lunes, 18 de noviembre de 2013

jueves, 14 de noviembre de 2013

Manipulación de niños...repugnante!

Niños catalanes lanzarán cometas en colegios el 10 de diciembre por el Tricentenari de 1714

 

http://www.lavanguardia.com/local/lleida/20131114/54393442779/conmemoracion-diada-lleida.html

 

Mezclar niños con derechos humanos y el 1714 es de lo más retorcido y repugnante

Cataluña y la pasión por la causa

Cuando la historia se pone al servicio del nacionalismo, pierde credibilidad

 

Decía Ranke, creo recordar, que el objeto de la investigación histórica es llegar a conocer los hechos tal como fueron. Ya sabemos que eso es, en su literalidad, imposible: pero el trabajo del historiador consiste en acercarse el máximo y además colocar los hechos en un contexto que permita entender lo que realmente pasó.
El artículo de Gabriel Tortella sobre el nacionalismo catalán de octubre de 2013 ha tenido una algo airada respuesta de Joaquim Albareda y Borja de Riquer en la que los segundos en algunos asuntos dicen cosas razonables, pero en general es difícil que convenzan a nadie que no sea nacionalista. El interés del artículo de Tortella está en que refleja un estado de opinión muy difundido que quienes le responden creo que no han sabido captar.
Tortella argumenta que el nacionalismo catalán ha crecido como resultado de un plan de adoctrinamiento de la Generalitat, y que en ese plan la interpretación sesgada de la historia de Cataluña ha tenido un papel importante. Creo que tiene toda la razón, pero no entraré a polemizar sobre la primera parte, ese plan cuya obviedad es indiscutible, para centrarme en la segunda parte, la interpretación sesgada de la historia por los historiadores nacionalistas. Y lo hago con propósito cívico, en la convicción, tan ingenua como importante: si los historiadores no son capaces de discutir entre sí sobre el pasado con argumentos no pueden exigir a la clase política que lo haga, como sucede.
La historiografía nacionalista catalana que yo alcanzo a conocer y leer adolece de algunos defectos de credibilidad, de los cuales el primero y más importante es el vaciado metodológico, que, aplicado a Cataluña, consiste en defender la idea de que los hechos del pasado catalán solo son explicables en virtud de factores que operan desde dentro de su comunidad política, y que acaban en ella misma, prescindiendo de todo lo demás. Si como sencillo ejemplo aplicamos esto a uno de los mitos nacionalistas: la derrota de 1714 y la pérdida de los fueros, encontramos que el propio Joaquim Albareda titula un reciente (e interesante) libro suyo La Guerra de Sucesión, como si realmente lo que contiene fuera la guerra, y solo eso. Todos saben, y el autor también, que fue una guerra internacional, una guerra dinástica, y una guerra civil, pero en el libro la guerra se presenta como un enfrentamiento entre Cataluña y el resto de España. Y visto así, sin más, esto simplemente no es cierto: el contexto es fundamental para entender los hechos narrados, y si se prescinde del contexto, estos no se entienden.
Los historiadores nacionalistas han de decidir si quieren convencer
La aplicación, con frecuencia (pero no siempre) inconsciente, del vaciado metodológico, tiene otra consecuencia, la imposibilidad de comprender los hechos económicos. El mercado nacional se creó en el siglo XIX y para ello ya en el siglo XVIII se estuvieron creando regiones económicas, cuyo ámbito territorial no coincidía con los reinos y principados históricos, lo que origina el problema de que o se deja de hacer historia exclusivamente regional o no se puede dar cuenta cabal de todo esto.
En el siglo XVIII en Cataluña se estaba creando una región económica que se fue extendiendo por Aragón y a finales de siglo llegaba a Navarra; además las redes mercantiles de catalanes se extendieron imparables por todo el interior peninsular. Aquí, o se hace historia de España, o nada cuadra. Tortella, refiriéndose al siglo XVIII, menciona el “impresionante despegue económico del Principado (…) que lo colocó a la cabeza del resto de España en el palmarés económico (…)”, sin embargo, el nacionalismo historiográfico catalán da por sentado definitivamente que los Borbones perjudicaron a Cataluña. Pero entonces, ¿por qué les fue tan bien en lo económico? Eso se pregunta Tortella y me pregunto yo también...
La respuesta es simple: por un lado la expansión económica catalana en el siglo XVIII no puede explicarse solo teniendo en cuenta las transformaciones económicas del interior del Principado; y por otro, en realidad los catalanes resultaron privilegiados por la nueva monarquía. El rey suprimió casi totalmente las aduanas interiores (lo que permitió colocar los productos catalanes en el interior peninsular con menos costes), creó en Cataluña un impuesto directo y moderno, el catastro, que por su forma de recaudación resultó en una baja presión fiscal, menor que en el resto de España, que además disminuyó con el tiempo, y que encima, por el fraude, fue menor aún en las áreas y sectores que más crecían: la protoindustria y el comercio. Esto lo demostró Emiliano Fernández de Pinedo hace años en un artículo que, en lo poco que sé, la historiografía nacionalista no ha tenido en cuenta para seguir sosteniendo lo contrario.
El rey además contribuyó decisivamente al aumento de la productividad laboral en Cataluña (y no en la de otras regiones) interviniendo ante el Papa para reducir el gran número de días festivos existente, como atestiguan ilustrados como Rodríguez Campomanes. Hay otros factores a favor, que no detallo para no alargar el texto. Estas ideas han sido muy poco resaltadas, cuando no ignoradas. El mito de la opresión de los Borbones hacia Cataluña, como un mantra eterno, subsiste.
Si esta idea, que el nacionalismo historiográfico daba por cierta, hoy ya no puede sostenerse, cabe preguntarse si no hay otras que también se deben cuestionar. Puede que los fueros no se vieran solo como libertades, sino también y sobre todo como privilegios estamentales, y que el rey pensara que los catalanes, que le habían jurado fidelidad en cortes de 1702, le habían sido desleales en 1705, el peor pecado de los súbditos hacia su rey. No estaba contra los fueros porque sí: los del País Vasco y Navarra no se suprimieron.
Cuando la profesión se pone al servicio de una causa, en este caso el nacionalismo catalán, se pierde credibilidad. Los historiadores que así proceden tendrán que pensar que los otros, los que no lo son, no tienen los prejuicios asociados a tal posición política, y no se dejarán convencer fácilmente por una historiografía militante que sigue sosteniendo ideas que hoy la historiografía general considera parciales, mal contextualizadas o simplemente erróneas. Los historiadores nacionalistas deben decidir si quieren escribir para los convencidos o por el contrario convencer a los que les lean, sean quienes sean. Y para ello deberían empezar por negarse a colaborar en congresos pretendidamente profesionales como el próximo titulado España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014), en el cual, según el folleto convocante, se “analizarán las condiciones de opresión nacional que ha padecido el pueblo catalán a lo largo de estos siglos, las cuales han impedido el pleno desarrollo político, social, cultural y económico”.
Un congreso compuesto solo por historiadores catalanes, cuyos resultados están predeterminados siguiendo la peor práctica profesional posible, y que pone la investigación histórica al servicio de la actual estrategia política de CiU y el sector nacionalista del PSC. Desde esas premisas no se pueden analizar los hechos tal como fueron, como pedía Leopold von Ranke; ni siquiera se pretende tal cosa. Tortella en general tiene razón y su opinión es compartida por muchos otros historiadores que ven que en la historia de Cataluña, al menos en estos casos, sobra vaciado metodológico y pasión por la causa.
Guillermo Pérez Sarrión es catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Zaragoza y autor de La península comercial (Marcial Pons, Madrid 2012). Es además premio Jaume Vicens Vives de la Asociación Española de Historia Económica, 2013.

