viernes, 31 de enero de 2014

El infinito catalán y más allá

Nuestra democracia tiene un problema ineludible en Cataluña. Cuando una parte significativa de españoles que viven en Cataluña, o de catalanes que viven en España a través de Cataluña, están muy descontentos con los términos del vigente contrato de convivencia y quieren romperlo, todos los españoles tenemos una dificultad importante. Por mucho que algunos se empeñen en taparse los ojos esperando que se desvanezca solo, no lo hará y aunque el paso del tiempo pueda reducir su efervescencia (¿qué pasa al día siguiente de una declaración unilateral de independencia, aprobada por el próximo Parlament tras unas elecciones plebiscitarias?), ganará en enconamiento, si no somos capaces de encontrarle soluciones positivas.
Debemos empezar enmarcando correctamente la situación: no es un problema “con” Cataluña, sino “en” Cataluña, ya que la misma existencia de dos entidades abstractas, esencialistas, monolíticas y diferentes, como España y Cataluña, forma parte de la visión interesada de los nacionalistas, que no compartimos quienes no lo somos. Mucho menos, si se presenta como la confrontación de una entidad contra la otra, ¡desde hace 300 años! En primer lugar, porque no solo España es plural (se puede vivir en Madrid y no ser centralista), sino que Cataluña también es plural (hay catalanes que no quieren la independencia). Pero, sobre todo, porque la relación entre el todo y una de sus partes más dinámicas, por muy complicada que sea, nunca es de suma cero (una gana lo que la otra pierde), ya que o ambas ganan, o ambas pierden.
En los últimos 35 años, gracias sobre todo al sistema autonómico constitucional, ambas partes han ganado con lo que ganaba la otra. Eso explica que, dentro de la dinámica típica del debate democrático entre intereses diversos y recursos escasos, “España” ha estado interesada en sacar adelante asuntos que beneficiaban a “Cataluña” y “Cataluña” ha estado interesada en contribuir a la gobernabilidad de “España”, sobre todo, cuando la no existencia de mayorías absolutas en el Parlamento concedía mayor poder de decisión a los votos de partidos que solo se presentaban en Cataluña. Porque si le va bien a Cataluña, le va bien a España, y que le vaya bien a Cataluña depende, en parte, de lo que haga el Gobierno de España en una relación marcada más por la existencia de una tupida red de intereses cruzados a lo largo de los siglos, que por el simplismo de buenos y malos, agrupados a cada lado de la raya.
El marco de referencia para el debate debería ser la comisión general autonómica del Senado
Desde hace dos años, sin embargo, uno de los principales actores que mantenía en funcionamiento tan compleja ecuación dinámica, ha cambiado el signo que venía caracterizándole desde la instauración de la democracia. Con la sentencia (2010) del Tribunal Constitucional sobre el Estatut como excusa, la principal coalición política de Cataluña, Convergencia i Unió, ha movido radicalmente su posición histórica desde el nacionalismo democrático, hacia el soberanismo independentista que, hasta ahora, era patrimonio de otras fuerzas minoritarias. Con ello, ha abandonado el posibilismo por la utopía, el pacto por la confrontación y la búsqueda de soluciones por el agravamiento del problema.
No voy a analizar si tal reacción está más o menos justificada, o si es más o menos desproporcionada. Viví, como ministro del ramo, los avatares de la negociación del Estatut, cuyo texto final voté como diputado convencido de su bondad como expresión del mejor acuerdo posible en aquel momento. Además, creí un error político grave el partidismo que llevó al PP a recurrir ante el Constitucional artículos del Estatut que había aceptado en otros textos de reforma estatutaria, como también considero inadecuado que el Tribunal Constitucional se pronuncie después de un referéndum, aunque es lo que marca la ley, e igualmente creo que su sentencia, por debajo de la espuma, descalificaba más a los recurrentes que a los defensores del texto aprobado en el Parlamento, es decir, que se pudo hacer, desde los partidos catalanes, otra lectura política de la misma.
