jueves, 26 de septiembre de 2013

Doble nacionalidad

El profesor Junqueras ha dado este domingo otra de sus clases magistrales. La insistencia en llamar profesor a este librillo explica el estado de la docencia y de la decencia intelectual catalana. Pero yo he vuelto a esta clase muerta, por voluntad de mis negocios, y cállate. El profesor Junqueras ha descubierto que hay muchos catalanes emocionalmente vinculados con España, aunque ha citado La Roja y no a Cervantes, lo que debe indicar que profesa en algún inef. En un alarde de condescendencia ejemplar les dice a los drogodependientes que les permitirá mantener la doble nacionalidad. Inmediatamente se descubre por qué y para qué, porque antes que profesor Junqueras es un bendito: con la habitual confusión, resultado del pánico cerval, con que los nacionalistas tratan el encaje europeo el profesor opina que eso puede facilitar la continuidad de una Cataluña independiente en la Unión Europea.
Hace ya muchos años, en el manifiesto por una Ibuprofenia libre, ya alerté contra esa voluntad nacionalista de irse sin pagar del café. Y subrayaba que una de las primeras disposiciones de la nueva nación ibuprofénica sería la de impedir el uso de la lengua castellana fuera de sus fronteras. Para los nacionalistas, insisto, el día de la libertad plena, esplendorosa, fundacional será el día en que vayan por el mundo con todo pagado. De ahí que el santo patrón de la Cataluña libre y lubricada ya no sea San Jorge, sino don Francisco Pujols.
Puede que acaben teniéndolo todo pagado. Pero los ibuprofenos no vamos a soltar un duro. Ni un trozo de lengua, víscera. Ni un jirón de nacionalidad. Lo que aún no ha comprendido el profesor Junqueras, en formación permanente, es la raíz del problema. No es sólo que muchos catalanes quieran ser españoles. Es que la abrumadora mayoría de los españoles quieren seguir siendo catalanes.
(Con la colaboración de Laura Fàbregas)

ARCADI ESPASA

‘Kitsch’ nacional

El 'kitsch' es un rasgo tan definitivo del patriotismo como la sobreabundancia de banderas

 

Observando algunas de las expresiones visuales del fervor independentista catalán he confirmado una intuición: el kitsch es un rasgo tan definitivo del patriotismo como la sobreabundancia de banderas. El kitsch es el imperio de los aspavientos incontrolados de la emoción y la sensibilidad, de la desproporción entre la sustancia y el envoltorio, del subrayado insistente, del golpe de efecto seguro por encima de la sugerencia. El kitsch se define por comparación porque su naturaleza es derivativa y parásita. El kitsch es al arte lo que la margarina a la mantequilla, lo que el arcopal a la loza, lo que la novela histórica a la historia, lo que Isabel Allende al mejor García Márquez (no el que se parece a Isabel Allende), lo que Norman Rockwell a Edward Hopper, lo que los anuncios turísticos de la Junta de Andalucía a la realidad de Andalucía, lo que Joaquín Rodrigo a Manuel de Falla, lo que el hotel Alhambra Palace de Granada a la Alhambra de Granada.
El kitsch regala literalmente todos los estremecimientos y las recompensas del arte sin el estorbo de ninguna de sus exigencias. El kitsch político promete la plenitud gozosa de lo colectivo sin los inconvenientes, las asperezas, las incertidumbres, las responsabilidades, los muy probables desengaños de la realidad vulgar, la ordinariez de las diferencias de clase. El kitsch es inseparable de la efusión nacional porque ésta consiste en la traslación a lo público de lo que en rigor pertenece al ámbito de las emociones privadas. El amor a la patria adquiere la vehemencia del amor a la madre. La comunidad de extraños que es el abrigo austero de la ciudadanía se caldea confortablemente para envolverlo a uno en la sagrada pertenencia a un pueblo. El kitsch nacional convierte los lazos objetivos de la ciudadanía en vínculos de sangre, creando un nosotros que será más compacto cuanto más arrecie la perfidia agresiva del enemigo exterior. En las ficciones del kitsch nacional, como en las del kitsch estético, la singularidad de las personas se disuelve en la pertenencia a grupos caracterizados de antemano y a los buenos se les reconoce tan de inmediato como a los malvados.
El ‘kitsch’ no repara en gastos: libre de la autocrítica y la burla, se instala directamente en lo sublime
El arte depura la emoción desordenada y subjetiva mediante sus severas exigencias formales. La democracia entibia las erupciones sentimentales y las marejadas de la opinión a través de las formas que dictan las leyes, de la separación de poderes, de la limitación de mandatos, del debate acerbo y la crítica. En el ámbito de la democracia hay tan poco espacio para las vaguedades y unanimidades del pueblo o los pueblos como en el arte o en la literatura para los estereotipos del kitsch. Ni la democracia ni el arte excluyen los sentimientos, pero no les dejan la última palabra. El kitsch exhibe la emoción y la alimenta exagerándola. Su presunta autenticidad la vuelve irrebatible. Cualquier objeción a ella se convierte en un ultraje; cualquier limitación formal es sospechosa porque atenta contra el valor supremo de la sinceridad. El kitsch no repara en gastos: libre de la autocrítica y la burla, se instala directamente en lo sublime.
El kitsch prospera en ese cruce de la sensibilidad atolondrada y el cinismo mercenario que explotan con tanto éxito los llamados creativos de la publicidad. Un anciano canoso y entrañable que amasa el pan con manos expertas sobre una vieja mesa de madera mientras suena de fondo una musiquilla pastoral sirve para anunciar una marca de tóxicos bollos industriales. Un padre camina de la mano de un niño por una playa al atardecer y nos están vendiendo un producto financiero que resultará una estafa consentida por la ley. Un vaquero rudo cabalga hacia el horizonte con objeto de difundir el tabaco rubio y el cáncer de pulmón. Una voz grave, estremecida, traspasada de nostalgia, nos sugiere la melancolía del invierno y del paso del tiempo y la dulzura del regreso para ofrecernos a continuación, sin miramiento ni escrúpulo, una marca de turrón.
Hay patriotas catalanes que se identifican con todas las causas emancipatorias que les parecen afines
Voces de publicidad de café, de turrón, de cuentas bancarias, se oyen en los anuncios que reclaman la independencia de Cataluña, recitando en penumbras que aluden a la opresión, al luto, al largo sufrimiento. Uno lo he visto protagonizado por el actor Juanjo Puigcorbé, que durante bastantes años ha sobrellevado el dolor por su patria cautiva mientras se hacía una carrera espléndida en el cine español y en la televisión española. En otro reconocí de inmediato la voz del acreditado cantante melódico Dyango, que puso fondo musical a muchos bailes apretados en las discotecas de la España opresora y pueblerina. Son voces muy semejantes, de una dignidad sobria, herida, anhelante, con un cierto vibrato de elocuencia poética. También hay una voz del kitsch patriótico andaluz, muy promovido por Canal Sur, una voz de haches muy aspiradas y entonación soñadora, con un fondo de esos refritos moruno-aflamencados a los que las autoridades expiden certificado de mestizaje, con una sugestión de chiringuito de playa y galbana clientelar.
El kitsch acumula sus efectos con la misma desenvoltura saqueadora con que el arquitecto historicista acumulaba arcos árabes, capiteles corintios, bajorrelieves asirios. Fue el afán patriótico lo que llevó a Chaikovski a despeñarse del todo en el kitsch añadiendo cañonazos y vuelos de campanas a la rimbombancia de la Obertura 1812. Con la misma pasión acumulativa, hay patriotas catalanes que se identifican con todas las causas emancipatorias que les parecen afines, con el fervor kitsch con que un espectador de ópera ve reflejados sus modestos contratiempos sentimentales en las tragedias desmelenadas de una soprano moribunda. El kitsch privado otorga la sensación de sentir y respirar al unísono con los grandes artistas; el kitsch nacional, la de compartir el sufrimiento de los más prestigiosos oprimidos: los bálticos invadidos y esclavizados por Stalin, los palestinos en los territorios ocupados, los judíos, por supuesto, los negros que marcharon sobre Washington en 1963 reclamando justicia social y derechos civiles. Al confort de la vida en un país de la Unión Europea se añade así el privilegio irresistible de la persecución, igual que entre las ofertas de un crucero se incluye a veces una representación conmovedora de Les misérables en el teatro de a bordo.
El kitsch hace claro y sencillo lo que es tan ambiguo en el arte como en la realidad, y si hace falta modela y corrige la realidad para subordinarla a una ficción exaltadora. Sobre mares de banderas ondeando a cámara lenta padres enérgicos levantan sobre sus hombros a niños que sonríen, tal vez vislumbrando desde arriba el sol ansiado de la independencia. Bajo una luz gris de comisaría de Berlín oriental un heroico adolescente catalán resiste con cara angelical y serena gallardía las amenazas de una fiscal tan sádicamente española que hasta se declara burgalesa. El kitsch privado tiene su gracia cuando un artista de talento le da la vuelta y se deleita en sus placeres ironizando sobre ellos, como hicieron memorablemente Manuel Puig o Terenci Moix. Vacunadas contra la ironía, inmunes al ridículo, hay personas que pasan la vida entera sumergidas en la melaza del kitsch, asombradas y admiradas de su propia sensibilidad, convencidas sinceramente de la autenticidad de su propio histrionismo. Alentado sin pausa por todas las estrategias de la propaganda y de la publicidad y por la fuerza abrumadora de los medios de masas, el kitsch nacional lleva al delirio colectivo.

 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

no idependentista=facha???

