe de Borbón, había sido ya designado por el testamento de Carlos II como legítimo soberano de España. Ni Austria, ni nuestros entonces enemigos tradicionales –Gran Bretaña y Holanda– iban a aceptar esta decisión. Así pues, en España se libra esta contienda entre 1700 y 1713, o 1715 si aceptamos la rendición de Mallorca como el último hecho militar.
Es en esta Europa, que se inicia en el siglo de las luces, de la razón, que debemos situarnos en la Barcelona de 1700. Por un lado, la nobleza urbana y la burguesía más progresista, ilustrada y deseosa de los cambios que venían de Francia, abrazó al pretendiente Borbón. Por otro, la nobleza rural, buena parte del clero y los comerciantes y artesanos que veían con recelo las nuevas ideas del reformismo borbónico, y preferían conservar sus privilegios heredados del régimen anterior, vieron con buenos ojos al archiduque Carlos. ¿Eran unos mejores catalanes que los otros? No, sin duda no. Eran dos formas de ver una realidad social y dos proyectos de sociedad alternativos. Dos personajes relevantes de la historia barcelonesa de ese momento, ilustres ciudadanos y claramente enfrentados enemigos – botifler el uno, austriacista el otro–, fueron mis dos abuelos sextos por línea materna. Uno, Antonio de Alós y Rius, y el otro, José Galcerán de Pinós.
Alós tomó Barcelona con el duque de Berwick y fue uno de los seis prohombres barceloneses que representaron a Felipe V en la entrega de la ciudad. Pinós, enfrente, llevó uno de los cordones del estandarte de Santa Eulalia que enarboló Rafael Casanova el 11 de septiembre. Los dos luchaban por un rey para España, pero cada uno desde su posición y concepción de organización social. Catalunya no perdió ninguna guerra. A los catalanes nos utilizaron unos y otros. El apoyo inglés fue totalmente interesado; el del archiduque se desvaneció cuando heredó en 1711 el trono austriaco. El único interés de las potencias europeas fue el suyo propio. El abuelo Alós juró fidelidad a Felipe V, que había jurado los fueros catalanes recién estrenado su trono. Años más tarde, con la invasión de Barcelona, Alós fue perseguido y saqueada su casa y hacienda, teniendo que escapar disfrazado de sacerdote. ¿Por qué Catalunya abrazó al archiduque Carlos?
Felipe V había confirmado los fueros y privilegios catalanes en las Cortes de Barcelona de 1702. ¿Por qué entonces defender al archiduque? La entrada triunfal en Barcelona del pretendiente austriaco fue el inicio de una contienda más europea que española. La derrota austriaca conllevó perder fueros e instituciones, al no resultar tan magnánimo Felipe V como su abuelo Luis XIV le había sugerido.
Para Vicens Vives, sin embargo, el castigo fue a su vez un revulsivo para los catalanes. Se les abrían las puertas a participar tanto en el mercado peninsular como en el americano, y todas las energías se van a dirigir a reemprender el camino del progreso económico, que se prolongará durante todo el siglo XVIII, coincidiendo con la fundación de las reales academias y el aumento demográfico, viviendo Catalunya un periodo de larga prosperidad.
Esta distinción entre buenos y malos catalanes la arrastramos desde el siglo XVIII. No puedo aceptar que mi abuelo Pinós fuese más o menos catalán que mi abuelo Alós. A lo largo de los siglos los catalanes hemos abrazado causas opuestas según nuestra propia historia y nuestra concepción de modelo de sociedad. ¿Era más catalán Prim que Savalls? Prim liberal, Savalls carlista, ambos catalanes. ¿Cómo medimos la catalanidad? ¿Por la prosperidad relativa que generamos para un país, por nuestros apellidos, por nuestro nivel de catalán, por nuestra adhesión a un partido político u a otro, por nuestro sentimiento de independencia? Catalunya no ganó ni perdió guerras. Los catalanes las ganamos o perdimos, estando de un lado o de otro. En 1936, otra terrible guerra, dónde unos y otros, todos catalanes, se enfrentaron por un modelo de sociedad. Como excepción a mis afirmaciones, sí debemos decir que Catalunya perdió instituciones propias y privilegios en función de que unos u otros fuesen los vencedores.
