En este blog quiero dar mi propia visión del conflicto entre el nacionalismo catalán y el nacionalismo español. Parece que ahora tienes que estar en un bando o en otro y personalmente prefiero estar en el que estoy ahora pero mejorando todo aquello que no funciona, tanto de un bando como del otro. Basta de manipulaciones nacionalistas de cualquier signo. ¿De verdad es imposible España tal y como la conocemos? WE NEED YOUR HELP-NECESITAMOS TU AYUDA-NECESSITEM EL TEU AJUT
lunes, 28 de octubre de 2013
OTRO PUNTO DE VISTA
http://www.lavozlibre.com/noticias/blog_opiniones/14/829099/cataluna-iberica-confusion-ad-nauseam-%28parte-ii%29/1
jueves, 24 de octubre de 2013
El milagro del sol
Los mismos nacionalistas que hace cuatro años suspiraban por un concierto fiscal o una solución federal, hoy, impulsados por el viento de los ventiladores que ellos mismos han pagado y colocado en su popa, los desprecian
“El milagro del sol, anunciado por Nuestra Señora de Fátima en varias
ocasiones, fue un acontecimiento extraordinario que tuvo lugar el 13 de
octubre de 1917 en la campiña de Cova da Iria, cerca de Fátima,
Portugal, atestiguado por entre 30.000 y 45.000 testigos, según Avelino
Almeida, que escribía para el periódico portugués O’Século, y un máximo
de 100.000, estimados por el doctor Joseph Garrett, profesor de la
Universidad de Ciencias Naturales de Coimbra, ambos presentes ese día.
Según varias declaraciones de testigos, después de una llovizna se
despejó el cielo y el sol lució como un disco opaco que giraba en el
cielo, oscilando en dirección a la Tierra trazando un patrón de zig-zag
(…) Atemorizadas, algunas personas que observaban esto creyeron llegado
el fin del mundo. Los testigos aseguraron también que el suelo y sus
ropas, que habían estado mojados por la lluvia, se habían secado
completamente. (…) El fenómeno tampoco estuvo supeditado al tiempo y el
espacio, ya que el papa Pío XII vio el milagro del sol 37 años después,
en 1950 y desde los jardines del Vaticano, como confirmación del Cielo
en un momento decisivo en el cual él iba a proclamar un dogma ex catedra”.
Con el respeto debido a las personas que creyeron y creen aún en el carácter sobrenatural de aquel fenómeno, hay algo en todo él que recuerda a lo que está sucediendo ahora en Cataluña: millones de personas (de errática cuantificación también) parecen estarse allí viendo girar el sol, un sol catalán desde luego, que amenaza con caer sobre el resto de España, aniquilándola al tiempo que aniquilándose, por aquello que recordaba Sancho Panza: “Si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro”.
Como entonces, doctores de reputadas universidades han encontrado bases científicas para acreditar el nacionalismo y un número indeterminado de intelectuales y artistas han desenterrado también razones emocionales con las que hormigonar al pueblo, así como una legión de publicistas que difunden unas y otras, resumidas en el hoy célebre “derecho a decidir” como dogma igualmente ex catedra.
Sobre la legitimidad o ilegitimidad de este derecho ha habido en este periódico sobradas opiniones de personas mucho más cualificadas que uno, de modo que podemos dejarlo de momento a un lado, no sin declarar de paso el pálpito de todos aquellos corazones que sin ser catalanes aseguran tener también el mismo derecho a decidir en ese asunto.
Otra de las similitudes de lo que está ocurriendo con aquel “milagro del sol” la tenemos en lo que se conoce como la espiral de los acontecimientos: estos no solo avanzan girando sobre sí mismos, sino que se aceleran a medida que se aproximan al centro u ombligo, arrastrando a él y devorando todo cuanto alcanzan a su paso, instituciones, protocolos, constituciones, tratados, ideas, personas, dando lugar a nuevos acontecimientos. Acaso por eso se ha dicho con razón que las aspiraciones que parecían inalcanzables y utópicas hace solo cuatro años se han devaluado a mayor velocidad que el marco alemán de entreguerras, y así los mismos nacionalistas que hace cuatro años suspiraban por las cebollas de Egipto de un concierto fiscal o una solución federal para sus aspiraciones de autogobierno, hoy, impulsados por el viento de los ventiladores que ellos mismos han pagado y colocado en su popa, los reputan de despreciables cantos de sirena y los desdeñan.
Así es como se ha llegado, formando parte de la misma sugestión, a creer que el “derecho a decidir” es ya una independencia in pectore,
dando por hecho y fuera del orden natural de las cosas que no será
aceptado ningún otro resultado que el de la independencia, toda vez que
ese derecho solo podrán ejercerlo los catalanes, a ser posible
independentistas (el recuerdo de los referéndums secesionistas
canadienses perdidos o la suspensión de la autonomía del Ulster planea
sin embargo sobre la realidad como la corneja que ensombreció al Cid con
sus malos agüeros).
Que esa ficción es legítima, en tanto que ficción, no le cabe la menor duda a nadie. Pero resulta extraño, al menos para uno, la poca previsión o el fingir que más allá del derecho a decidir, el pueblo catalán (no vamos a entrar ahora en el peliagudo asunto ese de definir quién o qué es pueblo y quién o qué es catalán) hallará tras el proceso independentista un amanecer radiante (casi falangista, estamos tentados de decir), un sol que habrá dejado de girar iluminando al pueblo elegido como jamás lo había hecho antes en parte alguna.
Sea, concedamos: Cataluña ha decidido ya, como no podía ser de otro modo, su independencia. Lo ha logrado prodigiosamente al margen de la legalidad constitucional y los tratados de la Unión, que se rendirán como ante milagro, rodilla en tierra. Concedamos también que el resto de los españoles, muchos de los cuales se sentirán expoliados, lo aceptan impávidos y sin resentimiento (y en el mejor de los escenarios posibles: nada de boicoteo a los productos catalanes, el Barça jugando la Liga española y puestos fronterizos, los imprescindibles).
Claro que habrá algunos pequeños inconvenientes. ¿En qué gran proceso no los ha habido? El primero, el de la nacionalidad. Algunos nacionalistas hablan ya de conceder doble nacionalidad a quienes no quieran perder la española, pero no se ha dicho nada de aquellos que se resistan a tener la catalana (habrá que persuadirlos) ni de aquellos otros que, viviendo fuera de Cataluña, quieran ser catalanes (con derecho a voto). La moneda: se le dará un nombre apropiado y significativo y será una moneda fuerte, pese a las reticencias de algunos mercados (habrá que persuadirlos). La lengua, asunto para entonces casi irrelevante: el catalán será la oficial, y el castellano, en la intimidad. Lo del Ejército parece solventado: como Suiza, algo simbólico, tal vez unas docenas de guardias para el Vaticano (después de la canonización de los 500 mártires de la Cruzada, “en su mayor parte catalanes”, como recordó una de las autoridades catalanas asistentes al acto, las relaciones con el Vaticano son inmejorables). La salida de la Guardia Civil, policía y diferentes funcionarios del Estado del territorio catalán creará una pequeña inflación en el funcionariado catalán, que se corregirá sin duda en poco tiempo.
Financiación de la deuda: el carácter pacífico, ejemplar y milagroso
del proceso habrá generado una gran confianza en todos los mercados, que
acudirán jubilosos en masa, paliando así el grave problema del paro del
periodo preindependentista, ocasionado por el cerrilismo del Estado
español y la obstrucción al “derecho a decidir”. Lo mismo puede decirse
de las empresas que suspirarán por radicarse en Cataluña, corrigiendo el
mal efecto de las que la abandonaron cobardemente tal y como habían
anunciado (no obstante, también persuadirlas). Aunque Dalí legara su
museo al Estado español y no a la Generalitat, los españoles entenderán
que al surrealismo de Dalí fuera de Figueras podría sucederle lo que al
vino Albariño más allá del puerto de Manzaneda, de modo que el Estado
español se avendrá buenamente a dejarlo donde está; lo mismo que todas
sus dependencias, millones de metros cuadrados en zonas privilegiadas de
sus ciudades, como delegaciones gubernamentales y cuarteles, que a
falta de Ejército, se destinarán a Centros Nacionales de Persuasión.
Y por supuesto, en ese horizonte las nuevas autoridades catalanas no contemplan ninguna hostilidad comercial, financiera, industrial de su vecina España, que, persuadida del espíritu solidario de los independentistas, se abstendrá de competir con Cataluña en asuntos que han sido de su exclusividad tradicionalmente (el cava, los telares, la política portuaria del Mediterráneo, los Juegos Olímpicos, la industria editorial en español o la corchotaponera, el cava). Etcétera. Ni que decir tiene que la espiral de los hechos avanza en paralelo a la espiral de la sugestión colectiva; a más velocidad de aquellos, más se incrementa esta, sin saber, llegados a un punto, cuál de las dos espirales implementa a cuál.
Un día la visión se desvanecerá y muchos se preguntarán: ¿qué vimos? Y otros: ¿estábamos ciegos? Tal vez ese día alguien recuerde que, en efecto, antes de la independencia los catalanes pagaban más (como los madrileños, por cierto) no porque fuesen catalanes, sino porque eran más ricos; y que estos, los ricos, no se sabe cómo sugestionaron a tantas gentes haciéndoles creer durante un tiempo, hasta que llegó la independencia, que antes que pobres eran catalanes. Lo probable es que después de la independencia estos mismos vuelvan a ser lo que siempre fueron: antes que catalanes, pobres.
Con el respeto debido a las personas que creyeron y creen aún en el carácter sobrenatural de aquel fenómeno, hay algo en todo él que recuerda a lo que está sucediendo ahora en Cataluña: millones de personas (de errática cuantificación también) parecen estarse allí viendo girar el sol, un sol catalán desde luego, que amenaza con caer sobre el resto de España, aniquilándola al tiempo que aniquilándose, por aquello que recordaba Sancho Panza: “Si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro”.
Como entonces, doctores de reputadas universidades han encontrado bases científicas para acreditar el nacionalismo y un número indeterminado de intelectuales y artistas han desenterrado también razones emocionales con las que hormigonar al pueblo, así como una legión de publicistas que difunden unas y otras, resumidas en el hoy célebre “derecho a decidir” como dogma igualmente ex catedra.
Sobre la legitimidad o ilegitimidad de este derecho ha habido en este periódico sobradas opiniones de personas mucho más cualificadas que uno, de modo que podemos dejarlo de momento a un lado, no sin declarar de paso el pálpito de todos aquellos corazones que sin ser catalanes aseguran tener también el mismo derecho a decidir en ese asunto.
Otra de las similitudes de lo que está ocurriendo con aquel “milagro del sol” la tenemos en lo que se conoce como la espiral de los acontecimientos: estos no solo avanzan girando sobre sí mismos, sino que se aceleran a medida que se aproximan al centro u ombligo, arrastrando a él y devorando todo cuanto alcanzan a su paso, instituciones, protocolos, constituciones, tratados, ideas, personas, dando lugar a nuevos acontecimientos. Acaso por eso se ha dicho con razón que las aspiraciones que parecían inalcanzables y utópicas hace solo cuatro años se han devaluado a mayor velocidad que el marco alemán de entreguerras, y así los mismos nacionalistas que hace cuatro años suspiraban por las cebollas de Egipto de un concierto fiscal o una solución federal para sus aspiraciones de autogobierno, hoy, impulsados por el viento de los ventiladores que ellos mismos han pagado y colocado en su popa, los reputan de despreciables cantos de sirena y los desdeñan.