Cada vez que conozco a alguien nuevo y digo que soy catalana, la siguiente pregunta es siempre: “¿Y eres independentista?”. En el momento en el que contesto que no, la gente se extraña. Y es que hemos llegado a un punto en el que a los catalanes ya se nos etiqueta como separatistas. Y si defendemos a España somos fachas.
Soy una catalana que ama el catalán, el pan con tomate, els castellers y las butifarradas de pueblo. Pero no por eso voy a rechazar un bocata de calamares. También soy española y amo el folklore español. Quiero poder escolarizar a mis hijos en castellano y catalán. Quiero seguir sintiéndome hermana de un madrileño, un valenciano o un andaluz. Me siento etiquetada y discriminada. Y lo más curioso es que los que me cohíben son los que me piden libertad.
Este nacionalismo radical está arrebatándome mi preciosa Cataluña. Necesitamos una buena dosis de tolerancia.— Blanca Briz Farran. Barcelona

Mario Vargas

El artículo de Mario Vargas Llosa en EL PAÍS del pasado domingo me parece otra exhibición de lucidez y de valor a los que ya nos tiene acostumbrados.
Dice que pocos son los que se han decidido a desmontar las falsedades, mitos y demagogias de la ideología nacionalista, que devuelve al individuo otra vez a la tribu. De manera que de su lectura se desprende que todos, clase política, intelectuales, fuerzas sociales y económicas no nacionalistas deberían denunciar esta contaminación ideológica y poner en su lugar a los estafadores de la política que venden utopías para incautos o aprovechados.— Antonio López López. Murcia.

La frase perfecta

La frase es perfecta. Dice Urkullu: “España tiene que respetar el derecho a decidir de sus naciones”. Un simple cambio de sujeto nos da otra frase igual de perfecta: “Las nacionalidades deben respetar el derecho a decidir de España”. ¿O no?— Justo Rubio Cobos. Zamora

martes, 24 de septiembre de 2013

Una imagen...


Independentismo con los niños

A ver si nos entendemos. Nadie habla de censurar informativos, ni de que los niños no puedan salir en la tele cuando van a las manifestaciones. De lo que estamos hablando es de un telediario infantil dirigido a los niños. A los que justifican y entienden lo que hizo TV-3 les ruego que imaginen esta situación. Dos niños catalanes están viendo Clan TV y después de Bob Esponja aparece un presentador muy simpático y les dice: “Hola, amigos. Hoy se ha celebrado una gran vía por la unidad de España. Ha sido un día histórico y los que habéis participado lo recordareis toda la vida”. A continuación, niños de 12 años con muchas banderas españolas se comen unos canalones unionistas y cantan divertidos a cámara: “No queremos ser una nación, queremos ser una región”. Los niños hablan: “Venimos a hacer una cadena por la unidad de España”, “Yo vengo a luchar por España”, “Porque soy español y quiero que Cataluña forme parte de España”. “Si lo pedimos todos al final Cataluña se rendirá”. ¿Qué? ¿Les gustaría ver esto en Clan TV después de Bob Esponja? Pues una cosa parecida ha hecho TV-3 con los niños catalanes entre el Mic y Bola de Dragón. Y lo más grave, en una tele pública que hasta ahora era de todos.— Trinitat Sanmartí Gómez. Barcelona.

That is the question”, me temo, de muchos catalanes. Una vez tomada la decisión, y por mucho que nos empeñemos, las cosas no pueden seguir siendo igual con quien has rechazado. Este es el problema que los políticos quieren ignorar.
Qué suerte tienen los independentistas catalanes que están distrayendo su propia crisis con esa ilusión colectiva de independencia. Qué desgracia más grande tenemos el resto de los españoles que, además de la nuestra, tenemos que cargar con la parte que estos nos endosan. Lo malo es que consigan la separación y —parafraseando a Monterroso— “cuando despierten, el dinosaurio todavía esté allí” y ya no tengan a nadie a quien culpar. Y es que ya lo dice el tango: “Unos se embriagan con vino y otros se embriagan con sueños”. —Andrés Milanés Carvajal. Madrid.

¡Adéu, Europa!

Por si quedaba alguna duda, los representantes europeos se han encargado de aclararla de forma definitiva: salir de España es salir de la Unión Europea. Lo ha dicho el presidente de la Comisión, portavoces y comisarios y, evidentemente, lo refrendan los tratados europeos. Solo hace falta recordar que el 80% de todo lo que vende Cataluña lo compran países de la Unión Europea.
No hace falta ser un lince de la economía para darse cuenta de los efectos drásticos de obstáculos comerciales y aranceles cuando afectan a cuatro de cada cinco euros ingresados por la economía catalana. Artur Mas debería explicar esta salida de la Unión Europea con honestidad si quiere mantener una mínima credibilidad. Frases relamidas sobre la gran “emoción” sentida al entrar en la Unión Europea o lo “bien” que Mas se siente en Europa rozan la cursilada y no sirven en absoluto para ocultar la realidad.— Pilar González Gutiérrez.Barcelona.


Ahora parece que por el hecho de tener antepasados nacidos en Cataluña o por el hecho de colgarse todos los símbolos al uso y sentirse inflamado de emociones patrióticas —aun habiendo emigrado de otras partes de España—, una persona puede pretende que el patrimonio material de Cataluá le pertenece.
¿Si yo tuviese parentesco y amistad con catalanes y sintiese una gran empatía con los catalanes, como de hecho la tengo, también tendría derecho a apropiarme de esos bienes? ¿Y si no fuese una cuestión de emociones más o menos sobrevenidas? ¿Y si lo público fuese de todos y lo privado de sus respectivos propietarios?— Javier Díaz Aspe.Luxemburgo.

¿En qué Liga jugará el Barça? El nacionalismo independentista tiene estas cosas. Y eso que soy del Atleti.— Fernando Schwartz.

Empeñados

Por mucho que el nacionalismo catalán se empeñe en negarlo, Cataluña se compone de una mayoría silenciosa y de una minoría ruidosa. Para tener una imagen lo más fiel posible de la Cataluña política pueden utilizarse los resultados de las elecciones generales al Gobierno de España. Son los comicios donde más catalanes votan, más que para escoger al propio Gobierno catalán, lo que demuestra la prioridad sentimental y política de la Cataluña real. Y en los últimos comicios generales los partidos no nacionalistas (PSC, PP, IC y UPyD) sumaron una amplia mayoría de más del 55% de los votos catalanes mientras CiU y ERC apenas llegaron al 36%. Es obvio que existe una mayoría silenciosa, que contrasta con una minoría ruidosa muy bien pertrechada de dinero, apoyos y altavoces.— Francisco Gombau.Girona.

En nombre de todos los catalanes?

Uno de los alegatos que formula el señor Mas, honorable president,para lograr su independencia es que Catalunya nunca dejará el euro y que Europa no prescindirá de siete millones y medio de personas catalanas. No, señor Mas, no intente confundir. En todo caso Europa prescindiría de tres o cuatro millones, ya que el resto de los catalanes, entre los que me encuentro, querríamos seguir perteneciendo a España y por tanto a Europa; es usted el que desea prescindir de ese colectivo silencioso. ¿Qué le hace pensar que siete millones y medio de catalanes están de acuerdo con la deriva que usted ha tomado?
Quedarán en el euro, sí, como Andorra o el Vaticano, pero no tendrán ninguna opinión sobre las medidas monetarias tomadas y ni siquiera podrá emitir moneda y solo acudir a bancos europeos. Me gustaría saber qué opinión tendrá sobre todo esta locura el señor Fainé, presidente de la tercera entidad financiera del país, España, naturalmente.— Daniel González. Barcelona.

El derecho a decidir

El mal llamado derecho a decidir suele llevar trampa. Porque algunas decisiones —es cuestión de repasar la historia— no son precisamente de derecho. Especialmente cuando lo decisorio no es más que la pretensión de imponer los deseos de una mayoría sobre los derechos individuales de quienes no comulgan con sus mismos intereses. Lo que define la suprema calidad de la democracia es precisamente el respeto a los derechos de las minorías, que no debe quedar sometida al imperio totalitario de las masas. Mucho menos cuando estas han sido convenientemente adoctrinadas a favor de unos intereses políticos que pueden atentar contra una arraigada convivencia multisecular. La historia nos da lecciones… pero a algunos les está costando aprender.— Cristina de Montemar. Barcelona.