Hoy, con nuestras instituciones más vivas que nunca, gozamos de un nivel de autogobierno jamás disfrutado. Mejorar nuestras instituciones y los instrumentos de gobierno, hacerlos más cercanos y eficaces, repensar el modelo de ingresos y gastos, plantear modelos de financiación alternativos al actual, todo cabe. Pero no perdamos de vista la realidad, ni nuestra historia, y menos los nuevos momentos que vive Europa y el mundo. Una Europa, con una progresiva unión bancaria y fiscal y el mundo con tres bloques que luchan por encontrar su espacio, que se desplaza hacia Oriente. No nos podemos engañar, ni engañar con falsas quimeras. Que cada uno se sienta como quiera, pero yo seguiré defendiendo que no existen catalanes buenos y malos, que todos lo son, tanto Alós como Pinós y, por supuesto, aquellos que como yo, nos sentimos tan catalanes como españoles.
Borja García-Nieto Portabella, presidente del Círculo Ecuestre.
El tratado de Utrecht supuso el fin de la supremacía española en el orden mundial. La vieja monarquía hispana perdía la mayor parte de sus posesiones europeas y ponía fin a su valioso monopolio colonial. Carlos II, el último de los Austrias españoles, moría en Madrid en 1700. Las dos coronas con derechos sucesorios: los Borbones de Francia y los Habsburgo de Austria se prepararon para la batalla dinástica. Y ello a pesar de que Felipe de Borbón, había sido ya designado por el testamento de Carlos II como legítimo soberano de España. Ni Austria, ni nuestros entonces enemigos tradicionales –Gran Bretaña y Holanda– iban a aceptar esta decisión. Así pues, en España se libra esta contienda entre 1700 y 1713, o 1715 si aceptamos la rendición de Mallorca como el último hecho militar.
Es en esta Europa, que se inicia en el siglo de las luces, de la razón, que debemos situarnos en la Barcelona de 1700. Por un lado, la nobleza urbana y la burguesía más progresista, ilustrada y deseosa de los cambios que venían de Francia, abrazó al pretendiente Borbón. Por otro, la nobleza rural, buena parte del clero y los comerciantes y artesanos que veían con recelo las nuevas ideas del reformismo borbónico, y preferían conservar sus privilegios heredados del régimen anterior, vieron con buenos ojos al archiduque Carlos. ¿Eran unos mejores catalanes que los otros? No, sin duda no. Eran dos formas de ver una realidad social y dos proyectos de sociedad alternativos. Dos personajes relevantes de la historia barcelonesa de ese momento, ilustres ciudadanos y claramente enfrentados enemigos – botifler el uno, austriacista el otro–, fueron mis dos abuelos sextos por línea materna. Uno, Antonio de Alós y Rius, y el otro, José Galcerán de Pinós.
Alós tomó Barcelona con el duque de Berwick y fue uno de los seis prohombres barceloneses que representaron a Felipe V en la entrega de la ciudad. Pinós, enfrente, llevó uno de los cordones del estandarte de Santa Eulalia que enarboló Rafael Casanova el 11 de septiembre. Los dos luchaban por un rey para España, pero cada uno desde su posición y concepción de organización social. Catalunya no perdió ninguna guerra. A los catalanes nos utilizaron unos y otros. El apoyo inglés fue totalmente interesado; el del archiduque se desvaneció cuando heredó en 1711 el trono austriaco. El único interés de las potencias europeas fue el suyo propio. El abuelo Alós juró fidelidad a Felipe V, que había jurado los fueros catalanes recién estrenado su trono. Años más tarde, con la invasión de Barcelona, Alós fue perseguido y saqueada su casa y hacienda, teniendo que escapar disfrazado de sacerdote. ¿Por qué Catalunya abrazó al archiduque Carlos?
Felipe V había confirmado los fueros y privilegios catalanes en las Cortes de Barcelona de 1702. ¿Por qué entonces defender al archiduque? La entrada triunfal en Barcelona del pretendiente austriaco fue el inicio de una contienda más europea que española. La derrota austriaca conllevó perder fueros e instituciones, al no resultar tan magnánimo Felipe V como su abuelo Luis XIV le había sugerido.