 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Censura en la microCataluña--Anna Grau

Me siento a escribir esto cuando ya llevo una semana en Madrid después de seis años en Nueva York. Aclaro: no estoy de vacaciones. He venido para quedarme. He vuelto.
¿A Barcelona o a Madrid?, me preguntaba la gente a medida que se iba sabiendo que liaba el petate neoyorquino. Ser catalana es una especie de profesión a tiempo completo, ya habrán notado ustedes algo. Una profesión tan exigente y tan dura como ser estrella de rock o ser Papa. Menos mal que últimamente yo me he puesto de autónoma y voy bastante por libre.
Para que se hagan una idea de por lo libre que voy, acabo de romper relaciones con un periódico catalán llamado Ara (ahora), cuya contraportada de los martes llevaba servidora escribiendo desde su fundación, hace ya más de siete meses. Voluntariamente he renunciado a proseguir mi colaboración después de varios conatos de presión, represión y bullying que el pasado 28 de junio culminaron con la censura de un artículo entero. Tras lo cual, del mejor de los rollos y con todo el dolor de mi corazón, les tuve que pedir que por favor se metieran la contraportada por la oreja.
A quien le interesen los detalles sórdidos de la historia puede serle útil este link. A quien, siendo igual de cotilla, leer en catalán se le haga arduo o, contra todo pronóstico, le aburra, con placer le resumo, por supuesto según mi leal saber y entender, lo esencial del tema: periodista y escritora catalana y española, cada vez más orgullosa de ser ambas cosas, cada vez más irremediablemente crítica con el independentismo catalán, llega a la conclusión de que está siendo objeto de una caza de brujas en la prensa catalana. Y lo deja.
Buceando en el link que antes pasé se llega a leer mi artículo censurado, que, contra lo que podría pensarse, no es de catalanes. Es de negros racistas en un autobús de Nueva York, una ciudad de Estados Unidos donde se ve la mayor mezcla racial del país y una de las más apasionantes del mundo, pero por eso mismo, me temo, también se ven tremendas simas de intolerancia. De todos contra todos. La experiencia demuestra que la mayoría de la gente se mezcla por obligación, porque a la fuerza ahorcan, más que por un verdadero afán de ampliar horizontes y costumbres.
Mi artículo fue censurado con el argumento de que el cuadro de racismo inverso que yo describía “no sería entendido por el lector catalán medio”. (¿O temían que lo entendiera demasiado bien?) Me pidieron que lo cambiara. Me negué. Sobre esto me gustaría precisar una cosa. Me gustaría decir que la censura en prensa está mucho más extendida de lo que parece. Se practica en casi todas partes casi todos los días. Quien tenga años de profesión a sus espaldas y diga que no le han censurado nunca, miente.
Entre otras cosas porque la censura, como antes Hacienda, somos todos. Se tiende a pensar en una omnipotente tijera mítica como la que por ejemplo operaba en la época de Franco. Eso puede darse hoy en día, pero es la excepción. Sucede mucho más a menudo que en el momento en que se escribe un artículo, en que este sale de las tripas de su autor y empieza a dar sus primeros y –a veces- tambaleantes pasos en las mesas de correctores, editores, directores y demás, se activa un campo magnético lleno de…pues eso, de magnetismo. De fuerzas que vienen y van, arrastrando la verdad en múltiples direcciones.
Todo el mundo tiende a creer que tiene razón y que quien discrepa de él se equivoca, a veces imperdonablemente. Todo dios (bueno, unos más que otros) se lanza al cuello del dios rival con enfebrecido ánimo redentor. Si se pudiera tachar, desleer y desescribir todo aquello que nos disgusta, asusta y ofende… Pasa en las mejores familias y pasa en todos los niveles del proceso informativo. Censura es cuando el jefe de prensa de un partido político llama a un periodista o a su jefe para obtener el titular más favorable o para frenar aquel que le puede hacer más daño a su señorito. Censura es por supuesto la gran empresa que amenaza con retirar su publicidad si se cuestionan sus prácticas comerciales. Pero censura es también el padre de una joven drogadicta asesinada en Estados Unidos que protestó ante el reportero que había publicado que el asesino le pateó la cara a su hija mientras la estrangulaba y se burló de ella por hacer “el mismo ruido que hacen las cucarachas al morir”. Ese padre seguramente tenía su razón al protestar. Pero lo que estaba pidiendo era pura y dura censura.
Portada de la edición de hoy jueves del periódico catalán 'Ara'.