Por un pueblo europeo

Hay que dar más peso al Parlamento y tener partidos supranacionales


Porque España no es una nación étnica el nacionalismo cree tener la puerta abierta para fundar su propia nación política. Análogamente oímos que, como no hay “pueblo” europeo, mejor sería no ahondar en el proyecto de Unión. Ciertamente un Estado sin lengua y cultura comunes tendrá más difícil autogobernarse; pero idealizar éstas hasta el paroxismo nunca fue buena idea. Ponderar justamente ambas carencias exige algunas aclaraciones.
Al usar torticeramente la imagen cosmopolita de círculos concéntricos, el nacionalismo restringirá la solidaridad a los suyos: tras familia, amigos y conocidos, al corazón sólo le quedará sitio para la “gran familia” de los connacionales, de aquellos que compartiendo una misma lengua conformarían juntos una particular visión del mundo. Más allá nopodríamos (luego, no debemos) exigir altruismo: el círculo que engloba nuestra común humanidad quedaría demasiado alejado del epicentro compasivo.
Contra tal premisa naturalista dio Winnicott útiles claves del desarrollo psicológico: conforme un niño se separa de la madre (con quien los primeros meses entró en simbiosis), aprehende su identidad a partir de su absoluta dependencia respecto del otro; de ése a quien aún ni conoce (ni tan siquiera comprende), pero ante el cual se sabe absolutamente vulnerable y del cual requiere toda ayuda para cubrir sus más elementales necesidades. Más nos valdría, pues, recordar el sentimiento filantrópico al que ya Kant (refiriéndose al entusiasmo con que nos adherimos a procesos revolucionarios) fió nuestra emancipación.
El naturalismo sí podría avalar “deberes especiales” con nuestrosallegados (previstos también por Kant). Pero, puesto que la identidad política es un constructo cohesionador de millones de desconocidos, resulta incongruente naturalizarla. Nos engaña quien pretenda anteponer un vínculo nacional a otro cosmopolita, pues ambos son culturales. Del mismo modo que los nacionalistas tratan de restringir la solidaridad a quienes ellos consideran “los nuestros”, podríamos fomentar una educación que nos vincule, desde niños, con pueblos más grandes e incluso con todos nuestros congéneres.
¿Qué hacer con una UE que naufraga sin cimientos que hagan aflorar una democracia transnacional?
Resumiendo: es errada la tesis naturalista del desarrollo empático/altruista en círculos concéntricos; y absurdo extender/detener la solidaridad en quienes forman conmigo el “pueblo”. Pero todo esto se apoya en una falacia peor: “una comunidad lingüísticaes tan diferente del resto que debe autogobernarse políticamente”. La falta de lengua compartida (en Europa, sí) dificulta una deliberación pública fluida e instantánea. Trabajemos pues en ello. También es cierto que somos acreedores de una lengua sin la cual no podemos pensar el mundo. Pero, más que conformar un micro-mundo que fragmenta la realidad social, la lengua nos abre al lenguaje, que es el instrumento que nos permite comunicarnos y reflexionar sobre nuestros múltiples condicionamientos culturales. Cambiaremos luego lo que queramos y podamos. El aprendizaje de segundas lenguas, la traducción o la adhesión a los derechos humanos prueban que pensamos en cualquier lengua un común mundo social porque todos debemos afrontar los problemas prácticos que de él se derivan.
Ataquemos ahora el corolario de la doble premisa abatida: siendo nosotros diferentes y el altruismo limitado… debemos restringir a los nuestros las cuestiones de justicia. Esta farsa esquiva toda normatividad democrática: si supranacionales son los problemas que nos afectan, supranacional debe ser el ámbito político para atajarlos. Digamos mejor que la compasión que sentimos por el sufrimiento del otro conocidodebe extenderse, virtuosamente, al otro desconocido. Y para que el sentimiento de benevolencia se convierta en beneficencia necesitaremos instituciones que encarnen la justicia supranacionalmente.
Concluimos que recuperar la maltrecha soberanía popular requiere integrar políticamente a la UE, creando artificialmente un nuevo demos. (A su vez, ésta debería liderar luego la cosmopolitización del derecho internacional; o sea, el proceso por el que este último ‒que hoy es la horma del zapato de los estados más poderosos‒ pase a ser un derecho también conformado por y para los ciudadanos del mundo). Pero, ¿qué hacer con una UE que naufraga por carecer de cimientos que hagan aflorar una democracia transnacional de calidad?
Recurramos al Derecho para conformar intencionalmente la realidad social. Dice Habermas que “cada parte de la cultura humana, incluyendo el discurso y el lenguaje, es una construcción. Aunque la mayor parte de ella no ha visto la luz intencionalmente, (…) los acuerdos legales son las [construcciones] más artificiales”. Pues bien, para sobrepasar las estructuras culturales que nos condicionan (fronteras, instituciones, códigos, lengua, etc.) y conseguir transnacionalizar la solidaridad, habremos de poner el carro delante de los bueyes: se antoja necesario otorgar mayor peso al Parlamento, promoviendo que la ciudadanía co-legisle junto al Consejo (Estados), y crear verdaderos partidos políticos europeos.
La mejor redistribución y la efectiva soberanía popular pasa por ampliar el demos
Resucitaríamos así un proyecto compartido que hoy sólo contemplamos desde el provecho que pueda sacar mi país, para sacarlo yo. Votar a partidos europeos abocaría a deliberar y legislar democráticamentesobre los muchos problemas comunes; los medios traducirían y difundirían en cada esfera pública la información técnica de base y los intereses en liza. A esta transnacionalización de las distintas esferas públicas ayudarían los influjos de una floreciente sociedad civil europea que contribuyera a amalgamar intereses individuales dentro de un mismo marco político.
Porque europeos serán los conciudadanos con quienes pactaremos, junto a la accountability y la responsiveness surgirán a la fuerza unos lazos solidarios, el sentido de co-pertenencia propio de todo autogobierno democrático. No costará tanto para quienes ya comparten mucho (desde las guerras mundiales hasta una razón ilustrada que afronta los problemas de forma práctica: tolerancia, estado de derecho, democracia, etc.) sobre lo que forjar una identidad colectiva más amplia y abstracta, pero lo suficientemente sustancial como para que un alemán pague impuestos por un griego.
Además, votar a partidos europeos con verdadera capacidad legislativa (y ejecutiva) apagaría las críticas que hoy debe arrostrar la UE por su funcionamiento burocrático y mercantilista; y por su intergubernamentalismo (nacionalismo), que somete a los débiles a los designios del más fuerte. Sólo si hay alternativas y alternancia veremos a la UE no como un proyecto elitista, sino como un proyecto político cuyaactual deriva rechazamos. Uno no secuestrado, sino dirigido por unos partidos que deben rendirnos cuentas si no quieren pasar a ser oposición.
La mejor redistribución y la efectiva soberanía popular pasa por ampliar el demos. Por eso la izquierda no debería oponerse al proyecto político europeo, sino a su actual carácter monolítico.
Mikel Arteta es licenciado en Derecho y Ciencias políticas. Prepara su tesis doctoral sobre el concepto de “constitucionalización cosmopolita del derecho internacional” en J. Habermas.

MARIO VARGAS LLOSA

@el_pais: El derecho a decidir: http://elpais.com/elpais/2013/09/20/opinion/1379685024_791852.html

Si crece el nacionalismo, más próximo al acto de fe que a la cultura democrática, destruirá otra vez el porvenir de España. Por eso hay que combatirlo sin complejos en nombre de la libertad



El mejor artículo que he leído sobre el tema del independentismo catalán, que, aunque parezca mentira, está hoy en el centro de la actualidad española, lo ha escrito Javier Cercas, que es tan buen novelista como comentarista político. Apareció en El País Semanal el 15 de septiembre y en él se desmonta, con impecable claridad, la argucia de los partidarios de la independencia de Cataluña para atraer a su bando a quienes, sin ser independentistas, parezcan serlo, pues defienden un principio aparentemente democrático: el derecho a decidir.
Allí se explica que, en una democracia, la libertad no supone que un ciudadano pueda ejercerla sin tener en cuenta las leyes que la enmarcan y decidir, por ejemplo, que tiene derecho a transgredir todos los semáforos rojos. La libertad no puede significar libertinaje ni caos. La ley que en España garantiza y enmarca el ejercicio de la libertad es una Constitución aprobada por la inmensa mayoría de los españoles (y, entre ellos, un enorme porcentaje de catalanes) que establece, de manera inequívoca, que una parte de la nación no puede decidir segregarse de ésta con prescindencia o en contra del resto de los españoles. Es decir, el derecho a decidir si Cataluña se separa de España sólo puede ejercerlo quien es depositaria de la soberanía nacional: la totalidad de la ciudadanía española.
Ahora bien, Cercas dice, con mucha razón, que si hubiera una mayoría clara de catalanes que quiere la independencia, sería más sensato (y menos peligroso) concedérsela que negársela, porque a la larga es “imposible obligar a alguien estar donde no quiere estar”. ¿Cómo saber si existe esa mayoría sin violar el texto constitucional? Muy sencillo: a través de las elecciones. Que los partidos políticos en Cataluña declaren su postura sobre la independencia en la próxima consulta electoral. Según aquel, si Convergencia y Unión lo hiciera, perdería esas elecciones, y por eso ha mantenido sobre ese punto, en todas las consultas electorales, una escurridiza ambigüedad. Al igual que él, yo también creo que, a la hora de decidir, el famoso seny catalán prevalecería y sólo una minoría votaría por la secesión.

El soberanismo avanza y no hay una movilización contra los mitos, las mentiras y la demagogia
¿Por cuánto tiempo más? Cara al futuro, tal vez Javier Cercas sea más optimista que yo. Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida- y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas- gastaban bromas feroces. De entonces a hoy esa minoría ha crecido sin tregua y, al paso que van las cosas, me temo que siga creciendo hasta convertirse –los dioses no lo quieran- en una mayoría. “Al paso que van las cosas” quiere decir, claro está, sin que la mayoría de españoles y de catalanes que son conscientes de la catástrofe que la secesión sería para España y sobre todo para la propia Cataluña, se movilicen intelectual y políticamente para hacer frente a las inexactitudes, fantasías, mitos, mentiras y demagogias que sostienen las tesis independentistas.
El nacionalismo no es una doctrina política sino una ideología y está más cerca del acto de fe en que se fundan las religiones que de la racionalidad que es la esencia de los debates de la cultura democrática. Eso explica que el President Artur Mas pueda comparar su campaña soberanista con la lucha por los derechos civiles de Martin Luther King en los Estados Unidos sin que sus partidarios se le rían en la cara. O que la televisión catalana exhiba en sus pantallas a unos niños adoctrinados proclamando, en estado de trance, que a la larga “España será derrotada”, sin que una opinión pública se indigne ante semejante manipulación.
El nacionalismo es una construcción artificial que, sobre todo en tiempos difíciles, como los que vive España, puede prender rápidamente, incluso en las sociedades más cultas –y tal vez Cataluña sea la comunidad más culta de España- por obra de demagogos o fanáticos en cuyas manos “el país opresor” es el chivo expiatorio de todo aquello que anda mal, de la falta de trabajo, de los altos impuestos, de la corrupción, de la discriminación, etcétera, etcétera. Y la panacea para salir de ese infierno es, claro está, la independencia.
¿Por qué semejante maraña de tonterías, lugares comunes, flagrantes mentiras puede llegar a constituir una verdad política y a persuadir a millones de personas? Porque casi nadie se ha tomado el trabajo de refutarla y mostrar su endeblez y falsedad. Porque los gobiernos españoles, de derecha o de izquierda, han mantenido ante el nacionalismo un extraño complejo de inferioridad. Los de derechas, para no ser acusados de franquistas y fascistas, y los de izquierda porque, en una de las retractaciones ideológicas más lastimosas de la vida moderna, han legitimado el nacionalismo como una fuerza progresista y democrática, con el que no han tenido el menor reparo en aliarse para compartir el poder aun a costa de concesiones irreparables.
Así hemos llegado a la sorprendente situación actual. En la que el nacionalismo catalán crece y es dueño de la agenda política, en tanto que sus adversarios brillan por su ausencia, aunque representen una mayoría inequívoca del electorado nacional y seguramente catalán. Lo peor, desde luego, es que quienes se atreven a salir a enfrentarse a cara descubierta a los nacionalistas sean grupúsculos fascistas, como los que asaltaron la librería Blanquerna de Madrid hace unos días, o viejos paquidermos del antiguo régimen que hablan de “España y sus esencias”, a la manera falangista. Con enemigos así, claro, quién no es nacionalista.