Para Vicens Vives, sin embargo, el castigo fue a su vez un revulsivo para los catalanes. Se les abrían las puertas a participar tanto en el mercado peninsular como en el americano, y todas las energías se van a dirigir a reemprender el camino del progreso económico, que se prolongará durante todo el siglo XVIII, coincidiendo con la fundación de las reales academias y el aumento demográfico, viviendo Catalunya un periodo de larga prosperidad.
Esta distinción entre buenos y malos catalanes la arrastramos desde el siglo XVIII. No puedo aceptar que mi abuelo Pinós fuese más o menos catalán que mi abuelo Alós. A lo largo de los siglos los catalanes hemos abrazado causas opuestas según nuestra propia historia y nuestra concepción de modelo de sociedad. ¿Era más catalán Prim que Savalls? Prim liberal, Savalls carlista, ambos catalanes. ¿Cómo medimos la catalanidad? ¿Por la prosperidad relativa que generamos para un país, por nuestros apellidos, por nuestro nivel de catalán, por nuestra adhesión a un partido político u a otro, por nuestro sentimiento de independencia? Catalunya no ganó ni perdió guerras. Los catalanes las ganamos o perdimos, estando de un lado o de otro. En 1936, otra terrible guerra, dónde unos y otros, todos catalanes, se enfrentaron por un modelo de sociedad. Como excepción a mis afirmaciones, sí debemos decir que Catalunya perdió instituciones propias y privilegios en función de que unos u otros fuesen los vencedores.
Hoy, con nuestras instituciones más vivas que nunca, gozamos de un nivel de autogobierno jamás disfrutado. Mejorar nuestras instituciones y los instrumentos de gobierno, hacerlos más cercanos y eficaces, repensar el modelo de ingresos y gastos, plantear modelos de financiación alternativos al actual, todo cabe. Pero no perdamos de vista la realidad, ni nuestra historia, y menos los nuevos momentos que vive Europa y el mundo. Una Europa, con una progresiva unión bancaria y fiscal y el mundo con tres bloques que luchan por encontrar su espacio, que se desplaza hacia Oriente. No nos podemos engañar, ni engañar con falsas quimeras. Que cada uno se sienta como quiera, pero yo seguiré defendiendo que no existen catalanes buenos y malos, que todos lo son, tanto Alós como Pinós y, por supuesto, aquellos que como yo, nos sentimos tan catalanes como españoles.
Borja García-Nieto Portabella, presidente del Círculo Ecuestre.
Respuesta al desafío soberanista/Hartazgo de 1714
Ante el presente desafío soberanista catalán es absolutamente
imprescindible la unidad de al menos los dos grandes partidos españoles.
Sería una irresponsabilidad histórica imperdonable que cualquiera de
ambos antepusiera el afán electoralista o la animadversión al otro a los
intereses generales del país.
De momento, parece que esta postura unitaria se está produciendo; pero, sobre todo desde algunos sectores del partido en la oposición, se pone cierto énfasis en la necesidad de que el Gobierno haga algo más que negar la legalidad de la pretendida consulta. No digo yo que el partido hoy en el poder no deba hacer algún movimiento para intentar limar asperezas y acercar posiciones distanciadas; sin embargo, tampoco haría mal la oposición en concretar en qué sentido y de qué manera deben darse esos pasos que reclama, que bien podrían ser consensuados previamente por ambas formaciones para ofrecer así una respuesta sólida y común al presente desafío.— Carlos Bravo Suárez. Graus, Huesca.
La campaña para el independentismo que está organizando el Gobierno de Cataluña va a comportar todo un dispendio que supone dejar de atender gran parte de las principales necesidades de muchas familias que están sufriendo las consecuencias de los recortes en atenciones primarias.
A veces resulta desolador comprobar que estamos en manos de quienes en vez de valorar, con la sensibilidad y la urgencia requeridas, el orden de prioridades, nos llevan a una delirante aventura para satisfacer la soberbia nacionalista, que ya apunta a un grave riesgo de desgarro social.
No estaría de más que los promotores del secesionismo nos explicaran el alcance de sus ventajas y, sobre todo, el de sus inconvenientes. Y cuáles son los objetivos concretos una vez fuera del marco de la Constitución, garante para la convivencia dentro de la integridad territorial del Estado.— Jordi S. Berenguer. Barcelona.