A mayor velocidad de la espiral de los hechos, más se incrementa la espiral de la sugestión colectiva
Que esa ficción es legítima, en tanto que ficción, no le cabe la menor duda a nadie. Pero resulta extraño, al menos para uno, la poca previsión o el fingir que más allá del derecho a decidir, el pueblo catalán (no vamos a entrar ahora en el peliagudo asunto ese de definir quién o qué es pueblo y quién o qué es catalán) hallará tras el proceso independentista un amanecer radiante (casi falangista, estamos tentados de decir), un sol que habrá dejado de girar iluminando al pueblo elegido como jamás lo había hecho antes en parte alguna.
Sea, concedamos: Cataluña ha decidido ya, como no podía ser de otro modo, su independencia. Lo ha logrado prodigiosamente al margen de la legalidad constitucional y los tratados de la Unión, que se rendirán como ante milagro, rodilla en tierra. Concedamos también que el resto de los españoles, muchos de los cuales se sentirán expoliados, lo aceptan impávidos y sin resentimiento (y en el mejor de los escenarios posibles: nada de boicoteo a los productos catalanes, el Barça jugando la Liga española y puestos fronterizos, los imprescindibles).
Claro que habrá algunos pequeños inconvenientes. ¿En qué gran proceso no los ha habido? El primero, el de la nacionalidad. Algunos nacionalistas hablan ya de conceder doble nacionalidad a quienes no quieran perder la española, pero no se ha dicho nada de aquellos que se resistan a tener la catalana (habrá que persuadirlos) ni de aquellos otros que, viviendo fuera de Cataluña, quieran ser catalanes (con derecho a voto). La moneda: se le dará un nombre apropiado y significativo y será una moneda fuerte, pese a las reticencias de algunos mercados (habrá que persuadirlos). La lengua, asunto para entonces casi irrelevante: el catalán será la oficial, y el castellano, en la intimidad. Lo del Ejército parece solventado: como Suiza, algo simbólico, tal vez unas docenas de guardias para el Vaticano (después de la canonización de los 500 mártires de la Cruzada, “en su mayor parte catalanes”, como recordó una de las autoridades catalanas asistentes al acto, las relaciones con el Vaticano son inmejorables). La salida de la Guardia Civil, policía y diferentes funcionarios del Estado del territorio catalán creará una pequeña inflación en el funcionariado catalán, que se corregirá sin duda en poco tiempo.
Tras la independencia es probable que los pobres catalanes sigan siendo, antes que catalanes, pobres
Y por supuesto, en ese horizonte las nuevas autoridades catalanas no contemplan ninguna hostilidad comercial, financiera, industrial de su vecina España, que, persuadida del espíritu solidario de los independentistas, se abstendrá de competir con Cataluña en asuntos que han sido de su exclusividad tradicionalmente (el cava, los telares, la política portuaria del Mediterráneo, los Juegos Olímpicos, la industria editorial en español o la corchotaponera, el cava). Etcétera. Ni que decir tiene que la espiral de los hechos avanza en paralelo a la espiral de la sugestión colectiva; a más velocidad de aquellos, más se incrementa esta, sin saber, llegados a un punto, cuál de las dos espirales implementa a cuál.
Un día la visión se desvanecerá y muchos se preguntarán: ¿qué vimos? Y otros: ¿estábamos ciegos? Tal vez ese día alguien recuerde que, en efecto, antes de la independencia los catalanes pagaban más (como los madrileños, por cierto) no porque fuesen catalanes, sino porque eran más ricos; y que estos, los ricos, no se sabe cómo sugestionaron a tantas gentes haciéndoles creer durante un tiempo, hasta que llegó la independencia, que antes que pobres eran catalanes. Lo probable es que después de la independencia estos mismos vuelvan a ser lo que siempre fueron: antes que catalanes, pobres.
Andrés Trapiello es escritor.
jueves, 17 de octubre de 2013
Companys o cómo modificar la historia
Pues no. El Parlamento español no perdía nada por guardar un minuto
de silencio en homenaje a Lluis Companys, el presidente de la
Generalitat catalana asesinado hace 73 años por orden de Francisco
Franco. Más bien ganaba. Alfred Bosch lo pidió desde la tribuna. Y algún
tipo de dudosa bonhomía saludó su petición con un sonoro “viva España”,
desde las bancadas del Partido Popular. En realidad, se trataba de un
“viva Franco”, que el sujeto en cuestión, que no ha sido identificado,
no se atrevió a articular en su intención precisa. Porque a Companys le
asesinó Franco, no le asesinó España, como pretenden contarnos muchos
militantes de Esquerra Republicana para engordar el manual histórico de
agravios que nos amplían día tras día desde cualquier tribuna. Ahora,
desde Argentina. También desde Argentina. Una denuncia contra el Estado
español por lo de Companys. La intención no es nueva. Ya hubo alguna
reclamación para que un Gobierno democrático pidiera perdón por el
bombardeo de Guernica, por ejemplo. Cuando los aviones italianos y
alemanes arrasaron la ciudad en abril de 1937, el Gobierno legítimo
español era republicano. Y el presidente del país se llamaba Manuel
Azaña. Azaña, que murió acosado por los mismos canallas que acabaron
trayendo a Companys y Zugazagoitia a España, era el máximo representante
legítimo del Estado español. Los aviones los mandó Franco y los
financió Francesc Cambó. ¿Por qué no una denuncia contra Cambó y su fiel
Juan Ventosa? Ambos, dirigentes de la Lliga Regionalista. Los dos,
colaboradores necesarios de Franco cuando el bombardeo de Guernica y el
fusilamiento de Companys. Yo sí creo que hay que contar toda la verdad.
Toda. Es muy recomendable leer el libro de Esther Tusquets Habíamos ganado la guerra en el que contó, poco antes de morir, una parte de esa verdad.
Para entender Cataluña. Para entender el asesinato de Companys.
Jorge M. Reverte
Para entender Cataluña. Para entender el asesinato de Companys.
Jorge M. Reverte
El nuevo Dencàs o cómo modificar la historia
osep Dencàs fue un siniestro personaje que llegó a dirigir la
conselleria de Governació de la Generalitat catalana en 1934. Dencàs fue
también el principal dirigente de una organización fascista llamada
Estat Català, que no solo preconizaba la independencia de Cataluña sino
que se dedicaba a secuestrar, torturar y, en algún caso, a matar
anarquistas. En 1934, el 6 de octubre, cuando el president Companys
proclamó el Estat Català, organizó grupos paramilitares que pretendieron
imponer por las armas la declaración unilateral de independencia
lanzada por Companys. Cuando el general Batet, que era el jefe de la
Región Militar, abortó la intentona, huyó por una alcantarilla, dejando a
sus hombres en la estacada. Tuvo que marcharse, tiempo después, cuando
se produjo el golpe de Estado franquista, pero no porque los rebeldes le
fueran a capturar, sino porque los anarquistas le querían ajusticiar,
como hicieron con dos de sus más directos cómplices en la represión de
los años 30, los hermanos Badía.
Una historia gloriosa, como se ve. Dencàs pudo pasar sus últimos años ejerciendo en Argelia su profesión de farmacéutico al frente de una organización benéfica que financiaba un industrial catalán, Abelló. Y allí murió en paz. No sabemos si consigo mismo, aunque es probable que sí, porque era un fanático.
Dencàs va camino de recibir la beatificación catalanista. Y su ejemplo puede perdurar.
Un tipo que no parece ser un dechado de inteligencia, que es conseller de lo policial, lo mismo que fue nuestro héroe, quiere emularle. Se llama Felip Puig, y los chavales indignados que se manifestaron en la calle en Barcelona saben cómo se las gasta. Ahora, Puig, ha declarado que en el caso de que haya discrepancia entre España (a la que él suele llamar “el Estado”) y Cataluña, los Mossos de Esquadra cumplirán con su deber siendo fieles a la democracia en lugar de la legalidad. La democracia del clamor, que preconizaba el mayor y más inteligente teórico del nazismo, llamado Carl Schmitt, frente a la legalidad que es lo que garantiza la libertad, segun todos los filósofos decentes.
Cada vez tenemos más lumbreras para azuzar la bronca.
Una historia gloriosa, como se ve. Dencàs pudo pasar sus últimos años ejerciendo en Argelia su profesión de farmacéutico al frente de una organización benéfica que financiaba un industrial catalán, Abelló. Y allí murió en paz. No sabemos si consigo mismo, aunque es probable que sí, porque era un fanático.
Dencàs va camino de recibir la beatificación catalanista. Y su ejemplo puede perdurar.
Un tipo que no parece ser un dechado de inteligencia, que es conseller de lo policial, lo mismo que fue nuestro héroe, quiere emularle. Se llama Felip Puig, y los chavales indignados que se manifestaron en la calle en Barcelona saben cómo se las gasta. Ahora, Puig, ha declarado que en el caso de que haya discrepancia entre España (a la que él suele llamar “el Estado”) y Cataluña, los Mossos de Esquadra cumplirán con su deber siendo fieles a la democracia en lugar de la legalidad. La democracia del clamor, que preconizaba el mayor y más inteligente teórico del nazismo, llamado Carl Schmitt, frente a la legalidad que es lo que garantiza la libertad, segun todos los filósofos decentes.
Cada vez tenemos más lumbreras para azuzar la bronca.
El dogma de la homogeneidad
Algo falla cuando es el poder quien decide sobre qué se puede discutir y sobre qué no
La tendencia a considerar a la comunidad catalana como una realidad homogénea constituye una de las premisas fundamentales del discurso nacionalista. Esta premisa afecta de lleno a lo que se suele denominar dimensión identitaria del país y sus gentes. La tendencia a la homogeneización empuja a los individuos a ir conformando su identidad al modelo que se muestra como el único aceptable públicamente. De tal forma que se da por descontado que todo catalán que se precie de tal debe, entre otros rasgos, vibrar con los colores del Barça, ser un espectador fiel de TV3 y, por supuesto, amar la lengua catalana (queda únicamente tolerado hablar castellano, pero en ningún caso amarlo, cosa que —fuera del actor Ramón Madaula, en un gesto que le honra— prácticamente nadie por estas latitudes se ha atrevido a manifestar en público en los últimos tiempos).
Tanto da que los seguidores catalanes del equipo de fútbol madrileño rival del Barça constituyan una minoría muy significativa (por encima de un tercio de la totalidad de aficionados al futbol locales, leí en cierta ocasión), que sean muchos los que prefieren ser informados por otros canales de televisión y emisoras de radio ajenas a los medios públicos o, en fin, que haya un tanto por ciento muy elevado de ciudadanos catalanes que tiene el castellano como lengua materna (algo más de la mitad, tengo entendido), etc. Por muchos que sean, todos esos individuos resultan sospechosos.