Me interesa más desarrollar el clásico “y ahora, ¿qué?”, empezando por descartar, con rotundidad, dos ideas: no creo que el problema se resuelva mediante el “tancredismo” de esperar a que escampe o, confiándolo todo al calor de la recuperación económica o de una mejora en el sistema de financiación autonómico. Pero tampoco creo que la solución sea embarcar a la sociedad catalana en una aventura independentista revestida de carta a los Reyes Magos y de supuesto ejercicio elemental de democracia, saltándose las reglas que dan sentido, precisamente, a la verdadera democracia (todo dictador que se precie, gana referendos).
En el momento actual, a partir de todo el camino ya recorrido, solo veo tres movimientos posibles para la coalición gobernante en Cataluña: primera, plantear irse de todas todas, haga lo que haga el resto de España; segunda, estar dispuesta a irse de España como último recurso, si no se encuentra una solución satisfactoria al actual memorial de agravios (que convendría conocer); tercera, irse, pero solo si se hace de mutuo acuerdo con lo que quede de una España sin Cataluña (y lo que pueda significar ese movimiento para el nacionalismo vasco, o canario). Cada una de estas posiciones enmarca el campo y las reglas del juego político de una manera radicalmente diferentes. Si defiende irse en cualquier caso, posición que parece expresar, a veces, elpresident Mas, no hay terreno para ninguna negociación con “España”, ni se tienen que respetar las leyes constitucionales vigentes que son, precisamente, con las que se quiere romper. Es un escenario de confrontación pura y dura, que solo deja a la otra parte la confrontación como única respuesta. Hay demasiados ejemplos recientes sobre lo dañino de este supuesto, como para que me extienda en la irresponsabilidad que contrae quien se deslice en espiral por el mismo.
La solución no está ni en el dontancredismo ni en embarcar a los catalanes en el independentismo
El escenario de una independencia “pactada”, solución, al parecer, propuesta por algunos dirigentes de Unió, debería llevar a una actitud diferente por parte de quien debe buscar convencer al otro, y no solo a los propios, de la bondad de la independencia. Se trataría de hacer pedagogía en toda España con argumentos a favor de la tesis de que ambas partes ganan con la ruptura o que, al menos, es la menos mala de todas las opciones posibles. Una ruptura pactada requiere más tiempo (décadas en el caso de Quebec o Escocia sin haberlo conseguido, no tres años que llevamos aquí), menos amenazas (habría que retirar el referéndum anunciado unilateralmente) y, sobre todo, menos insultos (expolio fiscal, agresión histórica, parásitos, etcétera). Amenazar con la independencia de Cataluña para forzar un acuerdo que nos permita seguir viviendo juntos en España, aunque con unas reglas del juego remozadas, parece, pues, el escenario más deseable y, seguramente, más probable. Sin embargo, muchos nos preguntamos si para acabar forzando un acuerdo, hacía falta cargar las alforjas de tanta dinamita (¿tendría el independentismo la fuerza que tiene hoy en Cataluña, si la actual cúpula de CiU no le hubiera dado carta de naturaleza con su giro político?).
Pero si hay que trabajar por encontrar una salida, renegociando a fondo las actuales reglas de la convivencia entre españoles, por ejemplo, mediante un nuevo Estatut y una reforma federal de la Constitución, o empezamos a exigir a los actuales sujetos políticos del juego que den pasos relevantes en esa dirección cambiando de manera drástica la actitud que vienen desempeñando hasta ahora (inmovilidad versus salto en el vacío), o cambiamos a los actores protagonistas, o encargamos la tarea a unos sujetos políticos distintos, pero muy directamente interesados: las otras comunidades autónomas, unas instituciones del Estado capaces de trascender la partitocracia. Solo una ruptura procedimental como esta podría sacar el asunto de la vía única por la que marchan los dos trenes en direcciones opuestas. Una autoconvocatoria de los presidentes de las comunidades históricas, País Vasco, Galicia y Andalucía para empezar a abordar el problema, con la Comisión General de Comunidades Autónomas del Senado como marco legal de referencia, podría cambiar los términos del debate, desbloqueando la actual situación donde solo podemos perder todos, hacia otro escenario en el que, tal vez, todos podamos ganar. ¿Quién da el primer paso?
Jordi Sevilla fue ministro de Administraciones Públicas entre 2004 y 2008.