De momento, parece que esta postura unitaria se está produciendo; pero, sobre todo desde algunos sectores del partido en la oposición, se pone cierto énfasis en la necesidad de que el Gobierno haga algo más que negar la legalidad de la pretendida consulta. No digo yo que el partido hoy en el poder no deba hacer algún movimiento para intentar limar asperezas y acercar posiciones distanciadas; sin embargo, tampoco haría mal la oposición en concretar en qué sentido y de qué manera deben darse esos pasos que reclama, que bien podrían ser consensuados previamente por ambas formaciones para ofrecer así una respuesta sólida y común al presente desafío.— Carlos Bravo Suárez. Graus, Huesca.
La campaña para el independentismo que está organizando el Gobierno de Cataluña va a comportar todo un dispendio que supone dejar de atender gran parte de las principales necesidades de muchas familias que están sufriendo las consecuencias de los recortes en atenciones primarias.
A veces resulta desolador comprobar que estamos en manos de quienes en vez de valorar, con la sensibilidad y la urgencia requeridas, el orden de prioridades, nos llevan a una delirante aventura para satisfacer la soberbia nacionalista, que ya apunta a un grave riesgo de desgarro social.
No estaría de más que los promotores del secesionismo nos explicaran el alcance de sus ventajas y, sobre todo, el de sus inconvenientes. Y cuáles son los objetivos concretos una vez fuera del marco de la Constitución, garante para la convivencia dentro de la integridad territorial del Estado.— Jordi S. Berenguer. Barcelona.
La Navidad llama a la paz y a la alegría, que para lo contrario ya
tenemos el resto del año. Por eso sorprende que Artur Mas felicite la
fiestas con una postal que representa el asedio previo al bombardeo de
Barcelona de 1705 en que murieron cientos de mujeres y niños de la
ciudad. Es, sin duda, una manera rara de desear paz y felicidad.
¿Ha pensado Mas que tanta obsesión enfermiza con el siglo XVIII y sus batallitas está resultando casi ridícula? Ahí tenemos el simposio España contra Cataluña, decenas de actos sobre 1714 e incluso en algunos hospitales, entre vacunas y medicamentos, te dan folletos sobre la Guerra de Sucesión. Solo pensar que el próximo año nos van a estar dando la brasa continuamente con el tricentenario dan ganas de exiliarse a las antípodas. Afortunadamente Australia no participó en la Guerra de Sucesión.—María José Raga. Salou, Tarragona.
Lo dicho, nos creen tontos, son tontos o su prepotencia es tan elevada que no ven su estupidez. Se quieren separar de España sin contar con España y ahora afirman que, una vez independientes, deberán mantener, si cabe, una mayor relación de amistad con España, el Barça y el Español podrán jugar en la Liga Española y habrá que formar la Liga Ibérica formada por Cataluña, Portugal, Andorra y España. — Daniel González. Barcelona.
¿Ha pensado Mas que tanta obsesión enfermiza con el siglo XVIII y sus batallitas está resultando casi ridícula? Ahí tenemos el simposio España contra Cataluña, decenas de actos sobre 1714 e incluso en algunos hospitales, entre vacunas y medicamentos, te dan folletos sobre la Guerra de Sucesión. Solo pensar que el próximo año nos van a estar dando la brasa continuamente con el tricentenario dan ganas de exiliarse a las antípodas. Afortunadamente Australia no participó en la Guerra de Sucesión.—María José Raga. Salou, Tarragona.
Lo dicho, nos creen tontos, son tontos o su prepotencia es tan elevada que no ven su estupidez. Se quieren separar de España sin contar con España y ahora afirman que, una vez independientes, deberán mantener, si cabe, una mayor relación de amistad con España, el Barça y el Español podrán jugar en la Liga Española y habrá que formar la Liga Ibérica formada por Cataluña, Portugal, Andorra y España. — Daniel González. Barcelona.
Uno de los principales argumentos de los partidos políticos que están
a favor de consultar a los ciudadanos de Cataluña es que preguntar a
los catalanes acabará de una vez por todas con la tensión política que
lleva más de un año asolando a la sociedad catalana.