El problema, ciertamente grave, para el nacionalismo es que este tipo de ciudadanos no homogeneizados se encuentran también, y en número no menor, en las propias filas nacionalistas. Pensemos, por centrarnos en un rasgo, en el asunto de la lengua. Es algo sobradamente conocido que no solo en general muchos simpatizantes del nacionalismo, sino incluso muchos dirigentes del más alto nivel de partidos soberanistas, han utilizado y siguen utilizando el castellano en el ámbito privado.
Se malinterpretaría la afirmación anterior si fuera leída como una denuncia que pretende desenmascarar la impostura, el cinismo o la hipocresía de quienes incurren en tan llamativa contradicción. Dejemos tales denuncias —o las chanzas acerca de unos inquisidores de la lengua que, tras tantas gracietas a costa de Aznar, resulta que hablan ellos castellano en la intimidad— para los tertulianos de la caverna mediática, que han encontrado en este punto un filón inagotable. A los efectos de lo que estoy intentando plantear, me parece muchísimo más importante entender tal contradicción como un indicio de lo insostenible que resulta la tesis de la homogeneidad identitaria de los catalanes.
La situación estaría mostrando el enorme coste que el empeño del oficialismo en identificar a catalán con nacionalista ha acabado teniendo tanto para los individuos como para la propia sociedad catalana. Respecto a los primeros, no sé qué me inspira más tristeza: si unos políticos nacionalistas que esconden ante su electorado una dimensión tan constituyente de su vida como es la lengua en la que realmente hablan a las personas a las que quieren, o esos otros políticos de la misma cuerda renunciando a seguir utilizando el idioma con el que siempre se relacionaron con sus seres amados, avergonzándose, estúpidamente, de las delicadas frases pronunciadas en momentos de dolor o de ternura. Y si semejante renuncia les llena de orgullo y alimenta su épica, mi compasión se acrecienta. Con sinceridad, no consigo ver belleza ni grandeza alguna en infligir semejante violencia -y máxime por motivos doctrinales- sobre la propia palabra.
Respecto a los costes que presenta el homogeneismo para la sociedad bastará con recordar la escandalera que tales sectores organizaron denunciando que corría peligro la convivencia y la paz social en Cataluña cuando Ernest Maragall, a la sazón conseller de Educación (y a quien no creo que nadie se atreviera a considerar sospechoso de españolismo) propuso que se impartiera ¡una hora más de castellano! en las aulas de las escuelas públicas.
Pongo este ejemplo porque lo que más me interesa destacar es la cuestión política de fondo que subyace al asunto, cuya importancia no cabe en modo alguno soslayar (ni respecto de la cual las increíbles torpezas del ministro Wert debieran distraernos). Me refiero al hecho de que resulte literalmente imposible cuestionar el menor aspecto —ni siquiera técnico— relacionado tanto con el modelo educativo catalán como, más en general, con la lengua (planteando, por poner un ejemplo, la posibilidad de que en la televisión pública catalana no fuera una rareza la presencia del castellano).
La permanente apelación a la sentimentalidad por parte del nacionalismo ha servido para excluir del debate público determinadas cuestiones, consideradas previamente y por principio (esto es, sin posibilidad de crítica alguna) como auténticas líneas rojas que bajo ningún concepto cabía traspasar. Algo importante falla —hasta el punto de que entiendo que puede llegar a resultar adecuado hablar de déficit democrático— cuando es el poder quien decide sobre qué se puede discutir en la plaza pública y sobre qué no se le permite al ciudadano otra opción que la adhesión incondicional si no quiere padecer una intensa exclusión simbólica.
No deja de ser llamativo que aquellos a quienes tanto se les ha estado llenando la boca durante años con la importancia de no fracturar en dos nuestra comunidad cuando de justificar su modelo escolar de inmersión lingüística se trataba, no parezcan estar preocupados en absoluto por el desgarro que puede producir en la sociedad catalana sus planteamientos secesionistas y, como mucho, animan a los ya convencidos de su causa a intentar recabar el número suficiente de apoyos electorales para alcanzar sus objetivos. ¿No será que les trae sin cuidado partir en dos la sociedad catalana porque lo que de veras les importa es mandar sobre ambas mitades?
Manuel Cruz es Filósofo. Autor del libro Filósofo de guardia (RBA) y presidente de la asociación Federalistas d´Esquerra.
La Barcelona que Trias no quiere ver
La polémica por el veto municipal a la utilización de la imagen de un torero
para ilustrar las banderolas de la exposición del World Press Photo
continuó ayer con el rechazo de la oposición. Todos los grupos, menos
Unitat per Barcelona , calificaron la decisión de “censura” y pedirán
explicaciones al Gobierno. Marc Puig, director de Comunicación del
Ayuntamiento, calificó de “artificial” la discusión y evitó entrar en
valoraciones estéticas o de contenido.
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/10/16/catalunya/1381954003_425448.html
Chapas incívicas. En septiembre de 2011, el Museo de Historia expedientó a la tienda del equipamiento por vender unas chapas que muestran a lateros, manteros y una carga policial.
Mural del Pou de la Figuera. Ciutat Vella forzó en agosto de 2012 borrar la palabra “redada” de una obra en un equipamiento.
‘Caféambllet’. TMB rechazó el pasado junio la publicidad de un libro crítico con Artur Mas. También veta la del musical The hole.
Fiestas de barrio. El Consistorio hizo cambiar este verano los carteles críticos de las fiestas de Nou Barris y el Casc Antic.
PSC, PP e Iniciativa recordaron que no es la primera vez que el
Ayuntamiento liderado por Xavier Trias (CiU) veta imágenes o
manifestaciones artísticas que no le gustan. El último episodio fue la
prohibición por parte del director del Museo de Historia de permitir la
grabación de las escenas de la serie Isabel en la plaza del Rei, algo que había sucedido con otros programas y la misma TV-3.
La fundación Photographic Social Vision, que organiza desde hace nueve años la muestra, eligió para el material publicitario de la muestra una imagen del torero Juan José Padilla, tomada por el fotógrafo Daniel Ochoa de Olza, que obtuvo el segundo premio en el concurso de fotoperiodismo. Padilla fue cogido por un toro en 2011 y a pesar de haber perdido un ojo y tener parálisis facial volvió al ruedo. “Es un mensaje de superación personal”, aseguraron. La muestra se organizaba bajo el nombre de Face Reality (encara la realidad).
El Consistorio había prometido ceder gratuitamente el espacio de sus banderolas para promocionar la muestra, que se podrá ver en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, CCCB. Sin embargo, al recibir la foto en la que se ve a Padilla, desde el despacho de Puig pidieron ver otras opciones. La organización mandó una de la holandesa Ananda van der Pluijm, que sí recibió el visto bueno. “Es la foto de un parado, que habla del drama de la crisis. Nos pareció que era mejor que la otra”, dijo Puig. “Es el proceso normal que se genera en la ciudad 20 veces al día”, agregó el encargado de comunicación para explicar por qué pidió ver otras fotos. “Todas la imágenes tienen una gran calidad artística”, remató
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/10/16/catalunya/1381954003_425448.html
Vetos polémicos
Nuevas formas de familia. El dossier de la revista BCN Metrópolis sobre nuevas formas de familia fue vetado por el Ayuntamiento en marzo de 2012.Chapas incívicas. En septiembre de 2011, el Museo de Historia expedientó a la tienda del equipamiento por vender unas chapas que muestran a lateros, manteros y una carga policial.
Mural del Pou de la Figuera. Ciutat Vella forzó en agosto de 2012 borrar la palabra “redada” de una obra en un equipamiento.
‘Caféambllet’. TMB rechazó el pasado junio la publicidad de un libro crítico con Artur Mas. También veta la del musical The hole.
Fiestas de barrio. El Consistorio hizo cambiar este verano los carteles críticos de las fiestas de Nou Barris y el Casc Antic.
La fundación Photographic Social Vision, que organiza desde hace nueve años la muestra, eligió para el material publicitario de la muestra una imagen del torero Juan José Padilla, tomada por el fotógrafo Daniel Ochoa de Olza, que obtuvo el segundo premio en el concurso de fotoperiodismo. Padilla fue cogido por un toro en 2011 y a pesar de haber perdido un ojo y tener parálisis facial volvió al ruedo. “Es un mensaje de superación personal”, aseguraron. La muestra se organizaba bajo el nombre de Face Reality (encara la realidad).
El Consistorio había prometido ceder gratuitamente el espacio de sus banderolas para promocionar la muestra, que se podrá ver en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, CCCB. Sin embargo, al recibir la foto en la que se ve a Padilla, desde el despacho de Puig pidieron ver otras opciones. La organización mandó una de la holandesa Ananda van der Pluijm, que sí recibió el visto bueno. “Es la foto de un parado, que habla del drama de la crisis. Nos pareció que era mejor que la otra”, dijo Puig. “Es el proceso normal que se genera en la ciudad 20 veces al día”, agregó el encargado de comunicación para explicar por qué pidió ver otras fotos. “Todas la imágenes tienen una gran calidad artística”, remató
miércoles, 16 de octubre de 2013
Agravio
Circula una lista con los agravios a Cataluña, parece que son 9.000 millones de euros en los que ha cifrado los agravios Sin entrar a discutir la cifra creo que la estrategia para ir convenciendo a cada vez más gente de que es necesario la independencia es un engaño total.
Todos sabemos que aunque se paguen 9.000 o 18.000 millones de euros los nacionalistas encontrarían otros motivos para seguir en su empeño. La estratégia económica ha dado muy buenos resultados en su estratégia. De todas formas seguro que tienen otras preparadas por si ésta falla, la opresión del estado español por ejemplo, lo que pasó en 1714 o la falta de traspasos de competencias. Cualquier cosa les vale con tal de seguir en su empeño que, no nos engañemos, no se queda en el móvil económico, sería demasiado ruín.
Esperaremos a ver cúales son sus próximas estratégias...espero que no esgriman el tema de la raza !.
Todos sabemos que aunque se paguen 9.000 o 18.000 millones de euros los nacionalistas encontrarían otros motivos para seguir en su empeño. La estratégia económica ha dado muy buenos resultados en su estratégia. De todas formas seguro que tienen otras preparadas por si ésta falla, la opresión del estado español por ejemplo, lo que pasó en 1714 o la falta de traspasos de competencias. Cualquier cosa les vale con tal de seguir en su empeño que, no nos engañemos, no se queda en el móvil económico, sería demasiado ruín.
Esperaremos a ver cúales son sus próximas estratégias...espero que no esgriman el tema de la raza !.
martes, 15 de octubre de 2013
Lara: “La independencia es imposible y lo saben todos”
l presidente del Grupo Planeta, José Manuel Lara,
ha vuelto a arremeter contra el proceso soberanista en Cataluña.
Aprovechando el almuerzo previo que organiza cada año con motivo de la
concesión del Premio Planeta, Lara ha afirmado: "Tengo la información
suficiente para saber que la independencia es imposible y lo saben
todos". El empresario, que hace algo más de un año anunció que si Cataluña se independiza el Grupo Planeta se tendrá que ir,
ha asegurado que "se solucione como se solucione, Cataluña saldrá mal.
Pase lo que pase nadie nos ahorrará la fractura de la sociedad civil
catalana".