Es política, no pedagogía

Ayer seguro que llegaron a Barcelona muchos visitantes extranjeros que no habían estado nunca en esta ciudad y, aunque hubieran estado otras veces, desconocían el régimen jurídico de las lenguas en Cataluña. Al pasear por las calles, subir a un transporte público o tomar una copa en un bar, pudieron comprobar que los ciudadanos se expresaban indistintamente, con toda normalidad y sin conflicto alguno, en catalán y en castellano. ¡Qué facilidad para cambiar de lengua sin ni siquiera pensarlo!, quizás comentaron.
Pero si a estos visitantes les explicaran que la consejera de Enseñanza del Gobierno autónomo catalán no cumple repetidamente ni la ley ni las sentencias porque se opone a que en la escuela se enseñe en castellano, a excepción de la asignatura de Lengua Española, no entenderían nada. ¿Cómo una sociedad tan amable y tolerante, tan dispuesta a cambiar de lengua porque considera que un idioma es ante todo un medio para entenderse y no para enfrentarse, tiene unos gobernantes tan intransigentes y cerriles? Lo que es habitual en la calle, en las familias, entre amigos, está prohibido en escuelas e institutos: el visitante se quedaría asombrado. ¡Qué gente más rara!
Realmente todo es muy raro. Por varias razones. La primera, porque desde hace años es imposible discrepar en algo sobre este tema sin que te descalifiquen: “¡Eres un anticatalán!”. “Bueno, pero si yo simplemente digo que hay que aprender las dos lenguas, que esto del bilingüismo despeja las mentes, está probado…”. “Eres un anticatalán”. No hay diálogo, hay un muro.
Una segunda rareza es el incumplimiento sistemático de la Constitución, el estatuto, las leyes y las sentencias. El Parlamento catalán aprobó una buena primera ley bilingüista en 1983. Al poco ya se incumplía. Por fin, en 1994 una sentencia del TC sentó la doctrina que han aplicado los autos de ayer: el catalán es el centro de gravedad del modelo, pero el castellano no debe ser excluido como lengua vehicular. Una prudente doctrina sin duda protectora del catalán. Han pasado 20 años, con sentencias, leyes, autos, más sentencias: las autoridades catalanas ni caso, las españolas pasando. ¡Un mínimo del 25% lectivo y otra asignatura además de la lengua castellana! Ni eso, no admiten ni eso.
Además hay hipocresía. La normativa no se cumple. En muchas escuelas concertadas y privadas, incluso públicas, se utilizan ambas lenguas. Una ley es arbitraria cuando solo se cumple cuando conviene. La ley no es monolingüista por principio, por supuesto político: no puede admitirse que el castellano sea “también” una lengua oficial de Cataluña porque en el imaginario nacionalista es la lengua de los invasores, se impuso por una “violencia antigua”, como dijo Jordi Pujol hace unos años. Con la lengua en la escuela se hace política, no pedagogía, se quiere inculcar a los catalanes la idea de que en Cataluña solo hay una lengua. Y se está consiguiendo.
Francesc de Carreras es catedrático de Derecho Constitucional en la Autónoma de Barcelona.

miércoles, 29 de enero de 2014

¿Va a durar mucho este 2014?