Pertenecer a una nación no puede ser un valor porque ello deriva en xenofobia y racismo
Al nacionalismo no hay que combatirlo desde el fascismo porque el fascismo nació, creció, sojuzgó naciones, provocó guerras mundiales y matanzas vertiginosas en nombre del nacionalismo, es decir, de un dogma incivil y retardatario que quiere regresar al individuo soberano de la cultura democrática a la época antediluviana de la tribu, cuando el individuo no existía y era solo parte del conjunto, un mero epifenómeno de la colectividad, sin vida propia. Pertenecer a una nación no es ni puede ser un valor ni un privilegio, porque creer que sí lo es deriva siempre en xenofobia y racismo, como ocurre siempre a la corta o a la larga con todos los movimientos nacionalistas. Y, por eso, el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo, la más importante conquista de la historia, que dio al ciudadano la prerrogativa de elegir su propio destino –su cultura, su religión, su vocación, su lengua, su domicilio, su identidad sexual- y de coexistir con los demás, siendo distinto a los otros, sin ser discriminado ni penalizado por ello.
Hay muchas cosas que sin duda andan mal en España y que deberán ser corregidas, pero hay muchas cosas que asimismo andan bien, y una de ellas –la más importante- es que ahora España es un país libre, donde la libertad beneficia por igual a todos sus ciudadanos y a todas sus regiones. Y no hay mentira más desaforada que decir que las culturas regionales son objeto de discriminación económica, fiscal, cultural o política. Seguramente el régimen de autonomías puede ser perfeccionado; el marco legal vigente abre todas las puertas para que esas enmiendas se lleven a cabo y sean objeto de debate público. Pero nunca en su historia las culturas regionales de España –su gran riqueza y diversidad- han gozado de tanta consideración y respeto, ni han disfrutado de una libertad tan grande para continuar floreciendo como en nuestros días. Precisamente, una de las mejores credenciales de España para salir adelante y prosperar en el mundo globalizado es la variedad de culturas que hace de ella un pequeño mundo múltiple y versátil dentro del gran teatro del mundo actual.
El nacionalismo, los nacionalismos, si continúan creciendo en su seno como lo han hecho en los últimos años, destruirán una vez más en su historia el porvenir de España y la regresarán al subdesarrollo y al oscurantismo. Por eso, hay que combatirlos sin complejos y en nombre de la libertad.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2013.
© Mario Vargas Llosa, 2013.

Cataluña: unanimismo versus pluralismo

El soberanismo ambiguo catalán ha dado paso al secesionismo inequívoco. Como consecuencia de este salto político, la solución a todos los problemas sociales queda aplazada al día después de la independencia


La espuma de los acontecimientos a menudo impide que percibamos las corrientes profundas que definen el signo de los procesos o, si se prefiere, los árboles de la actualidad suelen provocar que nuestra mirada pierda la perspectiva acerca de las características del bosque por el que deambulamos. Si aplicamos esta cautela a la situación que se vive en Cataluña, sin gran dificultad comprobaríamos que muchos de los episodios que han tenido lugar en el transcurso del último año, sorprendentes y novedosos para algunos, constituyen el efecto o consecuencia casi inevitable de premisas que nunca dejaron de estar presentes y operativas.
Acaso la que convendría plantear en primer lugar sería una premisa que el discurso nacionalista nunca ha dejado de dar por descontada, a saber, que toda nación debe tener un Estado, de forma que incluso la misma expresión "nación sin Estado" lo que en realidad estaría señalando es una carencia, una falta profunda. Y aunque es cierto que de semejante convencimiento no siempre se ha desprendido programáticamente la exigencia inmediata de aquél (no habría más que recordar el largo mandato de Pujol), sí que ha señalado de manera inequívoca la dirección del proceso, el horizonte último al que apuntaban incluso los sectores más gradualistas del nacionalismo y que explicaba que sus reivindicaciones nunca parecieran tener fin.
Dicha premisa, planteada como un principio general de carácter histórico, casi prepolítico, ha funcionado como una auténtica trampa para osos en la que han ido cayendo casi todo el resto de partidos, pero en especial —para lo que me interesa plantear aquí— los de izquierda. El unanimismo, al que siempre ha sido tan proclive el nacionalismo catalán (a condición de que la unanimidad lo tomara a él como eje: del pal de paller a la casa gran del catalanisme), ha ido adoptando diversas apariencias, aunque sin variar su esencia última. El reclamo del ideal del autogobierno (¿quién se atrevería a sostener que está en contra de semejante ideal tan obviamente benéfico?), cuyo límite nunca se explicitaba, ha ido sirviendo para que el nacionalismo fuera dando pasos en la dirección señalada sin encontrar la menor resistencia por parte de quienes se la deberían haber presentado y que, por el contrario, parecían entusiasmados por ser acogidos a la derecha del Gran Padre Transversal.
Resulta preocupante el seguidismo de los partidos de izquierda respecto al nacionalismo
Así, el eslogan que durante buena parte de la democracia en Cataluña se repetía era el de que todos los "partidos eran catalanistas", todos estaban por fer pais. Más tarde, durante el proceso de elaboración del Estatut, se puso en primer plano, como una reivindicación asimismo unánime, la condición de nación que le correspondía a Cataluña (reivindicación que, algunos lo recordarán, en aquel momento los propios nacionalistas pretendían presentar, con dudosa lealtad constitucional, como políticamente inocua). De ahí hemos pasado, en la presente legislatura, a la reciente declaración del Parlament catalán en la que los partidos de izquierda apoyaron que se proclamara que el pueblo catalán era sujeto soberano para decidir su futuro. El desplazamiento terminológico, en apariencia inane para el menos avisado, tenía una intención inequívoca: del catalanismo al nacionalismo y de ahí, al soberanismo.
Alguien podrá argumentar, no sin parte de razón, que estar por el derecho a decidir no es sinónimo de decidir una determinada cosa (personas hay que tienen ganas de dejar clara en una votación su rechazo al independentismo). Así la dirección del PSC ha intentado clarificar este punto señalando que su posición oficial es estar a favor de una consulta pactada, en la cual, llegado el caso, votarían no a la independencia. Pero no cabe olvidar que, a su izquierda, a estas alturas el ciudadano no sabe qué propondría la dirección de ICV que se votara en un hipotético referéndum de autodeterminación o que, dentro del mismo PSC, continúa habiendo sectores que parecen dispuestos a seguir acompañando a los sectores nacionalistas hasta el final, lo sitúen estos donde lo sitúen. Una corriente interna de este partido, autodenominada "Avancem", hizo público recientemente un documento en el que se distanciaba de las propuestas de la dirección, declarando estar a favor de un Estado catalán "independiente o no". (La especificación final debió hacer que muchos lectores de la noticia recordaran el famoso chiste del humorista Eugenio acerca de las ovejas blancas y negras).
Recuperando el hilo de nuestro discurso, el nacionalismo ya ha dado el paso que faltaba y ha decidido transitar desde un soberanismo que todavía dejaba margen a una cierta ambigüedad (si no hubiera entre qué escoger, no habría decisión posible) al secesionismo más inequívoco. La consecuencia ha sido que el espacio político catalán se ha ido achicando de manera vertiginosa. Y de la misma forma que, durante años, solo cabía ser catalanista o nacionalista, el mensaje con el que ahora se nos bombardea desde los medios de comunicación públicos catalanes es que no hay vida política fuera del secesionismo. Tal vez fuera más propio decir que en las tinieblas exteriores al independentismo solo habitan la irrelevancia pública o, peor aún, el españolismo más rancio y casposo. Que nadie considere estas últimas palabras como una exageración. Era precisamente el actual conseller de cultura (sí, de cultura, han leído bien) del gobierno catalán el que hace pocos días dejaba caer, en un discurso que por cierto llevaba escrito, la afirmación de que solo se pueden oponer a la creación del Estado catalán "los autoritarios, los jerárquicos y los predemócratas o los que confunden España con su finca particular".
La ilusión no es un valor en sí misma ni la instancia para decidir entre opciones políticas
Este secesionismo independentista, pretendiendo presentarse como algo prepolítico (o suprapolítico), lo que en realidad reedita es la vieja tesis conservadora de la obsolescencia de las ideologías, de la superación del antagonismo entre derechas e izquierdas, en este caso por apelación a una instancia superior jerárquicamente en la escala de los valores como es la nación (ya saben: "ni derecha ni izquierda: ¡Cataluña!"). Este genuino vaciado de política no es en absoluto inocente: gracias a él, el gobierno catalán está consiguiendo rehuir todas las críticas que se le plantean (por ejemplo, a sus políticas sociales) a base de aplazar al día después de la independencia, identificada con la plenitud nacional catalana (Artur Mas dixit), la solución taumatúrgica de todos los problemas. De ahí que resulte preocupante el ruinoso seguidismo practicado por los partidos de izquierda catalanes en relación con el nacionalismo no solo durante todos estos años sino, muy en especial, en los últimos tiempos. Sin que sea de recibo argumentar, para intentar maquillar o neutralizar este carácter conservador del programa independentista, el valor político que representa el hecho de que dicha corriente haya conseguido movilizar, insuflando ilusión, a amplios sectores de la sociedad catalana.
Entiéndaseme bien: sin duda ha sido así, pero resulta obligado plantearse el valor político de dicha movilización o, si se prefiere, el contenido de la ilusión en cuanto tal. Quienes tanto se complacen en señalar el carácter histórico de cuanto está ocurriendo, o dibujan analogías extravagantes con determinados momentos del pasado (por ejemplo, con los procesos de descolonización del Imperio Español), no deberían ser tan hipersensibles cuando se les advierte de paralelismos históricos mucho más pertinentes. Cualesquiera intransigentes, fanáticos e intolerantes (de los cruzados medievales a los jóvenes españoles que se alistaban voluntarios en la División Azul, pasando por todos los ejemplos que se les puedan ocurrir) se sienten ilusionadísimos ante la expectativa de alcanzar sus objetivos, pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría sumarse a su causa solo por ello.
Con otras palabras, ni la ilusión es un valor en sí mismo ni, menos aún, constituye la instancia última con la que dirimir entre diversas opciones programáticas. La política es discusión racional sobre fines colectivos en la plaza pública. No cabe, sin contradicción, apelar constantemente a la necesidad de la política y, al mismo tiempo, optar por la irracionalidad de la ilusión sin más. Porque si la indiferencia es mala, el unanimismo acrítico es, sin el menor género de dudas, mucho peor.
Manuel Cruz es catedrático de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona. Autor del libro Filósofo de guardia (RBA)