Para Lara la gran pregunta es "quién pagará las pensiones o quién añadirá el dinero de la deuda pública el primer día después de la independencia". El empresario barcelonés, editor de La Razón y presidente de Antena 3, considera que el proyecto soberanista es inviable en una Europa que "o será federal o morirá". "¿Cómo va Europa a tratar este tema porque luego vendrán los corsos en Francia, los bavareses en Alemania... Estamos locos?", ha reflexionado. Lara ha pedido un diálogo sincero con España, "y no con ruidos y tambores. No estamos hablando de ideologías sino de sentimientos profundos; y todas las guerras han venido por eso; por ello es un tema que no se puede tratar en los medios de comunicación; se está hablando donde no se debe". El editor admitió que ya había hecho saber en Madrid, sin embargo, que "el 90 o el 95% de la población de Cataluña se siente maltratada por el sistema político y económico español", una razón más para reclamar una entente: "Quiero un diálogo de verdad".
Para Lara la gran pregunta es "quién pagará las pensiones o quién añadirá el dinero de la deuda pública el primer día después de la independencia". El empresario barcelonés, editor de La Razón y presidente de Antena 3, considera que el proyecto soberanista es inviable en una Europa que "o será federal o morirá". "¿Cómo va Europa a tratar este tema porque luego vendrán los corsos en Francia, los bavareses en Alemania... Estamos locos?", ha reflexionado. Lara ha pedido un diálogo sincero con España, "y no con ruidos y tambores. No estamos hablando de ideologías sino de sentimientos profundos; y todas las guerras han venido por eso; por ello es un tema que no se puede tratar en los medios de comunicación; se está hablando donde no se debe". El editor admitió que ya había hecho saber en Madrid, sin embargo, que "el 90 o el 95% de la población de Cataluña se siente maltratada por el sistema político y económico español", una razón más para reclamar una entente: "Quiero un diálogo de verdad".
Cataluña y Europa: una de vaqueros
Cuando el divorcio es inevitable, lo mejor para ambas partes es que sea civilizado, pero acusar falsamente al otro de maltrato y amenazar con no pagar la hipoteca conjunta no contribuyen al buen desenlace
¿Podría una hipotética Cataluña independiente mantenerse dentro del
mercado único europeo y bajo el paraguas del BCE? Sin duda ninguna,
contesta mi estimado colega Jordi Galí en un artículo publicado hace unos días
en este periódico con el objetivo aparente de tranquilizar a una tropa
un tanto inquieta ante las recientes declaraciones de algunos
responsables comunitarios.
El argumento del profesor Galí entreteje cuatro ideas que encajarían bien en el argumento de una película de vaqueros de serie B. La primera es que el único malo posible en el casting es el feo (la España no catalana), que amenaza con ponerse desagradable si el guapo (el pueblo catalán) insiste en construir su propio Estado. Esto no es inevitable. Si el feo fuese tan civilizado como el bueno (el Gobierno británico) y se tomase de forma más relajada eso de la secesión, el guapo podría seguir cómodamente instalado en los brazos de la chica (Europa) sin problema ninguno.
Segunda, de hecho, el feo sería tonto si decidiese ejercer de malo porque tiene mucho que perder si se enfada con el guapo, con quien tiene muchos negocios a medias. Y también muchas deudas de las que el guapo podría desentenderse si le tocasen mucho las narices. Tercera, el feo no tiene pistola. Aun cuando España vetase el acceso del nuevo Estado catalán a la Unión, este podría seguir de facto en el mercado único, posiblemente a través de algún tipo de tratado de asociación. De la misma forma, Cataluña podría mantener unilateralmente el euro como moneda y tendría acceso a la liquidez del BCE a través de las matrices, subsidiarias o sucursales españolas de sus entidades de crédito.
Y cuarta, la chica jamás permitiría que el feo saque al guapo del club, aunque parece ser que más por interés que por amor verdadero. Dada la gran importancia del mercado catalán y su contribución neta al presupuesto de la UE, ya se ocupará esta de no dejarnos fuera del mercado único, aunque sea abriéndonos la puerta de atrás. Así pues, todo hace prever un desenlace feliz en el que los amantes siguen juntos y el feo, tras amagar con ponerse borde, no pondrá problemas —y si los pone peor para él porque tampoco le servirá de nada—.
Como ficción, el guion podría tener un pase, pero desde luego como análisis serio de las implicaciones de la secesión deja bastante que desear. No hace falta rascar mucho para descubrir que en el mundo real el lío que plantea Galí no es culpa del feo y no admite apaños extraños ni puertas traseras. Para más inri, no está claro que el malo sea tonto, y la chica no bebe precisamente los vientos por el guapo. Si la apuran, lo más probable es que se quede con el feo, que al fin y al cabo es amigo de la familia.
Los integrantes de la Unión Europea (UE) son los Estados firmantes de su tratado fundacional y no sus respectivos territorios o ciudadanos. Así pues, el miembro del club europeo es el Reino de España. Cataluña forma parte de la UE solo en su calidad de territorio español, y dejaría de hacerlo automáticamente si perdiese tal condición, pasando entonces a considerarse lo que en la jerga comunitaria se denomina un Estado tercero. Llegados a este punto, el nuevo Estado catalán podría ciertamente solicitar la adhesión a la Unión o negociar, como sugiere Galí, un tratado de asociación similar a los que disfrutan Suiza o Noruega.
Cualquiera de estas posibilidades requeriría un proceso largo, complejo y de resultado incierto. La primera de ellas exigiría el acuerdo unánime de todos los Estados miembros. La segunda no, pero ningún tratado de asociación podría firmarse sin el apoyo de una amplia mayoría del Consejo Europeo y no está nada claro que un nuevo Estado catalán pudiese contar con el apoyo necesario. En primer lugar, existe el peligro evidente de un veto español, que no sería necesariamente irracional en un contexto de competencia entre ambos Estados por la localización de grandes empresas, tanto domésticas como extranjeras, y por los mercados europeos. Pero además hay otros países europeos que podrían verse tentados de utilizar el caso catalán como escarmiento en cabeza ajena para sus propios movimientos separatistas. Al fin y al cabo, resulta difícil pensar que un club de Estados como es la UE esté dispuesto a aceptar con ecuanimidad un precedente que podría desequilibrar a buena parte de sus miembros.
Dudo mucho que los costes económicos derivados de la exclusión de Cataluña, incluyendo su posible aportación neta al presupuesto comunitario, prevalezcan sobre tal cálculo político. En este sentido, quizás convenga recordar que para el mundo mundial somos muy poquita cosa y para la UE también. Con datos de 2012, Cataluña suponía solo el 1,44% de la población de la UE y el 1,50% de su PIB. Aunque algún entusiasta de la causa ha llegado a dudar en la prensa local de la viabilidad del proyecto europeo sin la aportación catalana, la fría razón exige reconocer que somos perfectamente prescindibles.
Lo que he dicho más arriba sobre las implicaciones de la secesión para la posición catalana en la UE lo han dicho por activa y por pasiva diversos portavoces comunitarios, incluyendo al menos dos presidentes de la Comisión, y lo dicen también los informes oficiales sobre la cuestión escocesa del propio Gobierno británico que tanto admira Galí. Pero todo ello no ha hecho mella ninguna ni en el profesor Galí ni en el Gobierno catalán, que, inasequibles al desaliento, se aferran a la idea de que la cosa se resolvería, llegado el caso, con algún apaño político de urgencia que permitiría a la economía catalana seguir de facto en el mercado único y en el euro con todas sus ventajas. Ambos demuestran con ello una visión muy española de la ley como cosa relativa e infinitamente elástica que seguramente les resultará muy extraña a nuestros amigos del norte de Europa. Por mi parte, sigo sin ver cómo tales apaños podrían articularse sin necesidad de un tratado, lo que me remite de nuevo al párrafo anterior.
Así pues, no existen las soluciones mágicas a las que Galí parece fiar la permanencia efectiva de la economía catalana en el mercado único. Y lo mismo ha de decirse sobre la posibilidad de seguir bajo el paraguas del BCE. No tengo ninguna duda de que, llegado el caso, el BCE ofrecería a La Caixa y al Sabadell la liquidez que pudiesen necesitar en relación con sus actividades en lo que quede de España en las mismas condiciones que a los bancos españoles, pero es muy dudoso que esté dispuesto a hacer lo mismo con su negocio en Cataluña (o con el del BBVA o el Santander). De hecho, hacerlo sería una irresponsabilidad potencialmente muy cara, pues obligaría al contribuyente europeo (seguramente, más bien al español) a hacerse cargo de riesgos de terceros sobre los que el BCE o el Banco de España tendrían muy poco control.
Dos reflexiones finales. Primera, coincido con el profesor Galí en que, cuando el divorcio es inevitable, lo mejor para ambas partes es que sea civilizado. Pero acusar falsamente a la otra parte de maltrato y amenazar con no pagar la parte que le toca a uno de la hipoteca común no contribuyen precisamente a aumentar la probabilidad de tal desenlace. Y segunda, antes de tirarse por el balcón conviene asegurarse de que haya agua debajo. Si uno no lo hace, no se puede acusar al vecino de mala fe por no haber puesto la piscina justo allí.
El argumento del profesor Galí entreteje cuatro ideas que encajarían bien en el argumento de una película de vaqueros de serie B. La primera es que el único malo posible en el casting es el feo (la España no catalana), que amenaza con ponerse desagradable si el guapo (el pueblo catalán) insiste en construir su propio Estado. Esto no es inevitable. Si el feo fuese tan civilizado como el bueno (el Gobierno británico) y se tomase de forma más relajada eso de la secesión, el guapo podría seguir cómodamente instalado en los brazos de la chica (Europa) sin problema ninguno.
Segunda, de hecho, el feo sería tonto si decidiese ejercer de malo porque tiene mucho que perder si se enfada con el guapo, con quien tiene muchos negocios a medias. Y también muchas deudas de las que el guapo podría desentenderse si le tocasen mucho las narices. Tercera, el feo no tiene pistola. Aun cuando España vetase el acceso del nuevo Estado catalán a la Unión, este podría seguir de facto en el mercado único, posiblemente a través de algún tipo de tratado de asociación. De la misma forma, Cataluña podría mantener unilateralmente el euro como moneda y tendría acceso a la liquidez del BCE a través de las matrices, subsidiarias o sucursales españolas de sus entidades de crédito.
Y cuarta, la chica jamás permitiría que el feo saque al guapo del club, aunque parece ser que más por interés que por amor verdadero. Dada la gran importancia del mercado catalán y su contribución neta al presupuesto de la UE, ya se ocupará esta de no dejarnos fuera del mercado único, aunque sea abriéndonos la puerta de atrás. Así pues, todo hace prever un desenlace feliz en el que los amantes siguen juntos y el feo, tras amagar con ponerse borde, no pondrá problemas —y si los pone peor para él porque tampoco le servirá de nada—.
Como ficción, el guion podría tener un pase, pero desde luego como análisis serio de las implicaciones de la secesión deja bastante que desear. No hace falta rascar mucho para descubrir que en el mundo real el lío que plantea Galí no es culpa del feo y no admite apaños extraños ni puertas traseras. Para más inri, no está claro que el malo sea tonto, y la chica no bebe precisamente los vientos por el guapo. Si la apuran, lo más probable es que se quede con el feo, que al fin y al cabo es amigo de la familia.