Sin embargo, y sea cual sea su resultado, la celebración de la consulta dividirá a la sociedad en dos comunidades: unos se sentirán extranjeros por no poder seguir siendo españoles en su nuevo país, si gana el sí, mientras que en el caso de que gane el no, los perdedores se sentirán “encarcelados” en un país que ha utilizado todos los resortes que tiene un Estado, para que no ganase el sí a la separación.
El independentismo ha doblado sus apoyos en los últimos tres años, revelando que su origen no es un sentimiento independentista genuino, sino la crisis económica y política que afecta a España y cuyo producto y resultado en Cataluña es el independentismo. Las reformas —territoriales, de calidad democrática, institucionales, económicas— serán las únicas que resolverán este problema, y no una consulta que lo único que hará será atizar la división dentro de la propia sociedad catalana.— Moisés Gómez Díaz.
Si el maltrato de España a Cataluña da para un congreso de tres días, el de España contra España daría para una carrera universitaria, incluidos doctorado y máster. Yo ya me imagino otro congreso en Sevilla: España contra Andalucía; en Mérida: España contra Extremadura, con un pase remasterizado de Los santos inocentes; otro en Burgos: España contra Castilla La Vieja, con otro pase de Las ratas o de El espíritu de la colmena, más mesetaria si cabe; en Toledo, España contra Castilla-La Mancha, aquí podría encajar El viaje a ninguna parte, sin segundas, porque el aeropuerto de Ciudad Real no da para más de momento. Podríamos seguir en Murcia, Galicia, Asturias, etcétera. Y llevados hasta el final de nuestro empeño crear un parque temático de agravios, ahora que Adelson deja Eurovegas. No sé si ir al registro de patentes y pasar por ventanilla antes de que algún espabilado se adelante y me deje a dos velas. Las crisis es lo que tienen.— Pelayo Molinero Gete.
¿Quiere que Cataluña sea un Estado y le toque la lotería? Esa debería ser la formulación de la pregunta y que estaría más en concordancia con el currículo de aquellos que pretenden efectuar un referéndum ilegal, incumplir las leyes y faltar a los juramentos realizados.— Juan Fernández Sánchez. Stuttgart, Alemania.
Soy uno de esos 400.000 catalanes que viven fuera de Cataluña y llevo algún tiempo haciéndome esta pregunta: ¿en qué me quieren convertir los impulsores de la descabellada propuesta separatista?, ¿en un extranjero en mi tierra? Supongo que imperarán la cordura y el respeto a las leyes, y, como en su día ocurrió con el plan Ibarretxe, el verdadero ámbito de decisión, que es el que nos abraza a todos los españoles, pondrá fin a esta desafortunada aventura del nacionalismo catalán.
Más le valdría a la Generalitat preocuparse por Cataluña, que en los últimos años ha dejado de ser el referente económico y cultural de otros tiempos. Puedo asegurarles además, porque soy testigo de ello, que está en el momento de mayor rechazo desde los tiempos del franquismo, mientras que allá por finales de los setenta era vista con admiración. Y aún añadiré otra cosa: se está convirtiendo en un territorio demasiado hostil con los enemigos que se ha creado. En el año 1992, mi hijo se paseó por las Ramblas con el traje del Real Madrid que le habíamos comprado allí mismo, pero en 2009 pude ver en Girona algunas muestras de intransigencia exclusivista que serían largas de referir. El nacionalismo se está cargando a Cataluña en muchos aspectos: no es España contra Cataluña, es Cataluña contra Cataluña.— Pablo López Gómez. Tres Cantos, Madrid.
Sin embargo, y sea cual sea su resultado, la celebración de la consulta dividirá a la sociedad en dos comunidades: unos se sentirán extranjeros por no poder seguir siendo españoles en su nuevo país, si gana el sí, mientras que en el caso de que gane el no, los perdedores se sentirán “encarcelados” en un país que ha utilizado todos los resortes que tiene un Estado, para que no ganase el sí a la separación.