Por eso mismo, porque a veces hay buenas razones para censurar, todos hemos dudado alguna vez. A todos nos han convencido alguna vez de que nos habíamos “pasado” en algo. Que íbamos a pisar más callos de lo justificable para informar, opinar o incluso zaherir. El censor más inteligente es el que te hace dudar de la pertinencia de lo que has escrito. Yo me he encontrado un par de censores inteligentes en mi vida, y no descarto que por lo menos uno me hiciera un favor.
Pero para censurar bien hace falta mucha inteligencia, insisto, y una noción muy clara de los objetivos y de los límites, porque la censura es un instrumento extremo. Es la quimioterapia del periodismo. Mata todo a su paso. Sólo está justificada en caso de fuerza muy pero que muy mayor.  De cáncer para arriba.
¿Tan canceroso era mi artículo sobre el racismo inverso en un autobús de Nueva York? Si en algún momento –muy breve- llegué a tener dudas, se me han quitado todas gracias a la cálida cascada de muestras de apoyo y de elogio que recibo desde que el texto saltó a las redes sociales. De la Cataluña macro y generosa, no de la micro y mezquina. A día de hoy tengo la sensación, debo decir que muy agradable, de que todo lector con capacidad de articular un comentario de acuerdo con las leyes más elementales de la lógica y la gramática me ha entendido. No quisiera faltar demasiado al respeto a los que no. Pero no me resisto a hacer constar que algunos de los argumentos que he leído por ahí a favor de censurarme es que escribo en la prensa española o que mi marido es madrileño.
Y es que ese es el tema, precisamente. Que conste que yo no le hago ascos a las críticas. Nunca he pretendido ser incriticable. Pero, ¿en qué momento lo criticable deviene impublicable, quién lo decide y por qué? Yo me negué en redondo a modificar el artículo, y me niego a seguir escribiendo –aunque me lo han pedido- en el medio que lo censuró, porque percibí con toda claridad que algunos elementos de ese medio pugnaban por eliminar no tanto una opinión concreta como la voz que la emitía. Era mi entera figura, la de una  catalana de pura cepa, y a la vez española sin complejos, lo que sacaba de quicio a algunos. Lo que había que silenciar con cualquier excusa.
Debo decir que el independentismo catalán a mí no me quita ni una hora de sueño como española. ¿Para qué, si sé que con toda seguridad nunca han dado ni darán pie con bola? No hay mucho peligro de que Cataluña se independice de nada ni de nadie, visto el nivel de los gurus independentistas. Menuda tropa. La amenaza no es para España. Es para los catalanes. Es la propia sociedad catalana la que empieza a frustrarse, a agrietarse y a fracturarse de manera quizás trágica. Ya tenemos comité de actividades anticatalanas y todo.  ¿No era Cataluña lo bastante pequeña como para tener que achicarla aún más?
El verdadero peligro de estas cosas es que consigan hacerte dudar de que tu tierra es tu tierra. De si todavía soy o merezco ser catalana. Privarme del derecho a la armonía en libertad. Robarme la lengua de mi infancia y de mi madre, la luz del atardecer en Besalú mientras mis pasos se guardan en la piedra ancestral como en un sueño, el querido latigazo canalla de irme de copas por el Raval de Barcelona, etcétera, a no ser que acates cierta ley del silencio.  Que aceptes taparte la boca y la nariz y ahogarte en una espesa sopa de “cosas que no se pueden decir si no quieres que te llamen facha”.
Pues ni soy facha, ni me callo. Desde Madrid, ciudad que amo a rabiar, visca Catalunya…libre, es decir, completa. Conmigo dentro, o viviendo fuera pero cantando las verdades. Y a quien no le guste, ajo y agua.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Francesc de carreras

https://www.youtube.com/watch?v=JfgLha94arE&feature=youtube_gdata_player

Las raíces

Resulta cuando menos paradógico y triste que se haya alimentado en Cataluña a recuperar las "supuestas" raíces del 1714 y por otro lado se olvide tan facilmente las raíces de más de la mitad de la población actual. No suele ser un motivo de orgullo el hecho que para muchos jóvenes sus padres y abuelos sean de origen o de procedencia de otras provincias de España. Sin ir más lejos mi sobrina de 12 años, ferviente independentista, prefiere ignorar o mirar hacia otro lado cuando le recuerdo que sus abuelos son andaluces los de un lado y aragoneses los de otro. Decirle que sus abuelos son "españoles" le crea como mínimo un desasosiego. ¿Seré yo también española?. Sin lugar a dudas la mala reputación que la palabra "español" ha generado entre los nacionalistas o independentistas ha llevado a que una parte de varias generaciones renieguen o renuncien a recuperar sus orígenes.