Los integrantes de la Unión Europea (UE) son los Estados firmantes de su tratado fundacional y no sus respectivos territorios o ciudadanos. Así pues, el miembro del club europeo es el Reino de España. Cataluña forma parte de la UE solo en su calidad de territorio español, y dejaría de hacerlo automáticamente si perdiese tal condición, pasando entonces a considerarse lo que en la jerga comunitaria se denomina un Estado tercero. Llegados a este punto, el nuevo Estado catalán podría ciertamente solicitar la adhesión a la Unión o negociar, como sugiere Galí, un tratado de asociación similar a los que disfrutan Suiza o Noruega.
Cualquiera de estas posibilidades requeriría un proceso largo, complejo y de resultado incierto. La primera de ellas exigiría el acuerdo unánime de todos los Estados miembros. La segunda no, pero ningún tratado de asociación podría firmarse sin el apoyo de una amplia mayoría del Consejo Europeo y no está nada claro que un nuevo Estado catalán pudiese contar con el apoyo necesario. En primer lugar, existe el peligro evidente de un veto español, que no sería necesariamente irracional en un contexto de competencia entre ambos Estados por la localización de grandes empresas, tanto domésticas como extranjeras, y por los mercados europeos. Pero además hay otros países europeos que podrían verse tentados de utilizar el caso catalán como escarmiento en cabeza ajena para sus propios movimientos separatistas. Al fin y al cabo, resulta difícil pensar que un club de Estados como es la UE esté dispuesto a aceptar con ecuanimidad un precedente que podría desequilibrar a buena parte de sus miembros.
Dudo mucho que los costes económicos derivados de la exclusión de Cataluña, incluyendo su posible aportación neta al presupuesto comunitario, prevalezcan sobre tal cálculo político. En este sentido, quizás convenga recordar que para el mundo mundial somos muy poquita cosa y para la UE también. Con datos de 2012, Cataluña suponía solo el 1,44% de la población de la UE y el 1,50% de su PIB. Aunque algún entusiasta de la causa ha llegado a dudar en la prensa local de la viabilidad del proyecto europeo sin la aportación catalana, la fría razón exige reconocer que somos perfectamente prescindibles.
Lo que he dicho más arriba sobre las implicaciones de la secesión para la posición catalana en la UE lo han dicho por activa y por pasiva diversos portavoces comunitarios, incluyendo al menos dos presidentes de la Comisión, y lo dicen también los informes oficiales sobre la cuestión escocesa del propio Gobierno británico que tanto admira Galí. Pero todo ello no ha hecho mella ninguna ni en el profesor Galí ni en el Gobierno catalán, que, inasequibles al desaliento, se aferran a la idea de que la cosa se resolvería, llegado el caso, con algún apaño político de urgencia que permitiría a la economía catalana seguir de facto en el mercado único y en el euro con todas sus ventajas. Ambos demuestran con ello una visión muy española de la ley como cosa relativa e infinitamente elástica que seguramente les resultará muy extraña a nuestros amigos del norte de Europa. Por mi parte, sigo sin ver cómo tales apaños podrían articularse sin necesidad de un tratado, lo que me remite de nuevo al párrafo anterior.
Así pues, no existen las soluciones mágicas a las que Galí parece fiar la permanencia efectiva de la economía catalana en el mercado único. Y lo mismo ha de decirse sobre la posibilidad de seguir bajo el paraguas del BCE. No tengo ninguna duda de que, llegado el caso, el BCE ofrecería a La Caixa y al Sabadell la liquidez que pudiesen necesitar en relación con sus actividades en lo que quede de España en las mismas condiciones que a los bancos españoles, pero es muy dudoso que esté dispuesto a hacer lo mismo con su negocio en Cataluña (o con el del BBVA o el Santander). De hecho, hacerlo sería una irresponsabilidad potencialmente muy cara, pues obligaría al contribuyente europeo (seguramente, más bien al español) a hacerse cargo de riesgos de terceros sobre los que el BCE o el Banco de España tendrían muy poco control.
Dos reflexiones finales. Primera, coincido con el profesor Galí en que, cuando el divorcio es inevitable, lo mejor para ambas partes es que sea civilizado. Pero acusar falsamente a la otra parte de maltrato y amenazar con no pagar la parte que le toca a uno de la hipoteca común no contribuyen precisamente a aumentar la probabilidad de tal desenlace. Y segunda, antes de tirarse por el balcón conviene asegurarse de que haya agua debajo. Si uno no lo hace, no se puede acusar al vecino de mala fe por no haber puesto la piscina justo allí.
Ángel de la Fuente es investigador en el Instituto de Análisis Económico (CSIC).
lunes, 14 de octubre de 2013
Doble nacionalidad
La idea que tiene Oriol Junqueras de que los ciudadanos de ese país
independiente que quiere constituir, “Cataluña”, tengan una doble
nacionalidad, la propia de tal eventual futuro Estado y la española,
pone de manifiesto algo que una gran mayoría de españoles sospecha.
Oriol Junqueras, como Artur Mas, lo que pretenden es acaparar bajo la
bandera nacionalista ventajas y beneficios que pongan a unos cuantos
españoles en una privilegiada situación frente a los otros. No dice
Junqueras, ni tan siquiera lo apunta, si la concesión de la nacionalidad
española tendría como contrapartida la reciprocidad, esto es, que los
ciudadanos españoles pudieran optar por la “nacionalidad catalana”. Es
de suponer que, si llegara el caso, tal reciprocidad sería una exigencia
inexcusable. Cabría, pues, la posibilidad de que todos los que hoy
somos españoles fuéramos en el futuro españoles y catalanes. Vivir para
ver, ¡quién lo iba a decir!: el presidente de ERC y la expresidenta de
la Comunidad de Madrid, ideológicamente tan separados, han venido a
coincidir. Hay que catalanizar España.— Paloma Nicolás Muñiz.
Independencia y ficción
Los argumentos independentistas no resisten el razonamiento; se basan en la ilusión y en la fe. Los únicos datos razonables indican que los catalanes fuera de España perderíamos mucho de lo que tenemos ahora
A mi madre la echaron de España por ser hija de un rojo. Su padre era
un republicano catalán que perdió la guerra y tuvo que irse al exilio,
primero a Francia, donde cayó prisionero en el campo de concentración de
Argelès sur Mer, y luego a México, el país que le ofreció la
oportunidad de rehacer su vida. Años después mi madre y mi abuela
dejaron para siempre Barcelona, habían quedado señaladas por el
comunismo del abuelo y no les quedó más remedio que compartir su
aventura mexicana, en un pueblaco selvático de Veracruz donde,
veintitrés años más tarde, nací yo.
A pesar de que ha vivido la mayor parte de su vida en México, mi madre tiene una fuerte identidad catalana, que nos transmitió a sus hijos. ¿Qué es la identidad?: ¿la lengua?, ¿las costumbres?, ¿las cosas en común?, ¿el metro cuadrado donde uno nació? Me temo que la identidad no es más que eso que uno cree que es.
Durante mi juventud suscribí, en México, todos los tics del catalán de ultramar. Leía vorazmente a Pere Calders y a Josep Pla, comía conejo los sábados en el Orfeó Catalá, recitaba de memoria las alineaciones del Barça de las últimas diez temporadas y el mensaje que saludaba en el contestador telefónico de casa estaba en catalán. Además, y en esto he pensado mucho últimamente, llevaba en el coche una gran pegatina con la bandera independentista catalana y desde luego defendía, cada vez que el tema se terciaba, el derecho de Cataluña a ser un país independiente.
Pero esto pasaba en México, hace muchos años, y es verdad que ser independentista catalán en ultramar, no es exactamente lo mismo que serlo aquí, en Barcelona, la ciudad de la que mi familia fue expulsada y en la que vivo yo desde hace más de una década, siguiendo un oscuro patrón mental que seguramente le hubiera interesado al doctor Lacan. Ser independentista en un lado y en otro no es exactamente lo mismo, como digo, pero ambas experiencias comparten, de manera muy clara, un territorio común.
Hace unos días, al final del verano, estuvo mi madre aquí, en su ciudad, mirando con asombro la cadena humana y las banderas independentistas que cuelgan de las ventanas. La víspera de su regreso a México apareció, en el restaurante donde habíamos quedado para comer, con una estentórea camiseta independentista, una camiseta como la que probablemente me hubiera puesto yo, si siguiera viviendo en México y fuera todavía un catalán de ultramar e ignorara todo lo que he ido viendo y experimentando aquí durante estos años. Le expliqué todo esto a mi madre y concluí diciendo que lo que yo era en realidad en México era un independentista de ficción. Con esto quería decir que, aunque el deseo de independencia que experimentaba era verdadero, palpitaba y estaba vivo, no tenía relación con la realidad, sucedía en otro plano, en otra frecuencia; precisamente en el territorio de la ficción. Y al decir esto caí en la cuenta de que aquí, en Cataluña, la gesta independentista se da exactamente en el mismo plano, en el de la ficción, porque si se fundamentara en la realidad el proyecto no podría tenerse en pie, se caería como la bicicleta de Fidel Castro, a la que llegaré más adelante.
Pero aquí no estoy contando la historia de un independentista que se ha desencantado al ver de cerca los rudos mecanismos del proceso, sino la de un catalán de ultramar que durante más de una década de darle vueltas al asunto no ha encontrado una sola razón por la que Cataluña deba separarse de España o, para ser más preciso: los únicos datos razonables disponibles indican, con mucha transparencia, que los catalanes fuera de España perderíamos mucho de lo que tenemos ahora.
Los argumentos independentistas no resisten el razonamiento, están basados en la ilusión y en el sentimentalismo, en la creencia y en la fe, esos dos elementos que sirven para echar a andar una guerra santa pero no para fundar un país. Cada elemento que nos presentan como una razón para la independencia, comenzando por la piedra angular del proyecto que es esa cansina muletilla de "España nos roba", termina siendo una pieza de ficción, que no se corresponde con la realidad y sin embargo se insiste, se escriben artículos, se montan debates, en los medios afines al proyecto, para insistir en que esa pieza de ficción es una razón sólida para la independencia. Cada palo que la cruda realidad pega al proceso independentista, es respondido con una potente carga de ficción diseminada por políticos, locutores y tertulianos, que busca anular, o siquiera disimular, el palo. Cuando la Unión Europea dijo, de manera oficial, con todas sus letras y sin margen para otras interpretaciones, que Cataluña fuera de España quedaría automáticamente fuera de Europa, gobernantes y tertulianos salieron en tromba a matizar esa información. ¿Y cómo puede matizarse semejante pedazo de realidad?
El blindaje frente a la realidad que tiene la ficción independentista me recuerda aquella idea de Fidel Castro: la revolución es como una bicicleta, si se deja de pedalear, se cae. Ahora sustituya usted "la revolución" con "el proceso independentista".
La ficción es tan potente que cuando se informa de que los únicos países que respaldan la independencia catalana son Estonia y Lituania, políticos, locutores y tertulianos salen en bloque a festejar el espaldarazo recibido, lo presentan como el primer brote de un apoyo masivo por venir, y no como el respaldo pírrico que en realidad es; dicho esto con todo respeto para esos dos países.