Quien no tenga una idea más o menos precisa de “la cuestión catalana” acaso no la tenga tampoco de “la cuestión española”. Recordar este entrecomillado de Azaña es como mentar la soga en casa del ahorcado, que es lo que parece vienen haciendo los políticos secesionistas, ponerse una soga en el cuello de Cataluña. Claro que Cataluña no deja de ser el cuello de España.
Podríamos formular lo que sigue de tres maneras: 1. De qué estamos hablando: 2. De qué vamos a hablar; y 3. Ya está todo hablado. En realidad hemos llegado a un punto en que muchos, tanto si desean hablar de la “cuestión catalana” en un sentido o en otro, a favor de la famosa consulta o en contra, prefieren mezclar las tres cuestiones, con excitante confusión.
1. De qué estamos hablando. Hablamos de que una parte de España ha decidido por su cuenta separarse del todo. Si no lo ha entendido uno mal, los secesionistas lo han presentado de la manera más ventajosa para ellos: como un divorcio. ¿Qué ventajas tiene presentarlo de ese modo? La principal es la de hacer creer que se trata de dos partes, más o menos simétricas y soberanas. Cataluña podría, así, al fin, mirar de tú a tú a España, incluso, ¿por qué no?, por encima del hombro. Hace uno o dos meses un jerarca catalán que exportaba el congreso España contra Cataluña a Holanda, afirmó en una de sus universidades que la cultura catalana actual era ya, a día de hoy, muy superior a la española. Lo hizo después de afirmarse allí que Cataluña había sufrido desde 1714 media docena de atropellos violentos. Se trae esto a la colada, porque una vez que se ha admitido que estamos ante un divorcio, la vía más rápida para justificarlo es la de los malos tratos sufridos, presentando al consorte, la España plural, como Una (Grande y Libre), hidra franquista a la que podrá cortársele la cabeza de un solo tajo.
Pero más que de un divorcio parecería que se trata de un pro indiviso, España, de la que forman parte otros muchos propietarios e inquilinos, andaluces, vascos, castellanos, navarros, gallegos, etc, cada cual con sus problemas propios y su idiosincrasia. Para ser exactos, 17+2. En vez de pensar en un matrimonio, pensemos en un inmueble. Un inmueble que hemos levantado entre todos. Los políticos secesionistas han pensado que Cataluña, que por razones históricas y económicas no siempre equitativas y otras justificadísimas ocupa de ese inmueble zonas privilegiadas (algunos de los locales comerciales más codiciados, acceso exclusivo a zonas verdes, la sede del club náutico y, por supuesto, una buena porción de la planta noble), puede quedarse con ellas, dejando al resto de los propietarios por su mala cabeza y su haraganería la escalera de servicio, pisos superiores, buhardillas y, naturalmente, el tejado, con el tácito mandato de que cuiden de las goteras.
No es posible que crean que España firme de mil amores los famosos papeles de su divorcio
Es comprensible, dentro de la ficción que es todo nacionalismo, que alguien crea que, por el hecho de haber usado en exclusividad esas partes de la casa durante muchos años, estas le pertenecen. Pero habrá de convencer al resto de los propietarios de ello. No estando aquí ante un problema de pareja, pues, sino en una comunidad de vecinos, lo importarte no es quererse (aunque desde luego es bonito ir repartiendo besos en el ascensor cada vez que se entra en él), sino llevarse lo mejor posible. Ahora, arrebatar parte del inmueble, el uso de algunas zonas comunes y el derecho a decidir sobre el conjunto sólo porque “Cataluña no se siente querida” y afirmar que, puesto que “no me quieren, me maltratan”, no deja de ser una forma romántica de entender la propiedad privada y sobre todo la ajena.
2. De qué vamos a hablar. En un primer momento se hizo de asuntos fiscales, o sea de gastos comunitarios, derramas y esas cosas de las que se habla en las juntas de comunidad. Como había una gran disparidad de criterios entre los propietarios, dieron en creer los nacionalistas catalanes, o en hacer creer, que se les atropellaba no en tanto que vecinos, sino en tanto que catalanes, y sólo entonces empezaron a circular su identidad y a tirar de manual de agravios, pero al hacerlo, se tropezaron con un gran escollo, los Estatutos de la Comunidad, conocidos también con el nombre de Constitución, un río que había sido hasta ese momento navegable para todos, incluidos ellos.
Los secesionistas urgieron, pues, cambiar la Constitución, y poner este cambio en el orden del día, antes que otros asuntos acaso más acuciantes e importantes para todos, incluidos ellos: paro, corrupción política, recortes… y en tanto llegara ese día, poner en dique seco el barco, o sea Cataluña. Convencidos de que un barco como ese, de tan grandísimo calado, merece aguas más profundas y océanos que lo lleven lejos, empezaron a echar cientos de mensajes en botellas al Mare nostrum (nostrum, nostrum, parece que oigamos), tal vez sin pensar en la ponzoñosa melancolía que podría sobrevenirles si esos mensajes no obtenían respuesta.
“En privado, Mas admite que la consulta no se hará”, se afirma. ¿Será todo acaso un vodevil?
Pero no sólo hablan de la Constitución los secesionistas, sino otros que no lo son en absoluto y que se encuentran, como suele decirse, entre dos aguas. Viendo estos últimos todo ese lío del barco y tratando de persuadirles de que no larguen velas, empezaron a hablar de mejoras por lo demás deseables: drenar el fondo del río de los lodos acumulados, etc. (ahorremos al lector los pormenores de la metáfora). Inútil. Así se lo han hecho saber los secesionistas: “Llegáis tarde. Agradecemos vuestra buena voluntad federal, pero tenemos ya el aparejo presto; sólo esperamos que suba la última gran marea popular para poder zarpar. ¿Adónde? Ya se irá viendo”.
3. Ya está todo hablado. Se supone que en este apartado se encuentran únicamente aquellos que, frente a los pilotos de altura y los marineros de agua dulce, no quieren cambiarla en absoluto, por encontrarse cómodamente en una tierra tan firme como la Constitución. Aunque es cierto que estos papistas de la Constitución tienen un buen argumento (¿Cómo vamos a hablar de la Constitución con quienes has decidido prescindir de ella?), esa tierra es engañosamente firme: basta reconocer la creciente desafección popular hacia la monarquía. Sin embargo hay algo en todo esto que no parece cuadrar: ¿por qué los secesionistas, que también parecen tenerlo ya todo hablado entre sí, reclaman con tanta insistencia una reunión de vecinos, o ni siquiera, una reunión sólo con el presidente de la comunidad, al margen de los vecinos? No es posible que crean o esperen que España firme de mil amores los famosos papeles de su divorcio, o lo que presentan como tal, dando por bueno el originalísimo reparto de gananciales que presumiblemente podrían presentar. ¿Entonces? “En privado, Mas admite que la consulta no se hará”, acaba de afirmar una de las contramaestres constiturreformistas. ¿Será todo acaso un vodevil?
Y aquí estamos los pobres desgraciados que creemos que la gran cultura catalana no puede ser superior a la española, ni al revés, porque nada puede ser superior o inferior a sí mismo. Claro que asistimos atónitos al espectáculo, encogidos por no saber si será de los que acaban en vísperas sicilianas o en la función del bombero torero. ¿Qué ocurrirá cuando Cataluña, subida a una banqueta, despierte de ese sueño real o fingido? ¿Qué, cuando los 17+2 adviertan que pueden dejar de respirar si finalmente Cataluña pierde pie? No lo sabe nadie, pero si no fuese porque no habla uno en nombre propio, sino en el de aquellos que tienen derecho a heredar lo que se construyó entre todos, le entrarían a uno ganas de dejar su parte infinitesimal y usufructuaria de buhardilla y lanzarse a vivir a la intemperie, libre de estos enconos eviternos, agotadores y bastante mezquinos.
Andrés Trapiello es escritor.