Los apellidos de buena parte de estas nuevas generaciones de catalanes pueden dar una pista de cuales han sido sus orígenes, llegando al extremo que algunos de ellos se "catalanizan" el apellido con el argumento que en la dictadura franquista se lo habían "españolizado" a sus antepasados. Aunque en las partidas de nacimiento de sus abuelos figure exactamente como lo tienen ellos, o sea anterior a la dictadura franquista. Así que por ejemplo Reñé pasa a ser Renye, no sería extraño comenzar a ver Garsia/Garçia por García o Munyoz por Muñoz. Y para catalanizar todavía más intercalar una "i" entre los dos apellidos.

Jamás me había preocupado mi origen ni había hecho nada por defenderlo. Daba por hecho que no hacía falta, que nuestras instituciones velaban por ello. Pero ahora veo que no, que la Generalitat lleva años trabajando para, poco a poco, difuminar mi historia. Ellos en cambio jamás han perdido oportunidad de defender su historia, por otro lado algo razonable teniendo en cuenta que un dictador puso bastante empeño en ello.  Necesitaban reafirmarse y es por ello que siempre me había parecido bien todas esas muestras nacionalistas catalanas.

Ahora bien, creo que toda esa desgraciada historia no da derecho a que se quiera infravalorar o menospreciar la historia o los orígenes de más de la mitad de su población.  ¿La integración de la que tanto se enorgullecían consistía sólo en una dirección?.  Aceptar el idioma , la cultura catalana, etc por todos los "nou vinguts" tendría que ir en dos direcciones. Creo que también deben de defender la cultura y orígenes propias, así como sus derechos. Hacer sentir orgullosos a todas las generaciones de sus orígenes, sus culturas sus tradiciones. Defencer con el mismo ahínco la cultura catalana como la del resto de los españoles.

Seria lo justo.