La ficción es tan poderosa que cuando el president suelta aquello de I have a dream, para aupar la fiesta multitudinaria de la Diada, a nadie le escandaliza ni el disparatado autoparalelismo con Luther King, ni que la línea potente del discurso apele a un sueño, como en otras ocasiones apela a la ilusión, a la esperanza, a conceptos exclusivamente sentimentales. Esta instrumentalización política de la cursilería no tiene nada que ver con las razones sólidas, serias, que se necesitan para montar un nuevo país, pero es el único elemento con el que cuentan los políticos independentistas catalanes para convencer a la ciudadanía, y cuando los únicos elementos son estos, la ilusión, la esperanza, el sueño, el proyecto empieza a apelar a la fe, a la creencia, a la credulidad de los ciudadanos.
Quizá sea porque nací en Veracruz y me conozco de memoria el discurso político latinoamericano, pero aquí he oído discursos, del president y sus subalternos, que están a un paso, a un milímetro, de la verbosidad mística del comandante Hugo Chávez. ¿Es esta la élite que va a llevarnos hacia la independencia? Si quitamos la mística al proyecto independentista, y nos atenemos a los datos que la realidad nos ofrece, si despojamos al proyecto de toda su ficción, tenemos que una Cataluña independiente sería menos próspera, quedaría aislada de Europa y tendría menos peso político, económico y cultural del que tiene ahora como parte de España. Los políticos tendrán sus motivos para sostener esta ficción, pero ¿nosotros? Usted que no es ni político, ni locutor, ni tertuliano, que quiere el mejor de los mundos posibles para sus hijos, ¿va a creerse eso de la ilusión y del I have a dream, cuando la pura y dura realidad indica precisamente lo contrario? Me parece que este proyecto independentista, brumoso, acomodaticio, lleno de remiendos y componendas, es poco respetuoso con los catalanes y con los españoles, los ciudadanos de este país merecemos un futuro más decente.
La ficción es la materia con la que trabajamos los novelistas, nuestro oficio es inventar historias; quisiera aprovechar las últimas líneas de esta reflexión para pedir a los políticos independentistas que dejen de invadir nuestro espacio de trabajo y que regresen, cuanto antes, y por el bien de todos, a la realidad.
A pesar de que ha vivido la mayor parte de su vida en México, mi madre tiene una fuerte identidad catalana, que nos transmitió a sus hijos. ¿Qué es la identidad?: ¿la lengua?, ¿las costumbres?, ¿las cosas en común?, ¿el metro cuadrado donde uno nació? Me temo que la identidad no es más que eso que uno cree que es.
Durante mi juventud suscribí, en México, todos los tics del catalán de ultramar. Leía vorazmente a Pere Calders y a Josep Pla, comía conejo los sábados en el Orfeó Catalá, recitaba de memoria las alineaciones del Barça de las últimas diez temporadas y el mensaje que saludaba en el contestador telefónico de casa estaba en catalán. Además, y en esto he pensado mucho últimamente, llevaba en el coche una gran pegatina con la bandera independentista catalana y desde luego defendía, cada vez que el tema se terciaba, el derecho de Cataluña a ser un país independiente.
Pero esto pasaba en México, hace muchos años, y es verdad que ser independentista catalán en ultramar, no es exactamente lo mismo que serlo aquí, en Barcelona, la ciudad de la que mi familia fue expulsada y en la que vivo yo desde hace más de una década, siguiendo un oscuro patrón mental que seguramente le hubiera interesado al doctor Lacan. Ser independentista en un lado y en otro no es exactamente lo mismo, como digo, pero ambas experiencias comparten, de manera muy clara, un territorio común.
Hace unos días, al final del verano, estuvo mi madre aquí, en su ciudad, mirando con asombro la cadena humana y las banderas independentistas que cuelgan de las ventanas. La víspera de su regreso a México apareció, en el restaurante donde habíamos quedado para comer, con una estentórea camiseta independentista, una camiseta como la que probablemente me hubiera puesto yo, si siguiera viviendo en México y fuera todavía un catalán de ultramar e ignorara todo lo que he ido viendo y experimentando aquí durante estos años. Le expliqué todo esto a mi madre y concluí diciendo que lo que yo era en realidad en México era un independentista de ficción. Con esto quería decir que, aunque el deseo de independencia que experimentaba era verdadero, palpitaba y estaba vivo, no tenía relación con la realidad, sucedía en otro plano, en otra frecuencia; precisamente en el territorio de la ficción. Y al decir esto caí en la cuenta de que aquí, en Cataluña, la gesta independentista se da exactamente en el mismo plano, en el de la ficción, porque si se fundamentara en la realidad el proyecto no podría tenerse en pie, se caería como la bicicleta de Fidel Castro, a la que llegaré más adelante.
Pero aquí no estoy contando la historia de un independentista que se ha desencantado al ver de cerca los rudos mecanismos del proceso, sino la de un catalán de ultramar que durante más de una década de darle vueltas al asunto no ha encontrado una sola razón por la que Cataluña deba separarse de España o, para ser más preciso: los únicos datos razonables disponibles indican, con mucha transparencia, que los catalanes fuera de España perderíamos mucho de lo que tenemos ahora.
Los argumentos independentistas no resisten el razonamiento, están basados en la ilusión y en el sentimentalismo, en la creencia y en la fe, esos dos elementos que sirven para echar a andar una guerra santa pero no para fundar un país. Cada elemento que nos presentan como una razón para la independencia, comenzando por la piedra angular del proyecto que es esa cansina muletilla de "España nos roba", termina siendo una pieza de ficción, que no se corresponde con la realidad y sin embargo se insiste, se escriben artículos, se montan debates, en los medios afines al proyecto, para insistir en que esa pieza de ficción es una razón sólida para la independencia. Cada palo que la cruda realidad pega al proceso independentista, es respondido con una potente carga de ficción diseminada por políticos, locutores y tertulianos, que busca anular, o siquiera disimular, el palo. Cuando la Unión Europea dijo, de manera oficial, con todas sus letras y sin margen para otras interpretaciones, que Cataluña fuera de España quedaría automáticamente fuera de Europa, gobernantes y tertulianos salieron en tromba a matizar esa información. ¿Y cómo puede matizarse semejante pedazo de realidad?
El blindaje frente a la realidad que tiene la ficción independentista me recuerda aquella idea de Fidel Castro: la revolución es como una bicicleta, si se deja de pedalear, se cae. Ahora sustituya usted "la revolución" con "el proceso independentista".
La ficción es tan potente que cuando se informa de que los únicos países que respaldan la independencia catalana son Estonia y Lituania, políticos, locutores y tertulianos salen en bloque a festejar el espaldarazo recibido, lo presentan como el primer brote de un apoyo masivo por venir, y no como el respaldo pírrico que en realidad es; dicho esto con todo respeto para esos dos países.
La ficción es tan poderosa que cuando el president suelta aquello de I have a dream, para aupar la fiesta multitudinaria de la Diada, a nadie le escandaliza ni el disparatado autoparalelismo con Luther King, ni que la línea potente del discurso apele a un sueño, como en otras ocasiones apela a la ilusión, a la esperanza, a conceptos exclusivamente sentimentales. Esta instrumentalización política de la cursilería no tiene nada que ver con las razones sólidas, serias, que se necesitan para montar un nuevo país, pero es el único elemento con el que cuentan los políticos independentistas catalanes para convencer a la ciudadanía, y cuando los únicos elementos son estos, la ilusión, la esperanza, el sueño, el proyecto empieza a apelar a la fe, a la creencia, a la credulidad de los ciudadanos.
Quizá sea porque nací en Veracruz y me conozco de memoria el discurso político latinoamericano, pero aquí he oído discursos, del president y sus subalternos, que están a un paso, a un milímetro, de la verbosidad mística del comandante Hugo Chávez. ¿Es esta la élite que va a llevarnos hacia la independencia? Si quitamos la mística al proyecto independentista, y nos atenemos a los datos que la realidad nos ofrece, si despojamos al proyecto de toda su ficción, tenemos que una Cataluña independiente sería menos próspera, quedaría aislada de Europa y tendría menos peso político, económico y cultural del que tiene ahora como parte de España. Los políticos tendrán sus motivos para sostener esta ficción, pero ¿nosotros? Usted que no es ni político, ni locutor, ni tertuliano, que quiere el mejor de los mundos posibles para sus hijos, ¿va a creerse eso de la ilusión y del I have a dream, cuando la pura y dura realidad indica precisamente lo contrario? Me parece que este proyecto independentista, brumoso, acomodaticio, lleno de remiendos y componendas, es poco respetuoso con los catalanes y con los españoles, los ciudadanos de este país merecemos un futuro más decente.
La ficción es la materia con la que trabajamos los novelistas, nuestro oficio es inventar historias; quisiera aprovechar las últimas líneas de esta reflexión para pedir a los políticos independentistas que dejen de invadir nuestro espacio de trabajo y que regresen, cuanto antes, y por el bien de todos, a la realidad.
Jordi Soler es escritor.
@jsolerescritor
@jsolerescritor
El catalán de Don Quijote
Una maravilla de artículo, una lección de diversidad y de entendimiento
Cervantes asume el léxico hermano y retrata el deseo de entendimiento de la época
Los pistoletes se llamaban entonces “pedreñales” en Cataluña; y ahora Gerona se llama Girona
Don Quijote avanza hacia Barcelona cuando se topa con Roque Guinart,
bandolero catalán que cabalgaba “sobre un poderoso caballo” y “con
cuatro pistoletes a los lados”. “Cuatro pistoletes”, escribe Cervantes;
pero incorpora una aclaración: …”que en aquella tierra se llaman
pedreñales”.
El manco de Lepanto muestra así un reconocimiento ante la diversidad cultural y ante la manera de llamar a las cosas en las tierras a donde envía a su ingenioso hidalgo. El catalanismo “pedreñal”, en efecto, nombraba un arma de mano a partir de la piedra que producía la chispa para su disparo (la pedrenyera, o pedernal).
El encuentro del caballero de la triste figura con el bandolero bonachón ofrece alguna enseñanza más. Aquellos forajidos, que se cifran en cuarenta, rodean de improviso a Don Quijote y a Sancho “diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen hasta que llegase su capitán”. Y se infiere que los dos manchegos entienden perfectamente las órdenes. Líneas más adelante, los bandoleros hablarán de nuevo “en su lengua gascona y catalana”, sin que allí nadie se queje ni pida traducción. El diálogo de Roque Guinart tanto con Don Quijote como con los capitanes españoles, los escuderos y los peregrinos que van apareciendo por la escena se produce sin hacer cuestión del asunto, en una situación de bilingüismo tácito que invita a imaginar a cada uno comunicándose en su idioma.
El episodio da pie a deducir un Cervantes que asume el léxico hermano (también escribe lladres, en vez de ladrones) y que retrata el deseo de entendimiento de la época por encima de diferencias entre catalanes y castellanos o bandoleros y caballeros.