El independentismo ha doblado sus apoyos en los últimos tres años, revelando que su origen no es un sentimiento independentista genuino, sino la crisis económica y política que afecta a España y cuyo producto y resultado en Cataluña es el independentismo. Las reformas —territoriales, de calidad democrática, institucionales, económicas— serán las únicas que resolverán este problema, y no una consulta que lo único que hará será atizar la división dentro de la propia sociedad catalana.— Moisés Gómez Díaz.
Si el maltrato de España a Cataluña da para un congreso de tres días, el de España contra España daría para una carrera universitaria, incluidos doctorado y máster. Yo ya me imagino otro congreso en Sevilla: España contra Andalucía; en Mérida: España contra Extremadura, con un pase remasterizado de Los santos inocentes; otro en Burgos: España contra Castilla La Vieja, con otro pase de Las ratas o de El espíritu de la colmena, más mesetaria si cabe; en Toledo, España contra Castilla-La Mancha, aquí podría encajar El viaje a ninguna parte, sin segundas, porque el aeropuerto de Ciudad Real no da para más de momento. Podríamos seguir en Murcia, Galicia, Asturias, etcétera. Y llevados hasta el final de nuestro empeño crear un parque temático de agravios, ahora que Adelson deja Eurovegas. No sé si ir al registro de patentes y pasar por ventanilla antes de que algún espabilado se adelante y me deje a dos velas. Las crisis es lo que tienen.— Pelayo Molinero Gete.
¿Quiere que Cataluña sea un Estado y le toque la lotería? Esa debería ser la formulación de la pregunta y que estaría más en concordancia con el currículo de aquellos que pretenden efectuar un referéndum ilegal, incumplir las leyes y faltar a los juramentos realizados.— Juan Fernández Sánchez. Stuttgart, Alemania.
Soy uno de esos 400.000 catalanes que viven fuera de Cataluña y llevo algún tiempo haciéndome esta pregunta: ¿en qué me quieren convertir los impulsores de la descabellada propuesta separatista?, ¿en un extranjero en mi tierra? Supongo que imperarán la cordura y el respeto a las leyes, y, como en su día ocurrió con el plan Ibarretxe, el verdadero ámbito de decisión, que es el que nos abraza a todos los españoles, pondrá fin a esta desafortunada aventura del nacionalismo catalán.
Más le valdría a la Generalitat preocuparse por Cataluña, que en los últimos años ha dejado de ser el referente económico y cultural de otros tiempos. Puedo asegurarles además, porque soy testigo de ello, que está en el momento de mayor rechazo desde los tiempos del franquismo, mientras que allá por finales de los setenta era vista con admiración. Y aún añadiré otra cosa: se está convirtiendo en un territorio demasiado hostil con los enemigos que se ha creado. En el año 1992, mi hijo se paseó por las Ramblas con el traje del Real Madrid que le habíamos comprado allí mismo, pero en 2009 pude ver en Girona algunas muestras de intransigencia exclusivista que serían largas de referir. El nacionalismo se está cargando a Cataluña en muchos aspectos: no es España contra Cataluña, es Cataluña contra Cataluña.— Pablo López Gómez. Tres Cantos, Madrid.
De 1714 a 1914
La conmemoración de 1714 tendrá un tono preponderante y es probable que la memoria de 1914 pase a segundo plano
A tres siglos del 11 de setiembre de 1714, la Cataluña institucional va a dedicar todos sus recursos a ahondar en la idea de una Guerra de Sucesión interpretada como agresión de España contra Cataluña. Con toda la energía pública concentrada en la celebración entre “pop” y victimista de tres siglos de sojuzgamiento colectivo, el siglo transcurrido desde el agosto de 1914 carecerá de significado. Aún así, es postulable que la Gran Guerra iniciada en 1914 hoy nos siga afectándonos más que 1714. Incluso en Cataluña. Para The Economist, lo más posible es que ninguno de los peligros actuales del mundo lleve a un efecto comparable a los horrores de 1914. Apartarse tanto de la reflexión europea sobre 1914 será indicativo de una cierta desasistencia intelectual mientras que la historiografía nacionalista dogmática convierte la conmemoración de los tres siglos desde de 1714 en nostalgia de una irrealidad al servicio de un grave error político.