domingo, 26 de enero de 2014

TV3

http://lapistoladeeinstein.blogspot.com.es/2014/01/tv3-ja-no-es-la-nostra-es-la-duns-i-no.html?m=1

miércoles, 22 de enero de 2014

martes, 14 de enero de 2014

Risto mejide

http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/hay-una-cosa-que-mas-quiere-decir-3001169

lunes, 13 de enero de 2014

Historia común

http://www.abc.es/local-cataluna/20140112/abci-cataluna-espana-historia-comun-201401101958_1.html

miércoles, 8 de enero de 2014

lunes, 6 de enero de 2014

viernes, 3 de enero de 2014

El born

http://federalistesdesquerres.blogspot.com.es/2013/09/el-born-i-el-relat-sobre-el-1714-per.html?spref=tw&m=1

Pateras por el ebro

http://www.cronicaglobal.com/es/notices/2014/01/-pateras-por-el-ebro-anna-grau-3624.php?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook#.UscGXe3rNWo.twitter

Lo sagrado

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/01/02/catalunya/1388691133_306036.html

Catalonia

http://blogs.lse.ac.uk/europpblog/2013/10/12/the-independence-of-catalonia-jumping-on-a-bandwagon/

jueves, 2 de enero de 2014

1714: ¿buenos y malos catalanes?, de Borja García-Nieto Portabella en La Vanguardia

La guerra de Sucesión a la corona española, iniciada en 1701, fue el peor negocio de nuestra historia. Mal asunto morir sin heredero en España. Con la guerra de Sucesión primero y tres guerras carlistas un siglo más tarde, nos quedamos definitivamente descolgados de Europa.
El tratado de Utrecht supuso el fin de la supremacía española en el orden mundial. La vieja monarquía hispana perdía la mayor parte de sus posesiones europeas y ponía fin a su valioso monopolio colonial. Carlos II, el último de los Austrias españoles, moría en Madrid en 1700. Las dos coronas con derechos sucesorios: los Borbones de Francia y los Habsburgo de Austria se prepararon para la batalla dinástica. Y ello a pesar de que Felipe de Borbón, había sido ya designado por el testamento de Carlos II como legítimo soberano de España. Ni Austria, ni nuestros entonces enemigos tradicionales –Gran Bretaña y Holanda– iban a aceptar esta decisión. Así pues, en España se libra esta contienda entre 1700 y 1713, o 1715 si aceptamos la rendición de Mallorca como el último hecho militar.
Es en esta Europa, que se inicia en el siglo de las luces, de la razón, que debemos situarnos en la Barcelona de 1700. Por un lado, la nobleza urbana y la burguesía más progresista, ilustrada y deseosa de los cambios que venían de Francia, abrazó al pretendiente Borbón. Por otro, la nobleza rural, buena parte del clero y los comerciantes y artesanos que veían con recelo las nuevas ideas del reformismo borbónico, y preferían conservar sus privilegios heredados del régimen anterior, vieron con buenos ojos al archiduque Carlos. ¿Eran unos mejores catalanes que los otros? No, sin duda no. Eran dos formas de ver una realidad social y dos proyectos de sociedad alternativos. Dos personajes relevantes de la historia barcelonesa de ese momento, ilustres ciudadanos y claramente enfrentados enemigos – botifler el uno, austriacista el otro–, fueron mis dos abuelos sextos por línea materna. Uno, Antonio de Alós y Rius, y el otro, José Galcerán de Pinós.
Alós tomó Barcelona con el duque de Berwick y fue uno de los seis prohombres barceloneses que representaron a Felipe V en la entrega de la ciudad. Pinós, enfrente, llevó uno de los cordones del estandarte de Santa Eulalia que enarboló Rafael Casanova el 11 de septiembre. Los dos luchaban por un rey para España, pero cada uno desde su posición y concepción de organización social. Catalunya no perdió ninguna guerra. A los catalanes nos utilizaron unos y otros. El apoyo inglés fue totalmente interesado; el del archiduque se desvaneció cuando heredó en 1711 el trono austriaco. El único interés de las potencias europeas fue el suyo propio. El abuelo Alós juró fidelidad a Felipe V, que había jurado los fueros catalanes recién estrenado su trono. Años más tarde, con la invasión de Barcelona, Alós fue perseguido y saqueada su casa y hacienda, teniendo que escapar disfrazado de sacerdote. ¿Por qué Catalunya abrazó al archiduque Carlos?
Felipe V había confirmado los fueros y privilegios catalanes en las Cortes de Barcelona de 1702. ¿Por qué entonces defender al archiduque? La entrada triunfal en Barcelona del pretendiente austriaco fue el inicio de una contienda más europea que española. La derrota austriaca conllevó perder fueros e instituciones, al no resultar tan magnánimo Felipe V como su abuelo Luis XIV le había sugerido.
Para Vicens Vives, sin embargo, el castigo fue a su vez un revulsivo para los catalanes. Se les abrían las puertas a participar tanto en el mercado peninsular como en el americano, y todas las energías se van a dirigir a reemprender el camino del progreso económico, que se prolongará durante todo el siglo XVIII, coincidiendo con la fundación de las reales academias y el aumento demográfico, viviendo Catalunya un periodo de larga prosperidad.
Esta distinción entre buenos y malos catalanes la arrastramos desde el siglo XVIII. No puedo aceptar que mi abuelo Pinós fuese más o menos catalán que mi abuelo Alós. A lo largo de los siglos los catalanes hemos abrazado causas opuestas según nuestra propia historia y nuestra concepción de modelo de sociedad. ¿Era más catalán Prim que Savalls? Prim liberal, Savalls carlista, ambos catalanes. ¿Cómo medimos la catalanidad? ¿Por la prosperidad relativa que generamos para un país, por nuestros apellidos, por nuestro nivel de catalán, por nuestra adhesión a un partido político u a otro, por nuestro sentimiento de independencia? Catalunya no ganó ni perdió guerras. Los catalanes las ganamos o perdimos, estando de un lado o de otro. En 1936, otra terrible guerra, dónde unos y otros, todos catalanes, se enfrentaron por un modelo de sociedad. Como excepción a mis afirmaciones, sí debemos decir que Catalunya perdió instituciones propias y privilegios en función de que unos u otros fuesen los vencedores.
Hoy, con nuestras instituciones más vivas que nunca, gozamos de un nivel de autogobierno jamás disfrutado. Mejorar nuestras instituciones y los instrumentos de gobierno, hacerlos más cercanos y eficaces, repensar el modelo de ingresos y gastos, plantear modelos de financiación alternativos al actual, todo cabe. Pero no perdamos de vista la realidad, ni nuestra historia, y menos los nuevos momentos que vive Europa y el mundo. Una Europa, con una progresiva unión bancaria y fiscal y el mundo con tres bloques que luchan por encontrar su espacio, que se desplaza hacia Oriente. No nos podemos engañar, ni engañar con falsas quimeras. Que cada uno se sienta como quiera, pero yo seguiré defendiendo que no existen catalanes buenos y malos, que todos lo son, tanto Alós como Pinós y, por supuesto, aquellos que como yo, nos sentimos tan catalanes como españoles.
Borja García-Nieto Portabella, presidente del Círculo Ecuestre.