Los pistoletes se llamaban entonces “pedreñales” en Cataluña; y Gerona se llama ahora Girona. Y Lérida se llama Lleida; palabras de la toponimia mayor catalana.
La distinción entre “toponimia mayor” y “toponimia menor” se puede discutir técnicamente, pero en este caso nos vale para la exposición que perseguimos.
La toponimia mayor es la que se traduce generalmente a otras lenguas, a tenor de la importancia del lugar: decimos Marsella y no Marseille, o Ginebra y no Genève. En cambio, la toponimia menor no ha adquirido esa trascendencia y por tanto se queda por lo común en su propio idioma: Aix-en-Provence o Interlaken.
La toponimia mayor del castellano tiene, lógicamente, su versión catalana. Zaragoza (único nombre oficial de esa ciudad) es en catalán Saragossa; y Cuenca, Conca, entre otros casos. A su vez, la toponimia mayor del catalán da en castellano Ibiza (Eivissa) o Gerona (Girona), por ejemplo.
La dictadura (1939-1975) se empeñó en traducir al castellano gran parte de la toponimia menor de las otras lenguas españolas, en contra de la costumbre. Y así las Vilanovas se convirtieron en Villanuevas, y los Poblenou en Pueblonuevo.
El franquismo actuó por tanto en la toponimia menor en contra de la tradición; y ahora la corriente dominante actúa en la toponimia mayor... en contra de la tradición. Por eso muchos escribimos en castellano Lleida y Girona; mientras que se mantienen en catalán Ciutat Reial o Cadis.
Quienes deseen oponerse a ello habrán encontrado en estos párrafos inmediatos alguna razón para hacerlo. Sin embargo, el arriba firmante prefiere tomar como referencia la buena intención de Cervantes, Guinart y Don Quijote, sin olvidar a doña Guiomar, que también aparecía por allí.
Los catalanes, los vascos y los gallegos han vivido tantos años la opresión oficial sobre su idioma, que no nos debiera costar nada a los castellanohablantes disponer nuestra voluntad para compensar mínimamente aquellos golpes, aunque ninguna culpa tuviéramos en ellos. Asumir Girona en vez de Gerona puede no hallar base técnica, pero muestra sin duda un gesto de mano tendida, un acto de desagravio.
Pistoletes o pedreñales, galgos o podencos, amigo Sancho, son poco más que palabras, sí. Pero con palabras creamos la amistad y la convivencia, y a veces las palabras son en sí mismas hechos que hablan.
El manco de Lepanto muestra así un reconocimiento ante la diversidad cultural y ante la manera de llamar a las cosas en las tierras a donde envía a su ingenioso hidalgo. El catalanismo “pedreñal”, en efecto, nombraba un arma de mano a partir de la piedra que producía la chispa para su disparo (la pedrenyera, o pedernal).
El encuentro del caballero de la triste figura con el bandolero bonachón ofrece alguna enseñanza más. Aquellos forajidos, que se cifran en cuarenta, rodean de improviso a Don Quijote y a Sancho “diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen hasta que llegase su capitán”. Y se infiere que los dos manchegos entienden perfectamente las órdenes. Líneas más adelante, los bandoleros hablarán de nuevo “en su lengua gascona y catalana”, sin que allí nadie se queje ni pida traducción. El diálogo de Roque Guinart tanto con Don Quijote como con los capitanes españoles, los escuderos y los peregrinos que van apareciendo por la escena se produce sin hacer cuestión del asunto, en una situación de bilingüismo tácito que invita a imaginar a cada uno comunicándose en su idioma.
El episodio da pie a deducir un Cervantes que asume el léxico hermano (también escribe lladres, en vez de ladrones) y que retrata el deseo de entendimiento de la época por encima de diferencias entre catalanes y castellanos o bandoleros y caballeros.
Los pistoletes se llamaban entonces “pedreñales” en Cataluña; y Gerona se llama ahora Girona. Y Lérida se llama Lleida; palabras de la toponimia mayor catalana.
La distinción entre “toponimia mayor” y “toponimia menor” se puede discutir técnicamente, pero en este caso nos vale para la exposición que perseguimos.
La toponimia mayor es la que se traduce generalmente a otras lenguas, a tenor de la importancia del lugar: decimos Marsella y no Marseille, o Ginebra y no Genève. En cambio, la toponimia menor no ha adquirido esa trascendencia y por tanto se queda por lo común en su propio idioma: Aix-en-Provence o Interlaken.
La toponimia mayor del castellano tiene, lógicamente, su versión catalana. Zaragoza (único nombre oficial de esa ciudad) es en catalán Saragossa; y Cuenca, Conca, entre otros casos. A su vez, la toponimia mayor del catalán da en castellano Ibiza (Eivissa) o Gerona (Girona), por ejemplo.
La dictadura (1939-1975) se empeñó en traducir al castellano gran parte de la toponimia menor de las otras lenguas españolas, en contra de la costumbre. Y así las Vilanovas se convirtieron en Villanuevas, y los Poblenou en Pueblonuevo.
El franquismo actuó por tanto en la toponimia menor en contra de la tradición; y ahora la corriente dominante actúa en la toponimia mayor... en contra de la tradición. Por eso muchos escribimos en castellano Lleida y Girona; mientras que se mantienen en catalán Ciutat Reial o Cadis.
Quienes deseen oponerse a ello habrán encontrado en estos párrafos inmediatos alguna razón para hacerlo. Sin embargo, el arriba firmante prefiere tomar como referencia la buena intención de Cervantes, Guinart y Don Quijote, sin olvidar a doña Guiomar, que también aparecía por allí.
Los catalanes, los vascos y los gallegos han vivido tantos años la opresión oficial sobre su idioma, que no nos debiera costar nada a los castellanohablantes disponer nuestra voluntad para compensar mínimamente aquellos golpes, aunque ninguna culpa tuviéramos en ellos. Asumir Girona en vez de Gerona puede no hallar base técnica, pero muestra sin duda un gesto de mano tendida, un acto de desagravio.
Pistoletes o pedreñales, galgos o podencos, amigo Sancho, son poco más que palabras, sí. Pero con palabras creamos la amistad y la convivencia, y a veces las palabras son en sí mismas hechos que hablan.
jueves, 10 de octubre de 2013
Catalonia
http://blogs.lse.ac.uk/eurocrisispress/2013/09/30/the-independence-of-catalonia-jumping-on-a-bandwagon/
martes, 8 de octubre de 2013
La lambada no se baila en Fuengirola
Otro ejemplo de intolerancia y estupidez. La identidad no se decide por un bando o por una ley un estatuto o una constitución....es absurdo.
En Fuengirola
no se baila la lambada en feria. Las casetas del recinto ferial tienen
prohibida la música que no sea en español y todo lo que suene a ritmo
latino. Tampoco se puede escuchar funk, rap, reggaetón, música electrónica, hip hop, reggae, heavy metal, country o punk.
Ni música gótica. De hecho, todos estos estilos no se pueden pinchar
“bajo ningún concepto”, según determina el bando emitido por la alcaldesa, Esperanza Oña (PP),
con motivo de los festejos en honor a la Virgen del Rosario, que se
celebran entre el 6 y el 12 de octubre. Quien se atreva a desobedecer se
puede exponer a una sanción económica por una infracción leve.
Las reglas sobre la ambientación musical no son nuevas y la obligación de que la música sea exclusivamente en español se remonta a 2008. “Es absolutamente ridículo”, apunta el portavoz municipal del PSOE, Juan Pedro Álvarez, quien recuerda que el año pasado se pusieron un par de multas a otros tantos locales que se arriesgaron con el reggaetón.
El tema da para mucho debate y genera dudas sobre lo que es o no correcto. Una sevillana o una rumba pasarían el filtro sin problema porque se trata de sonidos tradicionales andaluces y españoles. Pero el repertorio del cantante almeriense David Bisbal, por ejemplo, puede generar titubeos debido a que abundan los ritmos latinos y, con la orden municipal en la mano, estarían completamente desautorizados. Y eso sin hablar de las canciones que el artista ha grabado en inglés.
El punto más curioso es el número seis de la sección D del bando municipal, que a lo largo de siete páginas informa sobre “las normas de higiene, respeto y convivencia” de los festejos, los últimos del año de una gran ciudad andaluza. Este capítulo se refiere al uso y la ocupación del recinto ferial, ubicado en la frontera con la zona de Los Boliches y escenario tanto de las actividades de día como de noche. Además de autorizar en exclusiva las músicas “interpretadas en español” y de no permitir “bajo ningún concepto” los ritmos latinos y una decena de estilos musicales, este apartado prohíbe cobrar entrada y establece que la decoración debe basarse en elementos de la cultura, la tradición y el arte andaluces.
Hay 33 casetas, la inmensa mayoría regidas por peñas. Desde el equipo de gobierno local explican que el uso del recinto se reguló en 2008 a petición de los propios peñistas y que fueron estos los que reclamaron que se protegieran las tradiciones de una feria que tiene más de 150 años de historia. Entonces se elaboró una ordenanza que fija las normas de iluminación, decoración y música, que ahora se recuerdan en el bando dictado por la alcaldesa y vicepresidenta segunda del Parlamento andaluz. El modelo se compara con el de Jerez y Sevilla.
Fuentes municipales rechazan las críticas del PSOE y recuerdan que este partido votó a favor de la normativa. Intentan, además, restar importancia a la polémica, muy comentada este lunes en redes sociales como Twitter, y precisan que la policía no se dedica a perseguir canciones inadecuadas.
En Fuengirola (75.953 habitantes) residen 27.643 personas de nacionalidad extranjera, según el último censo publicado por el Instituto Nacional de Estadística. Una de las citas turísticas más destacadas del año en el municipio es la Feria Internacional de los Pueblos, que va camino de su vigésima edición y que el pasado mayo reunió la oferta de más de 30 ciudades y países. Oña, alcaldesa desde hace más de dos décadas, pidió el voto en las elecciones de 2007 con un vídeo a golpe de música latina. “Fuengirola con ritmo propio”, decía el tema.
Las reglas sobre la ambientación musical no son nuevas y la obligación de que la música sea exclusivamente en español se remonta a 2008. “Es absolutamente ridículo”, apunta el portavoz municipal del PSOE, Juan Pedro Álvarez, quien recuerda que el año pasado se pusieron un par de multas a otros tantos locales que se arriesgaron con el reggaetón.
El tema da para mucho debate y genera dudas sobre lo que es o no correcto. Una sevillana o una rumba pasarían el filtro sin problema porque se trata de sonidos tradicionales andaluces y españoles. Pero el repertorio del cantante almeriense David Bisbal, por ejemplo, puede generar titubeos debido a que abundan los ritmos latinos y, con la orden municipal en la mano, estarían completamente desautorizados. Y eso sin hablar de las canciones que el artista ha grabado en inglés.
El punto más curioso es el número seis de la sección D del bando municipal, que a lo largo de siete páginas informa sobre “las normas de higiene, respeto y convivencia” de los festejos, los últimos del año de una gran ciudad andaluza. Este capítulo se refiere al uso y la ocupación del recinto ferial, ubicado en la frontera con la zona de Los Boliches y escenario tanto de las actividades de día como de noche. Además de autorizar en exclusiva las músicas “interpretadas en español” y de no permitir “bajo ningún concepto” los ritmos latinos y una decena de estilos musicales, este apartado prohíbe cobrar entrada y establece que la decoración debe basarse en elementos de la cultura, la tradición y el arte andaluces.