jueves, 19 de septiembre de 2013

Escocia dentro de un año

La identificación con el derecho a decidir dista mucho de equivaler a un voto independentista

 

El 18 de septiembre de 2014, los ciudadanos escoceses podrán acudir a las urnas para dar respuesta a una escueta y rotunda pregunta: “¿Debe ser Escocia un país independiente?”. Según los sondeos disponibles —que son muchos—, desde hace ya meses predominan, y de forma clara, los predispuestos a contestar negativamente: la por ahora última encuesta, publicada el pasado día 13, estima en un 49% los votos contrarios, hoy por hoy, a la independencia, frente a tan solo un 32% a favor. Lo que, ciertamente, supondría un bien pobre resultado teniendo en cuenta que el Partido Nacional Escocés (SNP) ganó inesperadamente, y por mayoría absoluta (69 de los 129 escaños en disputa), las elecciones al parlamento escocés del 5 de mayo de 2011, a las que concurrió con un programa cuya promesa estrella era precisamente este ya convocado referéndum.
Los promotores del secesionismo no pierden, sin embargo, la esperanza de que, a última hora dentro de un año, pueda ocurrir, como en mayo de 2011, lo inesperado. En marzo de aquel año, y a dos meses ya tan solo de la cita electoral, todos los sondeos coincidían en estimar una holgada victoria del Partido Laborista, con hasta 15 de puntos de ventaja sobre el SNP. En abril, sin embargo, pasaron a detectar un práctico empate. Los últimos sondeos, pocos días antes de la votación, anticiparon un vuelco espectacular: una clara victoria (y por hasta 11 puntos de diferencia) del SNP —que fue lo que finalmente ocurrió—.
Pero ahora, sin duda, las circunstancias son otras. Conviene recordar que en aquellas elecciones solo participó la mitad del cuerpo electoral escocés (la abstención fue, en conjunto, del 49,6%). Algunas voces en Westminster han sugerido que el referéndum solo sería plenamente significativo si los votos a favor de la independencia representasen como mínimo el 40% del censo electoral (1,6 millones de votos). Con una participación similar a la de las elecciones de 2011 (apenas dos millones de votantes) ese umbral solo se podría conseguir con una distribución final del voto emitido del orden del 80% a favor del sí frente a solo 20% a favor del no, lo cual por el momento resulta más que dudoso. Solo en la inverosímil hipótesis de una participación masiva (¿alrededor del 80%, es decir, de unos 3,2 millones?) parece pensable una victoria del sí por más de ese 40% del censo.
Debe tenerse presente también que los datos de opinión disponibles indican que, en estos momentos, buena parte de la ciudadanía escocesa se inclina más bien por una “casi ruptura”, es decir, por una ampliación al máximo posible del actual proceso de “devolución” de competencias, pero sin llevar las cosas hasta el extremo de una secesión respecto del Reino Unido. El primer ministro británico, David Cameron, sabedor sin duda del peso real entre los escoceses de esta opción intermedia, logró, en la negociación con el líder independentista Alex Salmond, imponer que la pregunta quedara formulada de forma rotunda e inequívoca: la opción pura y dura entre un sí o un no, sin medias tintas. Y queda, por último, la incertidumbre respecto a si una secesión conllevaría la salida de Escocia de la UE. Esta se ha pronunciado ya con claridad sobre el hipotético caso de Cataluña, pero subsiste ambigüedad en el caso escocés.
Una breve nota final: en estos últimos años, una masiva mayoría ciudadana, y tanto en Escocia (70%-75 %) como en Cataluña (un 80%), se ha declarado partidaria, en los sondeos, de un referéndum sobre la independencia (lo que, cediendo a una admirable argucia conceptual —como bien la ha definido Javier Cercas— aquí hemos dado en denominar “derecho a decidir”). Los datos referidos a Escocia invitan a concluir que la obvia masiva identificación emocional que no puede sino suscitar lo que de ese modo se define (y que, subliminalmente, remite ni más ni menos que al derecho a la libertad) dista mucho de equivaler, sin más, a una opción neta por el independentismo. De hecho, en Cataluña, pese al aludido 80% y con una ciudadanía que masivamente reconoce no estar adecuadamente informada de lo que la secesión podría acabar suponiendo, apenas el 50% se muestra partidario del sí en un hipotético referéndum independentista —un 41% cuando se sugiere que la independencia podría suponer la salida de Cataluña de la UE, según datos recientes de Metroscopia—.JUAN JOSÉ TOHARIA

 

Un silencio elocuente

Viendo la televisión catalana he escuchado personajes independentistas ¿Es que los que disienten no salen a dar su opinión?

 

Me escribe un escritor. Me escribe y me confiesa que, superado por los acontecimientos, está pensando en irse a vivir fuera de España. O por concretar, fuera de Cataluña, para regresar si acaso en ese futuro quién sabe si cercano en que la vida haya dejado de convertirse en un referéndum permanente y no se le exija al ciudadano una definición sustancial, no ya como votante, sino como ser humano obligado a indagar en los sentimientos que le unen a esta o a otra tierra. Me escribe una actriz. He visto en su red social que ha ido colgando fotos de exaltación independentista y me extraña, me extraña de corazón, porque sé que al menos hasta antes de ayer eso no cuadraba ni con su vida ni con su forma de pensar. De tal forma que le pregunto (porque sé que hay independentistas de última hora), le digo: “¿Y eso?”, y me contesta en un mensaje privado que se percibe como un hilo de voz que no se siente capaz de situarse frontalmente en contra de su gente. Y yo reconozco algo que se ha repetido a lo largo de la historia de los pueblos, si es que existe tal cosa: suele ser “tu” gente la que no te permite disentir.
Pero siento que es más raro aún la significativa ausencia de aquellos que no me escriben, que no se expresan; todos aquellos que conozco de unas tierras que tanto hemos frecuentado: escritores, músicos, actores, directores de escena, agentes literarios, editores, directores de colecciones, periodistas, toda esa gente con la que con frecuencia nuestros caminos se han cruzado y sería casi imposible que no se volvieran a cruzar. No sé bien lo que piensan, ya no, y eso en España, o en lo que todavía se llama España, es raro. Rarísimo. Porque no hay país en el que la opinión sea tan inmediata y tan impositiva como en el nuestro. ¿No será que no quieren disentir del fervor mayoritario? ¿No será que quieren permanecer agazapados hasta que la tempestad amaine, hasta que la historia otorgue la razón a unos o a otros?
No hay país en el que la opinión sea tan inmediata y tan impositiva como en el nuestro
Es extraordinario. Porque vivimos en un país en el que continuamente se hacen encuestillas, por razones de Estado o por boberías, entre intelectuales y artistas. Con frecuencia nos encontramos con dos páginas en los periódicos que nos informan de lo que piensa hasta el último escritor de la nota exigida para las becas universitarias, o tal columnista de su repulsa o defensa de la fiesta taurina, o el otro de la ley del tabaco, o del intelectual que abomina de Eurovegas, del actor que habla del IVA, de la escritora que apoya la sanidad pública, o la escuela, o la investigación, o de ese lazo petardil que han constituido Marina Abramovic y Lady Gaga. Con tanta columna y tanta tertulia, cómo no saber: lo sabemos todo de todos. Sabemos incluso más, en muchas ocasiones, de lo que quisiéramos. Pero, de pronto, en este país, que seguramente es tan misterioso como todos los países, pero, como es el nuestro, nos parece de una complejidad insoportable, hay asuntos que no se tratan, o que solo los tratan unos mientras los otros callan. Pasó un tiempo con el terrorismo.
¿No se acuerdan? Iba uno al País Vasco y sentía esa espesura. Se sentaba uno a una mesa y se hablaba de todo con esa gran cordialidad propia del norte hasta que llegaba el momento en que a cada comensal se le perdía la mirada por tener en mente algo de lo que no se podía hablar. Ocurre ahora con el asunto catalán. ¿Qué piensan nuestros amigos? A los de allí, me refiero. Porque finalmente son los que callan con más finura. ¿Qué piensan? Viendo la televisión catalana este verano he podido escuchar a algunos personajes públicos y tenían en común su postura independentista. O al menos no coincidió que yo diera con un entrevistado que tuviera una voz discrepante. ¿Es que los que disienten no quieren salir a dar su opinión, que no la tienen clara?, ¿o es que no les invitan a los programas?
Hay tendencias sociales que provocan un entusiasmo que acogota al que no lo experimenta
Quien creía que con el fin de una dictadura la libertad de expresión ya sería sagrada iba de cráneo. Ya no podemos caer en esa ingenuidad. La presión social puede ser tan impositiva como la represión organizada. Más te vale pensar como piensan aquellos que entre los tuyos marcan el signo de los tiempos. De cualquier manera, no creo que se pueda construir un debate sin permitir la discrepancia. No hay debate si se abruma al adversario. Ni patria que se construya en falso. Por otra parte, tenemos la tentación de pensar que se trata de un mal endémico español, pero basta darse una vuelta por el mundo para comprobar que el silencio también se instala entre los argentinos cuando se trata de defender o denostar a Kirchner o incluso entre los mismos disidentes cubanos.
Quiero pensar que no somos tan distintos o que no pesa sobre nosotros una maldición que nos impida ejercer sosegadamente la democracia. Detestaría que fuéramos peculiares en ese sentido. En todas partes surgen en determinado momento tendencias sociales que provocan un entusiasmo que acogota al que no lo experimenta. Pero es desesperanzador comprobar que los que ayer intercambiaban opiniones hoy intercambian silencios. Hablo de voces que están presentes en la vida pública del país y que enmudecen de pronto. Quisiera escucharlos. Simplemente. Aunque en esta ocasión no deseo poner mi voz a lo que piensan otros, que cada palo aguante su vela.