Si el acontecer histórico puede interpretarse de forma plural, por ahora lo más significativo es la desproporción entre el respaldo institucional a las tesis nacionalistas sobre 1714, como si no existieran otros modos de entender el pasado de Cataluña. Eso la limitaría a efemérides para el twitter, más que para el análisis. Por el contrario, con el centenario de la Gran Guerra, están apareciendo reinterpretaciones de gran magnitud tendentes a matizar causas y responsabilidades. Sería natural que algo parecido se viera a los tres siglos de 1714. Por ahora, lo que más destaca son las versiones maniqueas, unívocas y oficialistas.
En realidad, para la Cataluña moderna, ¿cuáles son las equivalencias y las antítesis entre el impacto de 1714 y el de 1914? 1714 abrió la economía catalana y generó prosperidad. 1914, en razón de la neutralidad de España, tuvo una primera etapa de enriquecimiento intensivo que luego pasó a ser una fase de inflación. Lo lamentable es que, de modo previsible, la conmemoración de 1714, cuyo prólogo de megalomanía es la reconversión del mercado del Born en templo victimario, tendrá un tono preponderante de activismo, en un contexto de hervor independentista. No puede ser casual. Y lo probable es que la memoria de 1914 pase a segundo plano. También es de lamentar porque aún cuando España fuese neutral en la Gran Guerra las repercusiones de aquel conflicto siguen vivas y conciernen a toda Europa, de forma trágica y fundamental. Para la Cataluña de inicios de siglo, 1914 es un impacto central.
La Guerra de Sucesión fue un enfrentamiento dinástico entre los Borbones y los Austrias, como piezas del precario equilibrio europeo. Como todas las guerras, tuvo efectos de retaliación— por ejemplo, respecto a la tradición jurídica y los usos lingüísticos— y al mismo tiempo reactivó la economía catalana con un efecto de apertura. Vicens Vives habla de un anquilosamiento que va cesando. Entre otras cosas, obligó —dice— a los catalanes a mirar hacia el porvenir y les liberó de las trabas paralizadoras de un mecanismo legislativo inactual.
También 1914 avaló cierto agit-prop aunque en el fondo fuese un nuevo caso de fracaso elevado a mito. En 1914, la opinión pública se divide entre aliadófilos y germanófilos. Muy esquemáticamente, la izquierda es aliadófila y la derecha, germanófila. Visto hoy, había más matices. Lo decisivo, ciertamente, fue el neutralismo de España, apoyado por la Lliga de Cambó. En aquel momento, en términos propagandísticos, cundió la idea de que la victoria aliada abriría las puertas a la emancipación de Cataluña. Fue aclamada la noticia de que unos veinte mil catalanes se habían enrolado en la Legión Extranjera francesa para contribuir al hundimiento de los imperios y la liberación de los pueblos oprimidos, con el objetivo de conseguir una república federal para Cataluña. Luego los historiadores han especificado que los veinte mil en realidad no pasaron de mil. Al finalizar la guerra, la idea de autodeterminación asumida por los principios del presidente Wilson —casi de inmediato, descontento con tal formulación— reavivó sin resultado el empeño nacionalista. A continuación, lo que había sido durante la guerra acceso a los mercados europeos se convirtió en crisis, inflación y conflicto social. Decayó la euforia industrial en Cataluña y hubo que reclamar más aranceles.
Aunque algo se sospecha, es pronto para vaticinar lo que quedará de las celebraciones de 1714. Respecto a la Cataluña de 1914, algo quedó de envergadura intelectual. Por ejemplo, las glosas tituladas Lletres a Tina de Eugeni d'Ors, en el volumen Tina i la Guerra Gran. Acusaba a germanófilos y aliadófilos de ser más papistas que el Papa. D'Ors preconizó la neutralidad. Defendía el ideal de la unidad moral de Europa, incluso de una unidad moral del mundo. Puesto que todos los países en guerra defendían a su modo la civilización europea, era intelectualmente obligado ubicarse por encima de la gran refriega. Lideró en Barcelona los Amics de la Unitat Moral d'Europa. Conectaba con otras iniciativas parecidas, incluso en los países beligerantes. Para D'Ors, aquella guerra era una guerra civil. Posteriormente, fue fácil constatarlo. Lo antipático que pudo ser D'Ors.
Valentí Puig es escritor
miércoles, 1 de enero de 2014
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