Respuesta al desafío soberanista/Hartazgo de 1714

Ante el presente desafío soberanista catalán es absolutamente imprescindible la unidad de al menos los dos grandes partidos españoles. Sería una irresponsabilidad histórica imperdonable que cualquiera de ambos antepusiera el afán electoralista o la animadversión al otro a los intereses generales del país.
De momento, parece que esta postura unitaria se está produciendo; pero, sobre todo desde algunos sectores del partido en la oposición, se pone cierto énfasis en la necesidad de que el Gobierno haga algo más que negar la legalidad de la pretendida consulta. No digo yo que el partido hoy en el poder no deba hacer algún movimiento para intentar limar asperezas y acercar posiciones distanciadas; sin embargo, tampoco haría mal la oposición en concretar en qué sentido y de qué manera deben darse esos pasos que reclama, que bien podrían ser consensuados previamente por ambas formaciones para ofrecer así una respuesta sólida y común al presente desafío.— Carlos Bravo Suárez. Graus, Huesca.

La campaña para el independentismo que está organizando el Gobierno de Cataluña va a comportar todo un dispendio que supone dejar de atender gran parte de las principales necesidades de muchas familias que están sufriendo las consecuencias de los recortes en atenciones primarias.
A veces resulta desolador comprobar que estamos en manos de quienes en vez de valorar, con la sensibilidad y la urgencia requeridas, el orden de prioridades, nos llevan a una delirante aventura para satisfacer la soberbia nacionalista, que ya apunta a un grave riesgo de desgarro social.
No estaría de más que los promotores del secesionismo nos explicaran el alcance de sus ventajas y, sobre todo, el de sus inconvenientes. Y cuáles son los objetivos concretos una vez fuera del marco de la Constitución, garante para la convivencia dentro de la integridad territorial del Estado.— Jordi S. Berenguer. Barcelona.

La Navidad llama a la paz y a la alegría, que para lo contrario ya tenemos el resto del año. Por eso sorprende que Artur Mas felicite la fiestas con una postal que representa el asedio previo al bombardeo de Barcelona de 1705 en que murieron cientos de mujeres y niños de la ciudad. Es, sin duda, una manera rara de desear paz y felicidad.
¿Ha pensado Mas que tanta obsesión enfermiza con el siglo XVIII y sus batallitas está resultando casi ridícula? Ahí tenemos el simposio España contra Cataluña, decenas de actos sobre 1714 e incluso en algunos hospitales, entre vacunas y medicamentos, te dan folletos sobre la Guerra de Sucesión. Solo pensar que el próximo año nos van a estar dando la brasa continuamente con el tricentenario dan ganas de exiliarse a las antípodas. Afortunadamente Australia no participó en la Guerra de Sucesión.—María José Raga. Salou, Tarragona.