lunes, 4 de noviembre de 2013

Cataluña no va bien… y peor le iría con la independencia

Cataluña no va bien. Eso es lo que se desprende de un completo informe que lleva el explícito título de El declive económico de Cataluña y que ha realizado la entidad Convivencia Cívica Catalana (CCC). Francisco Caja, presidente de esta entidad, conocida por haber ganado todos los pleitos judiciales a la Generalitat contra la inmersión lingüística, señala que el informe está elaborado “a partir de datos oficiales". Las fuentes son el Instituto Nacional de Estadística (INE), el Registro Mercantil Central, los ministerios de Empleo, de Economía y de Fomento, el Banco de España y la Oficina Estadística Europea.
Lo que pretende es dar a conocer a los españoles que no son entendidos en economía “el terrible declive económico que padecemos, tanto en términos absolutos como relativos. Cataluña, aunque se queja mucho de expolio económico, aporta menos al Estado que otras comunidades como Madrid, cuyo déficit fiscal es superior al catalán”.
El estudio abarca las cifras macroeconómicas desde el año 2005 (cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía) hasta la actualidad. “La tensión política, la inestabilidad y las incertidumbres no suelen ser buenas para la economía. Y la economía catalana no es una excepción”, advierte el informe. Así, examina con lupa los datos de diez variables económicas: empleo, PIB, consumo, vivienda, comercio exterior, inversiones extranjeras, deuda pública, creación de empresas, precios y nivel de vida. A partir del cruce de datos sobre estos sectores, el estudio concluye que ha habido una pérdida de posiciones de Cataluña respecto al resto de España. En concreto, desde el 2005 la renta per cápita de los catalanes respecto al resto de los españoles cayó en 3,6 puntos porcentuales. En este periodo, también se perdió el 24% de todos los puestos de trabajo de España, cuando sólo representa al 16% de la población.
En el ámbito puramente económico, las cifras son desastrosas. La evolución del Producto Interior Bruto (PIB) constata la ralentización de la economía catalana. De 2005 a 2013, la evolución del PIB español fue del 15,69%, mientras que el de Cataluña sólo creció un 12,27%. Es decir: pasó de 23.277 euros a 26.134 euros. O, lo que es lo mismo, pasó de un índice del 120,8 a 117,2 sobre la media nacional, lo que significa una caída de 3,6 puntos.
En el periodo de 2005 a 2012, el 23% de las empresas que han quebrado en España eran catalanas, un porcentaje netamente superior al de las otras autonomías. Y por primera vez en muchos años, Cataluña dejó de ser la comunidad más emprendedora y fue superada ya por Madrid en creación de empresas: en el 2012, sólo el 18,6% de las empresas creadas en España estaban en Cataluña mientras que Madrid acaparaba ya el 21%.
Caída del consumo
El informe constata también que en el 2005 el gasto en consumo de los ciudadanos catalanes era inferior al de los madrileños, situándose en sólo 175 euros. Con un consumo debilitado en los últimos años, en el 2012 “un ciudadano catalán consumió por término medio 1.670 euros menos que un ciudadano madrileño”. En otras palabras: el gasto medio de consumo por persona en Cataluña es, actualmente, de 11.870,56 euros, mientras que el de Madrid es de 13.541,39 y la media nacional se sitúa en 10.998,74 euros. En el año 2006, el gasto medio de consumo catalán era de 12.466,43 euros, el de los madrileños era de 12.642,14 y el medio de los españoles era de 11.054,52 euros. El índice de consumo entre Madrid y Cataluña también es muy significativo: Cataluña pasó de un índice de consumo del 112,8% en el 2006 al 107,9% en el 2012, mientras que Madrid subió del 114,4% en el 2006 al 123,1% en el 2012. Total, que el indicador del consumo entre madrileños y catalanes aumentó en estos años de 1,6 a 15,2 puntos. “La importante caída del consumo en Cataluña puede considerarse una reacción de los consumidores catalanes frente a las expectativas de recesión y a la fuerte pérdida de empleo”, dice el informe.
Mariano Rajoy y Artur mas (Efe)El mercado de la vivienda también cayó más que en el resto de España: mientras que a comienzos del periodo analizado las licencias de obra nueva en Cataluña eran del 16,4% del total nacional, en la actualidad sólo representan el 12,9%. Asimismo, destaca el texto que esta comunidad es donde más se ha encarecido el coste de la vida, ya que los precios han subido “un 25,79%, sensiblemente superior al 23,08% del conjunto de España”. El aumento del IPC es achacado, en parte, a la “menor competencia permitida por el Gobierno catalán en algunos sectores, la imposición de marcos regulatorios rígidos y determinadas políticas intervencionistas que no facilitan la libre competencia de los actores del mercado”.
En comercio exterior, del que el propio presidente catalán, Artur Mas, dice que es la gallina de los huevos de oro, los datos son también pesimistas: “Cataluña pierde dinamismo exportador respecto al resto de España y, por primera vez desde que se recopilan datos históricos, las exportaciones catalanas han caído por debajo del 25% del total español, situándose en el 24,9%”. Al principio del periodo reseñado, las exportaciones catalanas suponían el 27,33% del total español. Y, además de subrayar el elevado déficit comercial que ha padecido históricamente esta comunidad, detalla que su situación ha empeorado en términos relativos sobre el conjunto de España de tal manera que si en el 2005 el déficit comercial catalán se situaba en el 32,2% (el español era entonces del 27,3%), en el 2012, llega ya al 62,7%, cuando el español ha bajado al 24,9%.
La comunidad más endeudada
Y en materia de deuda pública, otro tanto: “Cataluña es la comunidad más endeudada de España y esta situación se ha agravado en el periodo soberanista. En 2005, la deuda autonómica catalana representaba el 23,6% del total de todas las comunidades autónomas, incrementándose en este periodo hasta el 27,4% del total español a finales de 2012”. Pero hay otro dato a tener en cuenta: “En Cataluña se concentra, en la actualidad, casi la mitad (el 40,7%) de la deuda de todas las empresas autonómicas existentes en España”.