 

Las prisas por lanzar Cataluña, SA

La independencia es un mal negocio. Y el momento presente es el peor para decidirlo

 

Mi posición respecto a la independencia no se basa fundamentalmente en argumentos económicos. Yo, desde Cataluña, pagaría para que se recuperase el seny, porque estoy éticamente en contra de recortar los espacios de solidaridad y de levantar más fronteras. Pero no solo pienso que la independencia sea una mala idea por mis principios, también porque es un mal negocio. Y digo negocio porque no quiero entrar en el debate de si el déficit fiscal compensaría o no todos los costes asociados a la independencia (reducción del comercio, necesidad de invertir en bienes públicos con desventajas en términos de economías de escala, riesgo de salir del espacio económico europeo, etcétera). Quiero analizar la decisión de independencia desde la óptica empresarial, como la creación de una nueva empresa. ¿Cataluña, SA, generaría mayor bienestar a sus ciudadanos del que ahora disfrutan?
Algunos han respondido afirmativamente a esta pregunta, bajo la premisa de que lo haríamos mejor, seríamos más eficientes, tomaríamos mejores decisiones y haríamos mejores leyes. Este ejercicio de optimismo es la principal causa del fracaso de las nuevas empresas. Un plan de negocio que se base simplemente en que lo vas a hacer mejor que las actuales empresas que hay en el mercado es, como mínimo, ingenuo. En el mercado todo el mundo optimiza y las empresas que consiguen una ventaja sobre las demás lo hacen porque ofrecen algo distinto o tienen algún recurso del que las otras empresas carecen. Además, Cataluña ha tenido suficientes cuotas de autogobierno para predecir que ese milagroso aumento de eficiencia no se va dar.
La pregunta correcta es cómo afectaría la independencia a los recursos y capacidades de los que dispone Cataluña para generar bienestar a los ciudadanos. En este sentido, mi respuesta es la que dio Gerard Piqué: “La secesión dejaría a Cataluña (y a España) más débil”. Enunciemos cuatro consecuencias negativas de la independencia:
1. Se romperá la unidad de un mercado con el resto de España. No hay nada mejor para el bienestar económico como tener grandes empresas exportadoras que puedan ser líderes a nivel global: Zara es un claro ejemplo de ello. Pero antes de lanzarse al mercado global, Zara se hizo fuerte en un gran mercado doméstico. Mercadona va a comenzar su expansión internacional, pero solo después de fortalecer su modelo de negocio en el mercado español. Romper con un mercado de casi cuarenta millones de consumidores no solo reducirá el comercio: va a ser un impedimento para que surjan en Cataluña proyectos empresariales fuertes.
La marca Cataluña se depreciará. La secesión no es de esperar que sea muy popular en España, pero tampoco en Europa
2. Perderemos capital humano. Muchas personas, como muchas empresas, se deslocalizarán. Cataluña tiene muchos centros de excelencia en investigación, medicina, etcétera y le resulta relativamente fácil atraer talento del resto de España. Perder parte de este talento no facilitará atraer talento de otras partes del mundo (más bien, lo hará más difícil: al talento le gusta ir donde hay más talento). Simplemente, Cataluña se empobrecerá en el input empresarial más valioso, el capital humano.
3. La marca Cataluña se depreciará. La secesión por motivos fiscales no es de esperar que sea muy popular en España, nuestro principal mercado, pero tampoco en Europa.
4. Una condición importante para que se genere actividad económica es que las empresas piensen que las reglas de juego están claras y que los reguladores son independientes, y no están capturados por las empresas domésticas dominantes. La Unión Europea ha sido un potente instrumento para generar eficiencia, en parte porque el regulador europeo estaba lejos de los mercados domésticos. En una Cataluña independiente, ¿qué probabilidad habría de que el regulador y los directivos de las principales empresas catalanas hayan estudiado en el mismo colegio? La actuación de la Generalitat con Spanair sirve de anticipo de lo sesgado que puede ser un futuro regulador y lo poco atractivo que esto resulta para la actividad económica.
Pero si me equivocase mucho y la secesión fuera un buen negocio, mi siguiente pregunta sería: ¿por qué ahora? La independencia es una decisión de largo plazo que afectaría de forma irreversible al bienestar de Cataluña y España. Este tipo de decisiones estratégicas son las más importantes desde el punto de vista empresarial porque son las que acaban determinando que la empresa adquiera una ventaja competitiva o quiebre. En este tipo de decisiones se pueden cometer dos errores. No tomar la decisión cuando deberías hacerlo (error tipo I, en nuestra jerga) y tomarla cuando no deberías haberlo hecho (error de tipo II). El error de tipo I es muy importante cuando la oportunidad para tomar la decisión puede desaparecer, por ejemplo porque un rival se puede adelantar a nosotros. El error de tipo II tiene más peso cuando tenemos mucha incertidumbre sobre el éxito de la estrategia. Pues bien, estamos en un escenario en el que el error de tipo I no existe y el error de tipo II no tiene límites.
Cataluña puede abrir este proceso ahora o dentro de 5 años, y no hay ninguna ventaja especial de hacerlo ahora. Por el contrario, la incertidumbre ahora es máxima; no sabemos la consecuencia de la decisión sobre nuestra pertenencia a la UE, cómo se repartirían los activos y los pasivos; no sabemos siquiera cómo afectará este debate a nuestras posibilidades de financiar nuestro déficit, etcétera.
Dedicar las energías a la separación es como jugárselo todo a la lotería
¿Cómo explicar que la independencia sea el centro de nuestro debate político, las prisas, la demanda política urgente de un referéndum en 2014, cuando este es en el peor momento, desde el punto de vista estratégico, para tomar esta decisión? La respuesta es el fenómeno del gambling for resurrection. Lo que en castizo sería de perdidos al río. Es lógico que en la actual situación de crisis y de desesperanza, una opción que antes se desdeñaba por sus riesgos se muestre mucho más atractiva. Pero esto es un error. El riesgo solo empeora las cosas y no convierte las malas decisiones estratégicas en buenas. De hecho, el gambling for resurrection explica gran parte de la actual crisis financiera, donde bancos y empresas con problemas asumieron riesgos excesivos y solo consiguieron empeorar su situación, y la de todo el sistema financiero en conjunto.
Deberíamos utilizar nuestro escaso margen de maniobra para hacer el mejor plan estratégico posible para la Cataluña de ahora. Dedicar nuestras energías a Cataluña, SA, es querer solucionar los problemas invirtiendo nuestros escasos recursos en la lotería, lo que además de una irresponsabilidad es una pésima estrategia.
Juan-José Ganuza es catedrático de Organización de Empresas de la Universidad Pompeu Fabra.

 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Boadella da la cara por la patria

Un poco de humor irreverente


http://www.alternativaciudadana.es/index.php?option=com_content&view=article&id=16420%3Ae-noticies&catid=19%3Arecortes-de-prensa&Itemid=9&lang=es

Ejemplo Estonio

Al independizarse legalmente de la URSS -por cierto gracias a que en aquel país gozaban del derecho a la autodeterminación-, los nuevos gobernantes estonios delimitaron lo que significaba ser “estonio”: haber vivido o ser familia directa de alguien que viviera en Estonia… antes de 1940, es decir, cincuenta años atrás. ¿Qué no podía demostrarlo? Ningún problema. Esa persona pasaba a formar parte de ese grupo humano llamado apátrida. El 40% de la población estonia perdió instantáneamente sus derechos civiles y todavía arrastran ese problema siendo como es Estonia parte de la Unión Europea, ¡Viva la democracia!

http://www.alternativaciudadana.es/index.php?option=com_content&view=article&id=16637%3Ajuan-panadero&catid=137%3Atribuna-nacional&Itemid=39&lang=ca
Estoy escuchando Cadena SER http://play.google.com/store/apps/details?id=com.td.prisa.cadenaser

Cataluña, democracia o populismo

Los dos principales argumentos del soberanismo, el expolio económico y la afrenta del Estatut, han calado porque cumplen la regla de oro de la mentira: algunos elementos de verdad y mucha repetición

 