Lo dicho, nos creen tontos, son tontos o su prepotencia es tan elevada que no ven su estupidez. Se quieren separar de España sin contar con España y ahora afirman que, una vez independientes, deberán mantener, si cabe, una mayor relación de amistad con España, el Barça y el Español podrán jugar en la Liga Española y habrá que formar la Liga Ibérica formada por Cataluña, Portugal, Andorra y España. — Daniel González. Barcelona.

Uno de los principales argumentos de los partidos políticos que están a favor de consultar a los ciudadanos de Cataluña es que preguntar a los catalanes acabará de una vez por todas con la tensión política que lleva más de un año asolando a la sociedad catalana.
Sin embargo, y sea cual sea su resultado, la celebración de la consulta dividirá a la sociedad en dos comunidades: unos se sentirán extranjeros por no poder seguir siendo españoles en su nuevo país, si gana el sí, mientras que en el caso de que gane el no, los perdedores se sentirán “encarcelados” en un país que ha utilizado todos los resortes que tiene un Estado, para que no ganase el a la separación.
El independentismo ha doblado sus apoyos en los últimos tres años, revelando que su origen no es un sentimiento independentista genuino, sino la crisis económica y política que afecta a España y cuyo producto y resultado en Cataluña es el independentismo. Las reformas —territoriales, de calidad democrática, institucionales, económicas— serán las únicas que resolverán este problema, y no una consulta que lo único que hará será atizar la división dentro de la propia sociedad catalana.— Moisés Gómez Díaz.

Si el maltrato de España a Cataluña da para un congreso de tres días, el de España contra España daría para una carrera universitaria, incluidos doctorado y máster. Yo ya me imagino otro congreso en Sevilla: España contra Andalucía; en Mérida: España contra Extremadura, con un pase remasterizado de Los santos inocentes; otro en Burgos: España contra Castilla La Vieja, con otro pase de Las ratas o de El espíritu de la colmena, más mesetaria si cabe; en Toledo, España contra Castilla-La Mancha, aquí podría encajar El viaje a ninguna parte, sin segundas, porque el aeropuerto de Ciudad Real no da para más de momento. Podríamos seguir en Murcia, Galicia, Asturias, etcétera. Y llevados hasta el final de nuestro empeño crear un parque temático de agravios, ahora que Adelson deja Eurovegas. No sé si ir al registro de patentes y pasar por ventanilla antes de que algún espabilado se adelante y me deje a dos velas. Las crisis es lo que tienen.— Pelayo Molinero Gete.

 ¿Quiere que Cataluña sea un Estado y le toque la lotería? Esa debería ser la formulación de la pregunta y que estaría más en concordancia con el currículo de aquellos que pretenden efectuar un referéndum ilegal, incumplir las leyes y faltar a los juramentos realizados.— Juan Fernández Sánchez. Stuttgart, Alemania. 

Soy uno de esos 400.000 catalanes que viven fuera de Cataluña y llevo algún tiempo haciéndome esta pregunta: ¿en qué me quieren convertir los impulsores de la descabellada propuesta separatista?, ¿en un extranjero en mi tierra? Supongo que imperarán la cordura y el respeto a las leyes, y, como en su día ocurrió con el plan Ibarretxe, el verdadero ámbito de decisión, que es el que nos abraza a todos los españoles, pondrá fin a esta desafortunada aventura del nacionalismo catalán.
Más le valdría a la Generalitat preocuparse por Cataluña, que en los últimos años ha dejado de ser el referente económico y cultural de otros tiempos. Puedo asegurarles además, porque soy testigo de ello, que está en el momento de mayor rechazo desde los tiempos del franquismo, mientras que allá por finales de los setenta era vista con admiración. Y aún añadiré otra cosa: se está convirtiendo en un territorio demasiado hostil con los enemigos que se ha creado. En el año 1992, mi hijo se paseó por las Ramblas con el traje del Real Madrid que le habíamos comprado allí mismo, pero en 2009 pude ver en Girona algunas muestras de intransigencia exclusivista que serían largas de referir. El nacionalismo se está cargando a Cataluña en muchos aspectos: no es España contra Cataluña, es Cataluña contra Cataluña.— Pablo López Gómez. Tres Cantos, Madrid.
 