Consejero de Economía, Andreu Mas-ColellEl estudio analiza las cuatro autonomías más endeudadas de España (Cataluña, Madrid, Comunidad Valenciana y Andalucía) y constata que si en el 2005 la deuda de Cataluña era de 12.258 millones, a inicios del 2013 se situaba ya en 50.489 millones. El incremento, pues, es tal que la Generalitat “acumula más deuda autonómica que la suma conjunta de las cifras de endeudamiento de la Comunidad Valenciana y Andalucía, las siguientes dos autonomías más endeudadas”. Y no sólo eso, sino que en los últimos años fue la única comunidad que aumentó su deuda en proporción con España, mientras que el resto de autonomías la redujeron.
El índice de pobreza, según Eurostat, se incrementó en esta comunidad en un 40,4%, más del doble que el incremento constatado en el conjunto de España, que fue del 15,4%.
En el ámbito de la inversión extranjera, de la que el presidente catalán se siente también especialmente orgulloso, los números son, asimismo muy significativos: “Si consideramos las cifras promedio en el periodo analizado, la inversión extranjera recibida en Cataluña ha representado de 2005 a 2012 el 15,14% del total nacional, ratio inferior a su PIB”. En el mismo periodo, la comunidad de Madrid recibió el 63,74% del total nacional, “porcentaje cuatro veces superior al de Cataluña”.
En este sentido, el informe desmiente al consejero de Empresa y Ocupación, Felip Puig, que el pasado mes de agosto afirmó que la inversión de fuera triplicaba a la de Madrid. El estudio señala que las cifras facilitadas por Puig eran parciales “es decir, no incluían todos los tipos de inversión, sino sólo algunos y se fundamentaban en buena medida en anuncios, por ejemplo, de las empresas a los medios de comunicación, no en datos reales”. Para rebatir al consejero, incluye un gráfico con los datos aportados por él y por Invex: según Puig, en el primer semestre del 2013, las inversiones extranjeras en Cataluña fueron de 1.438,4 millones de euros y las realizadas en Madrid, sólo de 522,5 millones. Según Invex, por el contrario, a Cataluña fueron a parar 1.656,5 millones y a Madrid, 3.539,2 millones.
El estudio concluye con que “Quebec es, desde hace años, uno de los ejemplos más nombrados por el nacionalismo catalán. Sin embargo, se olvida que según diversos estudios la economía quebequesa está sufriendo un paulatino deterioro desde que el movimiento soberanista se hizo fuerte y amenazó con la ruptura y al secesión”. Destaca, asimismo, que desde la aprobación del Estatuto en el 2005, “la vida política catalana ha venido marcada por dosis crecientes de incertidumbres y tensión que han afectado negativamente a la economía de Cataluña”.
El handicap de la independencia
Pero, ¿qué pasaría si Cataluña se independizara? Para Francisco Caja, “empeoraría la situación, sin duda.  El impacto total sería una caída de hasta el 25% del PIB. Hemos de tener en cuenta una cosa: más de la mitad del comercio catalán es con el resto de España. Y no hay ninguna nación que venda más del 33% al exterior. Por tanto, si ponemos fronteras, el efecto sería devastador”.
Acto en favor de la independencia de CataluñaUn informe titulado Las cuentas claras de Cataluña y elaborado también por CCC hace unos meses detallaba que de los 15 principales mercados donde venden las empresas catalanas, 10 son comunidades autónomas españolas. “Por citar algunos ejemplos, Cataluña vende más a Murcia que a Estados Unidos, de la misma manera que vende más a Aragón que a Alemania”. Además, según el informe, “levantar una frontera política y, por tanto, una barrera comercial y económica, entre las empresas catalanas y su primer mercado haría perder al empresariado catalán 1 de cada 2 euros que ingresan actualmente del resto de España”. Detalla el informe que tras la ruptura, Cataluña pasaría de vender más de 66.000 millones a España a vender menos de 29.000 millones. Y el comercio con la UE pasaría de 42.800 millones a poco más de 37.000 millones. Además, habría de tener en cuenta que la probable salida de la UE provocaría una importante deslocalización de empresas “que pondría en peligro uno de cada seis empleos existentes”.
Los números son muy simples: la disminución del saldo externo como consecuencia de la caída de ventas a España y a la UE sería de más de 12.000 millones anuales; la deslocalización de empresas provocaría otro agujero de 13.600 millones; el impacto sobre el consumo y la inversión, afectaría en casi 16.500 millones. En total, pues, el impacto de la independencia sobre el PIB sería de más de 42.200 millones de euros, o sea, una quinta parte de la riqueza que genera Cataluña. “En términos per cápita, la renta media anual caería aproximadamente 5.600 euros por catalán, de tal manera que la renta per cápita catalana caería por debajo de la del resto de España”.
Por si fuera poco, el estudio señala que, contrariamente a lo que pregonan los nacionalistas, “el saldo fiscal catalán es positivo desde 2009 en una cifra para ese ejercicio de 4.015 millones de euros, es decir, un 2,1% del PIB catalán, tal y como ha reconocido un órgano consultivo del propio Gobierno catalán”. Los 16.000 millones que alega de déficit fiscal el sector independentista e incluso el propio Gobierno catalán es una cifra irreal. “En realidad, son cifras ‘neutralizadas’, es decir, cifras que no son los saldos fiscales reales, sino que agregan a los impuestos reales pagados por los ciudadanos catalanes, impuestos ficticios que ningún catalán ha pagado”, dice el texto. Pero destaca que aún en el caso de que ello fuera cierto, representaría el 8% del PIB, un porcentaje todavía muy inferior al más de 20% de caída del PIB que comportaría la secesión.