Hace ya diez años, el entonces ministro de relaciones intergubernamentales de Canadá, el quebequés Stéphane Dion, nos ponía sobre aviso de que “la dinámica secesionista es difícilmente conciliable con la democracia”. Sostenía, además, que en un Estado donde se ejercen y respetan los derechos y las libertades “no hay argumento moral posible que justifique convertir a nuestros conciudadanos en extranjeros” (El País, 06/07/2003). Pues bien, ambas afirmaciones son trasladables hoy a Cataluña donde el proceso secesionista, se muestra poco respetuoso con la pluralidad de la sociedad catalana y lanza promesas socioeconómicas claramente populistas. El soberanismo no desea que se produzca un debate racional, sosegado, sobre sus traídos argumentos. Sabe que no existe un fundamento claro que justifique la secesión, y por eso exige la celebración de una consulta en el año taumatúrgico del 2014. Que cerca del abismo, Artur Mas haya rebajado ahora la tensión y frustrado las expectativas de no pocos independestistas, aunque esté por ver exactamente con qué objetivo, y cómo eso puede variar el apoyo que le presta Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), no debería hacernos olvidar cuál es la naturaleza de los argumentos que nos han llevado hasta aqui.
Según el politólogo Allen Buchanan, en el prólogo a la edición castellana de su obra ya clásica, Secesión. Causas y consecuencias del divorcio político (2013), existen cuatro tipos de injusticias que dan origen al derecho de secesión. Considera que, en el caso catalán, resulta del todo imposible argüir las dos primeras: el argumento de una anexión territorial de España sobre Cataluña en el pasado y la violación actual de derechos y libertades básicas. Afirmar lo contrario supondría considerar que Cataluña es una colonia española, extremo que nadie sensato en el mundo aceptaría. Sin embargo, fijémonos cómo el soberanismo se esfuerza a diario en construir un imaginario que va justamente en esa dirección aprovechando cualquier efeméride. Intenta convertir, como ya se ha criticado sobradamente, el conflicto internacional sobre la sucesión a la corona española de principios del siglo XVIII en una guerra de secesión, cuyo traumático final, con la imposición del Decreto de Nueva Planta, constituiría la prueba de ese sometimiento colonial. Y pretende convencer a la sociedad catalana de que la relación con España es una historia continuada de represión y maltrato hasta el día de hoy.
Pero este es solamente el telón de fondo sobre el que se desarrollan otros dos argumentos que, si fueran ciertos, bien podrían justificar, volviendo a Buchanan, la secesión: una redistribución discriminatoria de recursos continuada y grave, y la vulneración por parte del Estado de las obligaciones del régimen autonómico o la negativa continuada a negociar una forma de autonomía adecuada.

El soberanismo tiene prisa porque no desea un debate racional y sosegado
En efecto, ambos argumentos son utilizados profusamente por los soberanistas en su intento de elevar las disfunciones, deslealtades o desajustes del modelo autonómico a la categoría de delitos de lesa humanidad. La legitimidad moral de la separación recae así en un doble relato: el expolio económico que sufre Cataluña desde tiempo inmemorial, aunque solo ahora parece perceptible a rebufo de la crisis general, y la gravísima afrenta política que, insisten, significó la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto. Todo ello les lleva a argumentar que la ruptura con España es ya “irreversible”, pues, del otro lado, “no llega ninguna alternativa, ni que sea modesta”, insistía Jordi Pujol este verano, ninguneando del todo la vía federal propuesta por el PSOE, y que la propia CiU, cabe imaginar que en un gesto disidente del democristiano Josep Antoni Duran Lleida, votó favorablemente en el Congreso de los Diputados en el último debate sobre el estado de la nación.
En cualquier caso, no hay duda de que ambos argumentos, el del expolio y la afrenta, han calado a fondo en la sociedad catalana al cumplir con la regla de oro de la mentira: no solo ha de ser repetida mil veces, sino que requiere que contenga algunos elementos de verdad que bien podemos compartir desde otras posiciones. En el ámbito económico, es rotundamente falso que cada año salgan de Cataluña 16.000 millones que no regresan de ninguna forma, pero es cierto que los catalanes aportamos más de lo que recibimos (al igual que madrileños y baleares), como también que la política de inversiones de los sucesivos gobiernos españoles no siempre han obedecido a criterios claros, objetivos y basados en la eficiencia, cuando no directamente en el clientelismo.
Así mismo, salta a la vista que la financiación de las autonomías de régimen común ha de ser nuevamente mejorada, sobre todo para atender a los cruciales servicios educativos, sanitarios y sociales que prestan, y que el nuevo modelo debería regirse entre otros principios por el de ordinalidad para que no se produzcan alteraciones excesivas una vez se ha ejercido la solidaridad entre territorios.

Sorprende que desde posiciones de izquierdas se caiga en las trampas del discurso soberanista
Señalar estos u otros problemas, sin olvidarnos del agravio que provocan los cupos forales, no permite en absoluto sostener la tesis del expolio. Tal extremo no pretende otra cosa que dar cobertura moral a la secesión, soslayando así el principio redistributivo con el resto de españoles. En efecto, la otra cara de este argumento, con el que se pretende seducir a las clases populares y medias catalanas, es que, “cuando nos hayamos librado de la rémora del Estado español, no harán falta recortes sociales”, pues gracias a nuestros propios recursos “podremos tener un bienestar social envidiable”, afirmaba Josep Rull, secretario de organización de CDC, en la presentación de una campaña secesionista en la que entre otras maravillas se augura un descenso del paro del 10%.
Estas engañosas promesas ponen de manifiesto hasta qué punto estamos ante una propuesta populista. Por eso sorprende que desde posiciones de izquierdas, como la que deberían defender los sindicatos mayoritarios en Cataluña, se caiga en la trampa del soberanismo, cuando la historia nos muestra que la exacerbación de los conflictos que tienen una base identitaria, aunque intenten camuflarse tras otras máscaras, diluyen las verdaderas luchas por una mayor igualdad y justicia social.
Al lado del expolio, la sentencia del Tribunal Constitucional se ha convertido para el discurso nacionalista en una especie de punto de no retorno. Todo el proceso de reforma estatutaria fue desgraciado desde el principio hasta el final; los actores políticos del momento, tanto en Barcelona como en Madrid, actuaron con frivolidad y cortoplacismo, siendo particularmente maliciosa la actitud del PP. La sentencia llegó tarde, con un tribunal desprestigiado y a solo cuatro meses de las elecciones autonómicas de 2010.

¿Es lícito  someter a votación una propuesta que dice ser un remedio milagroso contra la crisis?
En ese escenario se impuso en Cataluña la lectura más negativa, la que convenía para argumentar la legitimidad moral de la secesión. Pero la realidad es que la sentencia dejó vivo el Estatuto, como subrayaba hace poco el jurista y exmagistrado Pascual Sala, lo cual no niega la grave contradicción de que unos jueces enmendasen a posteriori lo que los ciudadanos ya habían ratificado en referéndum. El carácter interpretativo de la sentencia en las cuestiones más polémicas puso de manifiesto la necesidad de una reforma constitucional en profundidad del título VIII, como en más de una ocasión expresó la entonces presidente del TC, María Emilia Casas.
El soberanismo ha logrado extender un relato que culmina con la exigencia de ejercer un derecho que se presenta como algo democráticamente incontrovertible: decidir unilateralmente la secesión y hacerlo cuanto antes. En una Cataluña sobreexcitada, donde no siempre se respeta la neutralidad informativa y escasea el pluralismo de opinión, dudo que votar ahora acabara siendo la culminación de un debate democrático, realmente deliberativo. Y cuando en medio de tantas angustias socioeconómicas la secesión se ofrece, sobre todo, como un remedio milagroso para salir de la crisis y alcanzar a continuación un bienestar envidiable, me pregunto si en estas condiciones es lícito someter a votación una propuesta populista.
Joaquim Coll es historiador

 

Guerra de lenguas y reducción del lenguaje

La diversidad es un patrimonio de todos los hablantes que hay que preservar

 