De 1714 a 1914

La conmemoración de 1714 tendrá un tono preponderante y es probable que la memoria de 1914 pase a segundo plano

 

A tres siglos del 11 de setiembre de 1714, la Cataluña institucional va a dedicar todos sus recursos a ahondar en la idea de una Guerra de Sucesión interpretada como agresión de España contra Cataluña. Con toda la energía pública concentrada en la celebración entre “pop” y victimista de tres siglos de sojuzgamiento colectivo, el siglo transcurrido desde el agosto de 1914 carecerá de significado. Aún así, es postulable que la Gran Guerra iniciada en 1914 hoy nos siga afectándonos más que 1714. Incluso en Cataluña. Para The Economist, lo más posible es que ninguno de los peligros actuales del mundo lleve a un efecto comparable a los horrores de 1914. Apartarse tanto de la reflexión europea sobre 1914 será indicativo de una cierta desasistencia intelectual mientras que la historiografía nacionalista dogmática convierte la conmemoración de los tres siglos desde de 1714 en nostalgia de una irrealidad al servicio de un grave error político.
Si el acontecer histórico puede interpretarse de forma plural, por ahora lo más significativo es la desproporción entre el respaldo institucional a las tesis nacionalistas sobre 1714, como si no existieran otros modos de entender el pasado de Cataluña. Eso la limitaría a efemérides para el twitter, más que para el análisis. Por el contrario, con el centenario de la Gran Guerra, están apareciendo reinterpretaciones de gran magnitud tendentes a matizar causas y responsabilidades. Sería natural que algo parecido se viera a los tres siglos de 1714. Por ahora, lo que más destaca son las versiones maniqueas, unívocas y oficialistas.
En realidad, para la Cataluña moderna, ¿cuáles son las equivalencias y las antítesis entre el impacto de 1714 y el de 1914? 1714 abrió la economía catalana y generó prosperidad. 1914, en razón de la neutralidad de España, tuvo una primera etapa de enriquecimiento intensivo que luego pasó a ser una fase de inflación. Lo lamentable es que, de modo previsible, la conmemoración de 1714, cuyo prólogo de megalomanía es la reconversión del mercado del Born en templo victimario, tendrá un tono preponderante de activismo, en un contexto de hervor independentista. No puede ser casual. Y lo probable es que la memoria de 1914 pase a segundo plano. También es de lamentar porque aún cuando España fuese neutral en la Gran Guerra las repercusiones de aquel conflicto siguen vivas y conciernen a toda Europa, de forma trágica y fundamental. Para la Cataluña de inicios de siglo, 1914 es un impacto central.
La Guerra de Sucesión fue un enfrentamiento dinástico entre los Borbones y los Austrias, como piezas del precario equilibrio europeo. Como todas las guerras, tuvo efectos de retaliación— por ejemplo, respecto a la tradición jurídica y los usos lingüísticos— y al mismo tiempo reactivó la economía catalana con un efecto de apertura. Vicens Vives habla de un anquilosamiento que va cesando. Entre otras cosas, obligó —dice— a los catalanes a mirar hacia el porvenir y les liberó de las trabas paralizadoras de un mecanismo legislativo inactual.
También 1914 avaló cierto agit-prop aunque en el fondo fuese un nuevo caso de fracaso elevado a mito. En 1914, la opinión pública se divide entre aliadófilos y germanófilos. Muy esquemáticamente, la izquierda es aliadófila y la derecha, germanófila. Visto hoy, había más matices. Lo decisivo, ciertamente, fue el neutralismo de España, apoyado por la Lliga de Cambó. En aquel momento, en términos propagandísticos, cundió la idea de que la victoria aliada abriría las puertas a la emancipación de Cataluña. Fue aclamada la noticia de que unos veinte mil catalanes se habían enrolado en la Legión Extranjera francesa para contribuir al hundimiento de los imperios y la liberación de los pueblos oprimidos, con el objetivo de conseguir una república federal para Cataluña. Luego los historiadores han especificado que los veinte mil en realidad no pasaron de mil. Al finalizar la guerra, la idea de autodeterminación asumida por los principios del presidente Wilson —casi de inmediato, descontento con tal formulación— reavivó sin resultado el empeño nacionalista. A continuación, lo que había sido durante la guerra acceso a los mercados europeos se convirtió en crisis, inflación y conflicto social. Decayó la euforia industrial en Cataluña y hubo que reclamar más aranceles.
Aunque algo se sospecha, es pronto para vaticinar lo que quedará de las celebraciones de 1714. Respecto a la Cataluña de 1914, algo quedó de envergadura intelectual. Por ejemplo, las glosas tituladas Lletres a Tina de Eugeni d'Ors, en el volumen Tina i la Guerra Gran. Acusaba a germanófilos y aliadófilos de ser más papistas que el Papa. D'Ors preconizó la neutralidad. Defendía el ideal de la unidad moral de Europa, incluso de una unidad moral del mundo. Puesto que todos los países en guerra defendían a su modo la civilización europea, era intelectualmente obligado ubicarse por encima de la gran refriega. Lideró en Barcelona los Amics de la Unitat Moral d'Europa. Conectaba con otras iniciativas parecidas, incluso en los países beligerantes. Para D'Ors, aquella guerra era una guerra civil. Posteriormente, fue fácil constatarlo. Lo antipático que pudo ser D'Ors.
Valentí Puig es escritor

 

miércoles, 1 de enero de 2014