Hay 33 casetas, la inmensa mayoría regidas por peñas. Desde el equipo de gobierno local explican que el uso del recinto se reguló en 2008 a petición de los propios peñistas y que fueron estos los que reclamaron que se protegieran las tradiciones de una feria que tiene más de 150 años de historia. Entonces se elaboró una ordenanza que fija las normas de iluminación, decoración y música, que ahora se recuerdan en el bando dictado por la alcaldesa y vicepresidenta segunda del Parlamento andaluz. El modelo se compara con el de Jerez y Sevilla.
Fuentes municipales rechazan las críticas del PSOE y recuerdan que este partido votó a favor de la normativa. Intentan, además, restar importancia a la polémica, muy comentada este lunes en redes sociales como Twitter, y precisan que la policía no se dedica a perseguir canciones inadecuadas.
En Fuengirola (75.953 habitantes) residen 27.643 personas de nacionalidad extranjera, según el último censo publicado por el Instituto Nacional de Estadística. Una de las citas turísticas más destacadas del año en el municipio es la Feria Internacional de los Pueblos, que va camino de su vigésima edición y que el pasado mayo reunió la oferta de más de 30 ciudades y países. Oña, alcaldesa desde hace más de dos décadas, pidió el voto en las elecciones de 2007 con un vídeo a golpe de música latina. “Fuengirola con ritmo propio”, decía el tema.
viernes, 4 de octubre de 2013
Conservar el euro y la doble nacionalidad
o se puede pedir a los nacionalistas originalidad. Desgraciadamente,
lo que dicen es, en el fondo, muy similar en todas partes. Algunos
comentaristas han destacado las nuevas promesas globo de los señores Mas
y Junqueras de que en caso de que Cataluña se independizase los
catalanes podrían, respectivamente, conservar el euro y la doble
nacionalidad catalana-española.
En vísperas del referéndum de 1995 en Quebec, los nacionalistas hicieron exactamente la misma promesa de conservar el dólar y el pasaporte canadiense, aun a sabiendas de que ambas cosas no estaban en sus manos. Lo que no dijeron en público fue que en caso de tener que lanzar una moneda nueva, iban a respaldar la aventura con los fondos de pensiones de los quebequenses. Y lo que sí dijo en privado el señor Jacques Parizeau, entonces líder principal del Partido Quebequense, es que para entonces ya sería tarde para volverse atrás, “como cuando se cuece una langosta”.— Antonio Cazorla Sánchez. Ottawa, Canadá.
En vísperas del referéndum de 1995 en Quebec, los nacionalistas hicieron exactamente la misma promesa de conservar el dólar y el pasaporte canadiense, aun a sabiendas de que ambas cosas no estaban en sus manos. Lo que no dijeron en público fue que en caso de tener que lanzar una moneda nueva, iban a respaldar la aventura con los fondos de pensiones de los quebequenses. Y lo que sí dijo en privado el señor Jacques Parizeau, entonces líder principal del Partido Quebequense, es que para entonces ya sería tarde para volverse atrás, “como cuando se cuece una langosta”.— Antonio Cazorla Sánchez. Ottawa, Canadá.
En qué consistía la integración de los emigrantes andaluces en cataluña
- Aprenda catalán para integrarse
-Siga las tradiciones
-Siga al Barça
-Siga nuestra televisión
- Hábleme en catalán
-Escolarice a sus hijos exclusivamente en catalán
-Traduzca su nombre, sus apellidos
- Olvide sus orígenes, su historia, sus familiares
-----------------------------------------------------------------------------------------------------
Nosotros no haremos nada por integrarnos ;) y cuando podamos nos independizaremos..
Yo pensaba que la integración era compartir y respetarse..pero veo que no.
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Nosotros no haremos nada por integrarnos ;) y cuando podamos nos independizaremos..
Yo pensaba que la integración era compartir y respetarse..pero veo que no.
Los límites de la democracia
El único motivo razonable del plan secesionista sería el convencimiento de los catalanes de no pertenecer a la sociedad española; si es así, sería bueno saber en qué se diferenciaría una constitución catalana de la actual
ENRIQUE FLORES
Quizás mis mayores dudas se refieren al primero de estos puntos. Poner por delante el talante democrático es hábil e inteligente. Ante ideas tan poderosas como democracia y mayoría, ¿quién puede oponerse a que los catalanes debatan abierta y pacíficamente los pros y contras de la independencia y luego expresen con el voto su posición en las urnas? Ante este argumento, la respuesta del Gobierno central, que invalida el objeto mismo del referéndum por ser inconstitucional, suena débil y distante; una respuesta de trámite que no parece haber hecho mella en la convicción del señor Mas de que la solución de este asunto pasa necesariamente por una votación democrática.
Sin embargo, como ocurre con muchas cosas buenas de la vida, para sacar el mejor provecho de ella, la democracia debe estar sometida a limitaciones. La democracia es un método (la regla de la mayoría) para tomar decisiones dentro de una comunidad que comparte valores básicos, previos e independientes de este método. Son estos valores básicos los que determinan si las decisiones adoptadas son buenas o no, los que dan legitimidad a las decisiones de la mayoría. La democracia, dentro de este marco de valores básicos, es el mejor método de decisión y, sin duda, la forma más inteligente de retirar (y dar) poder a los Gobiernos. Pero la regla de la mayoría, por sí misma, no puede garantizar la bondad de las políticas adoptadas.
De ahí que las sociedades civilizadas limiten de forma explícita, a través de normas constitucionales, el ámbito de actuación de sus Gobiernos y Parlamentos, y el uso que los mismos pueden hacer de la regla de la mayoría. Una Constitución es un documento escrito por hombres y mujeres. Por tanto recoge de forma imperfecta este conjunto de valores básicos. Pero el tiempo ha ido destilando principios, presentes en la mayoría de las Constituciones, con los que es difícil no estar de acuerdo; entre otros: el derecho a la privacidad y al secreto; la libertad de expresión, asociación y movimiento; la generalidad, igualdad y certidumbre de las leyes; el derecho a la propiedad, su transferencia por consenso y el cumplimiento de las promesas; la separación de poderes y la limitación de las competencias que pueden ostentar tribunales, cuerpos legislativos y Administraciones. Un conjunto de principios cuyo fin último es proteger la libertad del individuo.
Centrándome en el último de estos principios, es evidente que la convocatoria de un referéndum para la independencia por parte del Gobierno catalán excedería con mucho a sus atribuciones legales. Hacer más de lo que uno debe podría parecer una falta dispensable cuando se hace en nombre de la democracia y al servicio de la búsqueda de la opinión mayoritaria de los catalanes. Sin embargo, la violación del Estado de derecho por parte de una Administración desmorona las bases en las que se asienta la convivencia social, introduce inseguridad jurídica y puede coartar, por tanto, la libertad individual. Entiendo que el señor Mas, que no admite un referéndum ilegal, comparte esta evaluación.
Otro punto con el que estoy de acuerdo es el llamamiento que hizo a evitar imposiciones de la mayoría independentista. Mi duda aquí es la entidad y naturaleza de esta mayoría. El apoyo cívico masivo a la independencia es de reciente formación y sería erróneo considerarlo plenamente consolidado. Es verdad que se sustenta en dos considerables manifestaciones populares, que pueden haber reunido a más de un millón de personas cada una. Pero, con ser importante, estamos hablando de un determinado colectivo en un determinado momento. Un estado de opinión no necesariamente homogéneo y que, por lo que señalan las encuestas, ha dado muestras de inestabilidad ante dos hipotéticas situaciones: la posibilidad de que una Cataluña independiente deba, por lo menos inicialmente, abandonar la pertenencia a la Unión Europea, y la potencial mejora del sistema de financiación autonómica. En estas circunstancias, ¿quién dice que la mayoría de un momento dado pueda determinar de forma irrevocable el destino de millones de catalanes que se sienten libres en el seno de la Constitución española y que desconocen cuál sería su futuro en una Cataluña independiente?
Si el referéndum no puede ser legal, que sea por lo menos tolerado. Esta es la parte del discurso del señor Mas que no he acabado de entender. Es un reconocimiento implícito de la imposibilidad de un referéndum legal, pero a la vez un acto de fe considerable en la capacidad y poder de los políticos para adaptar las normas a sus deseos. La democracia no puede ser utilizada para la obtención de un fin que se oponga frontalmente al Estado de derecho. No todo puede resolverse, aunque haya voluntad política, porque ello equivale a ignorar que la función fundamental del Estado de derecho es proteger al ciudadano, precisamente limitando la acción de Gobiernos, órganos legislativos y políticos. No hay acuerdo político aceptable que pueda suspender el Estado de derecho.
Ello no significa que las Constituciones sean inmutables. La evolución de los valores básicos es, por la propia naturaleza de estos valores, una cuestión necesariamente gradual y de alcance temporal muy largo. Pero la aplicación de estos principios a una realidad social y organización institucional concretas, que es lo que las Constituciones hacen, es naturalmente objeto de reforma y promoción política. Cuestiones como la financiación regional o el perfeccionamiento de la de facto estructura federal del Estado, caben perfectamente en la agenda de reformas si se alcanza el consenso político necesario. En cambio, la incorporación del derecho a la autodeterminación, aparte de introducir de raíz inestabilidad política y social, no cabe en una Constitución moderna. Una Constitución refleja el compromiso de un conjunto de individuos sobre una serie de valores básicos y un proyecto social en común, y reconoce derechos a personas pero no a territorios.
Me es difícil valorar la voluntad de secesión en términos de la falta de confianza que pueda existir entre los catalanes y los demás españoles. Y tampoco comparto que, en un país en el que las leyes tributarias son generales y la política de gasto público del Gobierno central está sometida a la ley y al control de la oposición y del electorado, pueda ocurrir que un territorio acabe sometido económicamente a otro. De ahí que la única justificación del propósito secesionista que veo sea el convencimiento de los catalanes de no pertenecer a la sociedad española; de no compartir los valores básicos en los que se asienta su Estado de derecho. Pero si es así, sería bueno que quienes favorecen la independencia nos dijeran en qué se diferenciaría la Constitución catalana de la española. Si en materia de valores básicos la Constitución catalana va a ser igual que la española, no hay argumento económico que pueda justificar la independencia y los enormes costes de transición que la misma conlleva. Y si el cambio fundamental consiste en otorgar a la mayoría poder de decisión sobre cualquier cuestión, la Cataluña independiente que se está ofreciendo a los catalanes corre peligro de acabar convirtiéndose en una sociedad esencialmente antidemocrática.
Es necesario debatir estas cuestiones tan larga y ampliamente como sea menester. Solo de las conclusiones de este debate, de los resultados de las elecciones que el president Mas anunció y posiblemente tendrá que convocar, de los de otras muchas elecciones que seguirán, y sobre todo de la perspectiva que otorga el paso del tiempo, nos será posible entender si los catalanes, en su gran mayoría, se sienten o no tan alejados y distintos de los demás españoles.
Antoni Zabalza es catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Valencia
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