Hace 20 años tuvo cierto eco el fallecimiento en el navarro valle del Roncal de la anciana Fidela Bernat Uztorroz, en razón de ser la última persona de su pueblo para la que el vascuence era la lengua recibida en herencia, en la que vivía sus emociones íntimas y en la que forjaría posiblemente su último pensamiento. Pensé entonces en la singular responsabilidad que recaía sobre esta persona, cuya desaparición física supondría la desaparición de la forma que para ella había tomado ese lenguaje que nos hace cabalmente humanos. En relación a la lengua que la había amamantado, esta anciana se hallaba en idéntica situación a la del Crusoe que en la soledad de su isla no dejaba de hablar consigo mismo: toda la humanidad proyectada en uno de sus representantes; todo el hablar concreto recogido y frágilmente conservado en la contingencia de un solo ser.
Ha pasado medio siglo desde que Antonio Tovar, a la vez que se esforzaba, junto a Manuel Agud, por explorar los meandros de la lengua vasca, se interrogaba sobre la “lucha de lenguas en la península Ibérica” en épocas pretéritas. La lucha ha persistido en nuestra historia reciente, determinada a veces por acontecimientos trágicos como la persecución de los rasgos distintivos de comunidades enteras tras la Guerra Civil, pero a menudo emponzoñada por interferencia de querellas para las que la lengua, sea o no la oficialmente protegida, es mera coartada.
No fue nunca por amor a la lengua castellana que se planificó la abolición del euskera, o se lanzó contra la lengua catalana la “Nínive pigmea” a la que se refiere Carné en la edición en español de su poema Nabí. Tampoco es por amor a la lengua catalana que algunos quisieran obviar el hecho de que en castellano viven sus emociones festivas o dolorosas millones de ciudadanos de Cataluña, favorables o no a la independencia. Y por el contrario, hay certeza de que tras el Lorca que escribe sus seis poemas gallegos o el Xavier Montsalvatge que hace suyos los textos del poeta “negrista” Pereda Valdés, está el emocionado reconocimiento en la lengua de otros de aquello que forja la riqueza de la lengua propia.
Hay veces en que el título de un libro tiene tal fuerza que se impone más allá del acuerdo o desacuerdo con las tesis concretas defendidas por el autor. Tal es el caso de El instinto del lenguaje, del pensador canadiense Steven Pinker. Añadido a los instintos de conservación propiamente animales, el instinto de lenguaje singularizaría al animal humano, trascendiendo la polaridad entre instinto individual e instinto específico. Pero de la misma manera que no se da el animal, sino esas especies animales que son gato, perro o chimpancé, el lenguaje humano solo se da en una u otra lengua, de ahí que la inclinación de nuestra especie a proteger el lenguaje se traduzca en perseverancia por conservar la diversidad de lenguas, aun en situaciones límite como la de esa única depositaria de la variedad roncalesa del euskera.
No fue nunca por amor a la lengua castellana que se planificó la persecución del euskera o el catalán
Hay una diferencia fundamental entre la desaparición de una lengua y la de una especie viva, pues hay especies dañinas para la nuestra y cuyo fin supondría un bien para el hombre, mientras que no hay lengua alguna en la que no se halle recogida y archivada toda la riqueza genuina de la condición humana. Así, una lengua ajena nunca puede ser sentida como dañina mientras se mantenga fidelidad a lo esencial de la propia.
Mas como ocurre con toda manifestación de las facultades naturales, también el instinto de lenguaje se debilita. Y los primeros síntomas de tal debilidad consisten en la reducción de la propia lengua a su función instrumental, a código en el intercambio de información útil para fines ajenos al lenguaje mismo. Pues entonces, dado que la multiplicidad genera equivocidad, cuanto menos lenguas haya mejor, lo cual abre la puerta a que la diversidad lingüística mute en oposición y esta última degenere en conflicto. Tenemos aquí la base de esta convicción tantas veces esgrimida de que mejor nos iría si en España hubiera una sola lengua, y el sentimiento de (insana) envidia ante los franceses que casi lo habrían conseguido.
Ciertamente la lucha no haría entonces sino trasladarse al terreno internacional: si una apertura mínima de las universidades francesas al inglés era anatematizada en el diario Le Monde por un eminente profesor del Collège de France, al día siguiente una conocida sección de EL PAÍS titulaba “Excusez-moi, deje paso al español”. Guerra de lenguas determinada por conflictos de poder que las trascienden, y síntoma de que se ha dado la espalda a lo fundamental, a ese común denominador que, homologándolas en dignidad, hace de cada una de ellas efectivo patrimonio de todos nosotros.
Víctor Gómez Pin es catedrático de Filosofía de la UAB.

 

Los silenciosos de la Diada

La cadena humana del independentismo catalán organizada con motivo de la Diada es un instrumento que pretende transmitir con fuerza a la opinión pública una aspiración política nacional. Los que la forman y sus simpatizantes tienen la convicción de que la historia va con ellos.
Fuera de la cadena se congregan muchas miradas contemplativas silenciosas. Frente al grave problema casi no se pronuncian. Se acogen a la Constitución y les parece tener con ello bastante. Tienen la convicción de que la historia va con ellos.
Esos son los dos platillos de la balanza que hay que analizar. En la balanza catalanista independentista cuenta el deseo catalán de potenciar al máximo su personalidad colectiva. Opera la conciencia de ser un Estado frustrado que la timidez catalana no se ha atrevido a denominar por su nombre.
En la balanza no independentista están los enormes valores que lleva consigo la unidad política. La dimensión ética de la unión que tanto cuenta en el partido de Unió. El tejido social de siglos de historia. La capacidad multiplicadora de la actividad económica. La doble pertenencia automática al Estado y a la Unión Europea. El natural intercambio lingüístico: los catalanes, al aprender el castellano, se hacen con una gran lengua transcontinental. Los hablantes del castellano en Cataluña, a diferencia de los suecos de Finlandia o los magiares de Rumanía, se acomodan flexiblemente a otra cultura latina y se catalanizan, al igual que se hispanizan los italianos de Buenos Aires. Desde esta perspectiva, se quiere seguir con Valencia y Baleares en el marco de una misma frontera estatal. Poner a Valencia y a Baleares al otro lado de una frontera es, para el catalanismo de miras amplias, cierto suicidio. Se desea seguir también en el mismo ámbito fronterizo con otras unidades subestatales entre las cuales puede destacarse a Euskadi. La pertenencia a un marco grande ofrece más posibilidades que el marco pequeño.
Desde esa perspectiva, el silencio de los contemplativos tiene su razón de ser. Debe, sin embargo, enriquecerse con concreciones. El silencio no debe ser pasividad. La primera concreción es persuadirse de que para integrar bien a Cataluña en España hay que partir de la existencia de una conciencia, aunque sea parcial, de Estado frustrado. Esa realidad tan honda que en cualquier momento podría volver a operar no se tuvo en cuenta. A los dirigentes políticos catalanes más profundos no se les ocultaba.
Los no independentistas creen que el marco grande ofrece más posibilidades que el pequeño
En la organización territorial del Estado se cometieron dos grandes errores. No se prestó la atención sumamente prevalente a la aspiración de Cataluña. Y se troceó en demasía la España “castellana”, adornando alegremente a las partes que salieron con poderes, himnos y banderas. Algunos, como Josep Piqué, ponen la causa de dicha artificialidad en una reacción a la centralización del franquismo. Interpretación demasiado sublimada. Se hizo por un mimetismo poco reflexivo, que no veía la realidad mal atendida de Cataluña. Los niveles competenciales a los que se llegó fueron excesivos. El segundo error, muy ligado al primero, fue construir un Estado autónomo proclive a las fuerzas centrífugas.
El problema de separatismo de Cataluña, que España tiene entre manos, necesita de la aplicación de un principio básico elemental sin el cual la tendencia a la separación será cada vez mayor. Hay que hacer que Cataluña perciba nítidamente que dentro de España tiene más posibilidades de ser y obrar que fuera de España. No es una condescendencia tranquilizante. Es el método más sustancioso a seguir, el único para superar el problema. Es la línea de flotación de todo pensamiento que aspire a ser considerado eficaz.
A lo largo de la historia, Cataluña, en diversas ocasiones, aspiró a marcharse de España. Por unas razones o por otras le tocó quedarse. ¿Se va a plantear ahora el irse cuando puede conseguir unas oportunidades de liderazgo que en el pasado totalmente desconoció?
En la actualidad, de acuerdo con la Constitución y los Estatutos, la estructura del Estado está dividida en tres sectores. Un sector básico en el que se encuentran todas las comunidades autónomas con unos poderes distribuidos con cierta irregularidad. Un pequeño sector intermedio, que se separa del básico, con unas competencias de carácter confederal formado por la comunidad de Euskadi y la foral de Navarra. Y un sector superior, el estatal.
Una reestructuración de dicho marco podría llevar a superar los problemas nacionales que la Transición —como vemos por lo que sucede en la Diada— no consiguió.
El sector básico podría constituirse en una federación normal y corriente, asimilándola al resto de los Estados federales. La idea de una federación asimétrica debe abandonarse por irreal. No porque se respeten en España los derechos históricos de Euskadi y de Navarra tenemos que hablar de un federalismo asimétrico. Se trata de competencias particulares separadas de la federación. En el caso de Euskadi, el concierto económico soluciona su problema de integración en España. Dicho sector básico ya ha recibido una propuesta de conversión en federación por parte del partido socialista. A ese nivel, sí, todos iguales.
Cualitativamente, Cataluña viene a ser como la mitad de España
Es en el sector intermedio de Euskadi y de Navarra en donde debe insertarse la singularidad de Cataluña. Singularidad que —por su gran potencia territorial y demográfica— no puede ser la del concierto económico. Las tendencias centrífugas ya fueron demasiado alimentadas a lo largo de toda la Transición y no se debe volver a ellas. Deben ser radicalmente negadas. Cataluña tiene que estar en esa zona intermedia pero con otras competencias. Competencias que deben ser de integración. Cataluña, cuantitativamente hablando, es un pequeño porcentaje de España. Pero cualitativamente viene a ser como la mitad.
Por ello, en el segundo sector debería crearse muy prudente y hábilmente un cierto federalismo a dos bandas. Pero eso sí: con la potenciación de las fuerzas centrípetas. A las dos partes tendría que interesarles, por la propia naturaleza de la cuestión, el funcionamiento de lo común.
Pongamos alguna concreción. Por ejemplo, la presencia de Cataluña, con capacidad de decisión, en la red de las embajadas de España. En ocasiones concretas se ha hecho muy bien y la presencia catalana ha podido operar satisfactoriamente. ¿No han demostrado las oficinas catalanas del extranjero un dinamismo y una efectividad superiores a la burocracia y a la pasividad de algunas embajadas? Un botón de muestra junto al que podrían darse otros cuidadosamente seleccionados.
Cierto es que ello supone todo un cambio de mentalidad. Un cambio necesariamente lento para la gente de la calle. Recuérdese el fracaso de la Operación Roca. Pero no para el dirigente que debe estar preparado para saltar con facilidad de unas situaciones a otras por diversas que sean. En este caso, la modalidad y su aplicación —todo un encaje de bolillos, complicado pero siempre posible en derecho— deberían prepararse por un equipo de especialistas, como aquellos técnicos alemanes que elaboraron reservadamente la Ley Fundamental de Bonn.
Si hemos llegado aquí no ha sido por el egoísmo de Cataluña, sino por la simple marcha de la historia, contra la que se cometieron los errores antes mencionados. Castilla fue en el pasado “la irresistible Castilla”. Ahora Cataluña siente fuerzas para ser “la irresistible Cataluña”. Hay que abrirse a dichas fuerzas. Cataluña utiliza unas armas distintas a las de los castellanos, de acuerdo con la idiosincrasia y la época. Frente al viejo poder de la Administración y de las Fuerzas Armadas, aparecen el victimismo y las manifestaciones de masas. Los catalanes son nuestra mitad cualitativa. Debemos aceptarles como tales.
Santiago Petschen es profesor emérito de universidad.