Votad, votad, malditos

Quienes creían disponer de una consigna poco menos que invencible, la del derecho a decidir, parecen haberse encontrado con la horma de su zapato. En los últimos tiempos ideas-fuerza como la de la tercera vía o la llamada a la moderación por parte del diario La Vanguardia han irrumpido en el debate político. Lo característico de todas ellas —lo que define su eficacia— es que de salida la propuesta que aparentan defender resulta casi universalmente aceptable, de manera que colocan en un lugar incómodo —atribuyéndole la totalidad de la carga de la prueba— al adversario que pretenda criticarlas. De paso, deslizan la sospecha de que éste se alinea en contra de algo que casi nadie sensato osaría impugnar.
A nuestros decisionistas su propia medicina les ha sabido a rayos. Han percibido, en concreto, que el lenguaje de la moderación les enviaba, sin mencionarlo explícitamente, hacia uno de los extremos y se han apresurado a hacer profesión de fe moderada. No deberían quejarse tanto: también su insistencia en la necesidad, por principio democrático, de la consulta deslizaba la idea de que quienes se oponían a ella eran dudosamente demócratas, y bien que han explotado la asociación (utilizando como refuerzo sistemático expresiones como unionistas, españolistas y otras que desprendían un inequívoco tufillo franquista).
Lo que diferencia realmente el soberanismo de las terceras vías no es la democracia sino la forma de entenderla
Pero está claro que enredarse en una discusión de este tipo cumple la función de mantener fuera del foco de la atención colectiva lo que debería importar, que es la política (esa política que antes algunos defendían casi como si de la piedra filosofal se tratara y que ahora, cuando de verdad tocaría recurrir a ella, la sustituyen por el análisis más coyuntural). Si planteamos la cosa en ese terreno, lo que salta a la vista son dos cosas. La primera, que determinadas propuestas alternativas al independentismo (llámesele moderación, tercera vía o como se prefiera: no me alineo entre los fetichistas de las palabras) lo que persiguen es dotar de contenido a la política, de manera que se le pueda ofrecer a la ciudadanía una propuesta satisfactoria, concreta y viable. La segunda que, en cuanto ello ocurre, surgen de inmediato voces oficialistas que, sin el menor análisis de fondo, apuestan por el problema y no por la solución, alineándose en alguna variante del tenim pressa.
Repárese en que esto último, lejos de constituir una respuesta articulada y definida a aquellas propuestas, lleva tiempo siendo un automatismo acrítico, un dispositivo de argumentario que soslaya de manera invariable el debate de ideas. Me permitirán un pequeño recordatorio. Hasta hace muy poco, el mensaje que el oficialismo se dedicaba a lanzar desde todas las plataformas que controla era el de que el conflicto en el que estamos inmersos debía ser interpretado como el choque entre dos realidades monolíticas, unánimes y uniformes. Su razonamiento era tan simple como rotundo: dentro de Cataluña no había nada que discutir puesto que la inmensa mayoría del pueblo catalán estaba de acuerdo en las propuestas soberanistas. Fuera, no había con quién discutir, ya que todo lo que cabía encontrar más allá del Ebro eran partidarios de la España “una, grande y libre”.
Hasta hace poco, el mensaje del oficialismo era que el conflicto debía ser interpretado como el choque entre dos realidades monolíticas, unánimes y uniformes
En este momento, en que se hace incontrovertible la evidencia de que tanto Cataluña como España son plurales y que en ningún caso la disyuntiva entre blanco y negro da cuenta de dicha pluralidad, ¿cuál es la respuesta del oficialismo catalán? Un confuso juicio de intenciones que atribuye a cualquier propuesta diferente de la suya, por más que marque distancias con lo que representa el PP, la secreta voluntad de defender el statu quo (como si los soberanistas fueran guerrilleros de Sendero Luminoso, o cosa parecida), o de querer silenciar a la ciudadanía. Cuando lo que diferencia realmente las posiciones no es la democracia, sino el modo en el que se la entiende. Así, lo específico de la propuesta que están presentando muchos federalistas, tanto en Cataluña como en el resto de España, es que, lejos de rehuir el momento de la decisión, lo colocan en un punto muy preciso: no al principio, sino al final de un proceso de profunda reforma constitucional, precisamente porque trabajan para que dicha decisión tenga el máximo contenido político. De forma que se le pueda ofrecer a la ciudadanía una posibilidad real de optar entre alternativas cuyo contenido en ningún momento se le estaría ocultando.
Qué diferencia con un soberanismo que identifica la democracia con vacío decisionismo y que, tal vez precisamente por ello, aún no nos ha dicho qué piensa preguntar y, sobre todo, para qué reclama una respuesta afirmativa. ¿Quizá por temor a que no resultara muy atractivo para muchos catalanes esa fantasía que acaricia un sector del bloque soberanista de convertir a una Cataluña fuera de Europa en la Singapur del Mediterráneo? Por lo que respecta, en fin, a la moderación, no seré yo el que me deslice hacia un juicio de intenciones de signo contrario al suyo, pero por lo menos me reconocerán que no parece precisamente un prodigio de moderación un proyecto independentista que tiene como uno de sus ejes fundamentales convertir en extranjeros (Stéphan Dion dixit) a la mitad de los ciudadanos de este país. Sigamos hablando pero, por favor, no empujen.
Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la UB.

Por una Cataluña solidaria

Hay otras voces y otras alternativas a lo que, bajo el eufemismo llamado “derecho a decidir”, es simplemente la ruptura con España. Estamos ante un grave retroceso histórico que perjudica a las clases populares

 

 

Como recordara El Roto, “el sueño de la nación produce —cuando menos— exilios”. Ante las últimas resoluciones del Parlamento de Cataluña, de 27 de septiembre, se hacen indispensables ciertas reflexiones que pretenden hacer visible que, hoy en Cataluña, hay otras voces y otras alternativas a lo que, bajo la cobertura del eufemismo llamado “derecho a decidir”, es pura y simplemente la ruptura con los españoles que conviven y, posiblemente, sufren más que la mayoría de los ciudadanos de Cataluña.
Pero, resulta necesario llamar la atención sobre la Declaración de Soberanía del 23 de enero de este año, que constituye su precedente.
Primero, basta ya de manipulaciones históricas. Ya sabemos lo que significó para Barcelona y Cataluña el 11 de septiembre de 1714, ¡hace más de tres siglos!, pero que no nos oculten la verdad. Manuel Vázquez Montalbán se refirió a ese acontecimiento así: “La feroz resistencia de sus clases populares encabezada por Rafael Casanova y el general Villarroel, mártires víctimas de una causa nacional perdida”. ¿Quién se acuerda de Villarroel? Y, en esa terrible fecha, los Comuneros de Barcelona, representantes del pueblo, lo animaban a soportar las consecuencias de la derrota, advirtiéndoles él que quedarían “esclavos con todos los demás españoles engañados”. ¿Dónde estaba la ruptura con España?
En dicha Declaración se atribuía exclusivamente al Estado español “la involución del autogobierno” de Cataluña. Una mentira más de los gobernantes de CiU, asumida por ERC e ICV. Por ejemplo, el proceso de destrucción del sistema sanitario público catalán, ¿es responsabilidad exclusiva del Gobierno de Rajoy? Evidentemente, no. Cuando el presidente Mas denuncia los “agravios” del Estado español, se olvida de que son peores los agravios que él y sus gobernantes han infligido a su pueblo, al que ahora trata de embaucar con delirios remotos. Su grupo parlamentario en el Congreso de Diputados apoyó las medidas más duras del PP, como el RDL 20/2011, que incluía enormes restricciones en el sector público —incluidas la educación y la sanidad— y congelación de salarios, así como cuantas medidas se adoptaron para la reestructuración bancaria y saneamiento del sector financiero en beneficio de los más poderosos. Pero, eso sí, como denunció el diputado Joan Coscubiela, el presidente Mas mantenía “un doble lenguaje” mientras “defendía los intereses de sectores económicos y lobbys catalanes y españoles”.
Mas denuncia “agravios” del Estado español, pero son peores los que él ha infligido a su pueblo
Pero aún es más reprochable en esa Declaración que no cite en ningún momento a los ciudadanos y pueblos de España, como si las mujeres, hombres y niños/as de España pudieran ser confundidos con las instituciones y normas jurídicas que los regulan. Para los firmantes de esa Declaración, España solo son el Estado español, la Constitución de 1978 y la II República. Es muy grave. Como es, igualmente irritante e injusto, que si bien el apartado 5 de la Declaración se refiere a “Europa” —luego a la Unión Europea—, se omita toda referencia a España, a la que Cataluña ha estado vinculada hace centenares de años, y, en su lugar, se haga referencia al “Estado español” como sujeto de negociaciones, al mismo nivel que las instituciones europeas o la comunidad internacional, cuando la continuidad o no de los lazos de Cataluña con España es, en definitiva, el núcleo del debate y el objetivo fundamental de la supuesta consulta. Al menos, así lo entendemos los denominados en el Estatuto “ciutadans espanyols” y, sobre todo, los ciudadanos de esa España que, indignamente, se oculta. Y, por último, en el apartado Legitimidad democrática, se dice que en el proceso que plantea se garantizará “la pluralidad de opciones y el respeto a todas ellas”, afirmación completamente falsa, que descalifica al propio proceso.
Frente a las pretensiones expuestas en dicha Declaración, hay que hacer constar que el Gobierno de CiU está incumpliendo de forma flagrante el Estatuto vigente, que “quiere proseguir… la construcción de una sociedad democrática y avanzada… solidaria con el conjunto de España…” y que quiere “desarrollar su personalidad política en el marco de un Estado que reconoce y respeta la diversidad de identidades de los pueblos de España”. Se niega a admitir que igual que había varias “Barcelonas”, también hay varias “Cataluñas” que desean convivir en paz y armonía con todos los pueblos de España.
Naturalmente que Cataluña es una indudable “realidad nacional”, pero también es cierto que esa realidad se ha fraguado, fundamentalmente en el siglo XX, por el apoyo que ha recibido constantemente de todos los pueblos de España. Cataluña es lo que es porque, tras las oleadas migratorias de dentro y fuera de España, se ha construido una “sociedad integradora” donde pueden convivir “identidades diversas”. Esta es la gran riqueza de Cataluña, como pueblo y como cultura.
Es la suma de los sufrimientos y aspiraciones de catalanes de origen y de inmigrantes, nacionales y extranjeros, que abandonaron sus tierras a causa de las políticas capitalistas que gobernaron coordinadamente las burguesías de España y Cataluña.
Esta tierra es la suma de los sufrimientos y aspiraciones
de catalanes de origen y de inmigrantes
En las resoluciones parlamentarias citadas se plantea un marco institucional inmediato, que es claramente contradictorio con nuestra Constitución democrática. Más allá de las dificultades legales que ciertamente concurren para la celebración de consultas, competencia exclusiva del Estado y que solo pueden ser consultivas, es justo reconocer que esta competencia del Estado es delegable en una comunidad autónoma pero deberá hacerlo a través de una ley aprobada por el Congreso de Diputados. En todo caso, la pretensión de los partidos soberanistas se enfrenta a un precepto constitucional esencial, porque afecta a la igualdad de todos los ciudadanos: “Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado”.
Ciertamente, se hace referencia a “un proceso democrático” y a un “diálogo con las instituciones del Estado para acordar las condiciones legales para el ejercicio del derecho a decidir”. Luego, se reitera “el diálogo y la negociación con el Gobierno del Estado” con el objetivo de realizar una “consulta democrática” para determinar el resultado del ejercicio de aquel derecho. Para, a continuación, argumentar, con evidente error, anticipación histórica y manipulación política, que “la voluntad mayoritaria del pueblo de Cataluña” ha quedado expresada en la manifestación del pasado 11 de septiembre. El Parlamento de Cataluña llega, pues, a asociar derecho a decidir con independencia a partir de unos datos sociológicos, los que fueran, que en absoluto se corresponden a la libre y democrática expresión de la voluntad popular en las urnas. Por tanto, ya no estamos hablando de derecho a decidir sino, pura y simplemente, de una consecuencia, la secesión de España, que es radicalmente incompatible con la Constitución vigente.
De aquí se desprende que en la Resolución se plantee una situación de “transitoriedad jurídica” y de “estructuras de Estado” cuando, hoy por hoy y no sabemos hasta cuándo, el actual estatus institucional de Cataluña es el establecido en el Título VIII de la Constitución. Y en un Estado democrático choca que un Parlamento plantee unas propuestas con un cierto tono de provocación como cuando afirma que el deseado diálogo “no se puede eternizar”. ¿Es una velada amenaza? Y es igualmente rechazable, por la falta de respeto a otras opciones legítimas sobre las relaciones de Cataluña y España, que la pretendida “consulta” solo verse sobre “la pregunta”, dando a entender que es única y excluyente fuera de la independencia. Si fuere así, debemos rechazar y denunciar un programa tan sesgado como engañoso para los ciudadanos.
Y, para concluir, el objetivo constitucional de que la libertad y la igualdad de los ciudadanos sean “reales y efectivas” en el marco de una democracia avanzada —centro de la Constitución y del Estatuto vigente— ha quedado limitado a una genérica referencia a la “profundización del Estado del Bienestar”. Proclamación que, como ha sostenido SOS Racisme, está “en flagrante contradicción con las políticas económicas del actual gobierno”. Realmente, estamos ante un gravísimo retroceso histórico que, como siempre, perjudicará a las clases populares.

Carlos Jiménez Villarejo es jurista y miembro de Federalistes d’Esquerres.