JOSÉ JAVIER ESPARZA
Pongámonos en contexto. Madrid se ha levantado contra los franceses
el 2 de mayo. Napoleón se ha encontrado con algo insólito: un pueblo
que, aun sin rey, se organiza sobre la base de sus viejas instituciones y
se alza en armas para defender la patria y la religión. Por todas
partes surgen las Juntas. Los franceses son derrotados en el Bruc y en
Bailén, fracasan en los asedios de Zaragoza y Valencia. En tal tesitura,
temen perder la comunicación con Francia, comunicación que pasaba,
entre otros lugares, por Cataluña, y concretamente por Gerona. La
situación en Cataluña era difícil. Un fuerte contingente francés se
había asentado en Barcelona y creía controlar la región. Pero en Gerona
también los españoles se levantan. En junio de 1808 se constituye una
Junta, animada sobre todo por el pueblo llano y los clérigos; pese al
recelo de la burguesía local, la Junta se convierte en el verdadero
poder y declara la guerra a los franceses.
¿Y estaba Gerona en condiciones de hacer tal cosa? En realidad, era
una locura. Estamos hablando de una ciudad pequeña, de unos 10.000
habitantes y castigada por la crisis del trigo. Militarmente era muy
débil: con un marino como gobernador, Julián de Bolívar, tenía una
guarnición de tan sólo 300 soldados del Regimiento de Ultonia, al mando
de dos oficiales de ascendencia irlandesa: O’Daly y O’Donovan. Ante el
estado de guerra, la Junta organizó dos tercios de miqueletes, milicias
populares como los somatenes. También acudieron marineros de Sant Feliu
de Guixols para atender unas pocas piezas de artillería, en unas
murallas arrumbadas por el tiempo y reducidas a su mínima expresión.
Tres asedios
De manera que Gerona era muy poca cosa, pero para los franceses era
vital: necesitaban controlarla para asegurar las comunicaciones con
Francia. Así que el jefe napoleónico en Barcelona, Duhesme, que se ha
enterado de la sublevación, corre a sofocarla. Es el 20 de junio. Se
presenta en Gerona con 5.000 hombres y ocho cañones. Insta a los
gerundenses a rendir la plaza. Los gerundenses dicen que no. Duhesme se
lanza al asalto. Y aquí, como en Valencia o en Zaragoza, los franceses
fracasan: después de tres asaltos, la ciudad resiste. El francés
resuelve volver a Barcelona para reunir más tropas. Será un calvario:
por el camino, partidas de somatenes y soldados le infligen graves
bajas. Los gerundenses han superado este primer asedio. Devotos,
atribuyen su victoria a la protección de San Narciso, que es nombrado
jefe militar de la ciudad.
Los franceses vuelven, como era de esperar. Será un mes después, el
20 de julio. Duhesme trae ahora más cañones; plantea un largo asedio en
toda regla. Pero las defensas de Gerona han aumentado. Primero llegan
tres batallones españoles. Rápidamente empiezan a concentrarse columnas
de somatenes con dos grandes guerrilleros: Juan Clarós y Miláns del
Bosch. Y los refuerzos consiguen su objetivo: después de un mes de
asedio, el 20 de agosto los franceses tienen que abandonar nuevamente, y
esta vez con pérdidas aún más cuantiosas.
Habrá un tercer asedio. Será el definitivo. Y será también uno de
los más tremendos de la guerra de la independencia. Por parte francesa,
penetra un gran ejército -18.000 hombres- con el objetivo de asegurar el
control sobre Cataluña y, muy principalmente, acabar con la resistencia
de Gerona. Pero a Gerona ha llegado alguien muy importante: el general
Álvarez de Castro, un militar experto, de sesenta años; un hombre que se
había negado a entregar a los franceses el castillo de Montjuich, que
se había lanzado al combate y que llegaba a Gerona con el propósito de
apurar la resistencia. El 1 de abril de 1809, nuestro general publica un
bando resolutivo: se resistirá hasta la muerte. Y quien piense en
pasarse al enemigo, será ejecutado sin piedad.
Los franceses se lanzan al ataque. Ocupan las posiciones elevadas
en torno a Gerona. Desde allí quieren bombardear la ciudad durante el
tiempo que sea preciso. Envían un emisario a Álvarez de Castro para
instarle a la rendición. El español no la acepta. El asedio será brutal.
La artillería francesa cañonea sin cesar los muros de Gerona, sus
casas, sus calles. Ya no se trata simplemente de amedrentar a la
población, sino que es una estrategia deliberada de aniquilación de la
ciudad, hasta su última piedra. Los gerundeses, sin embargo, no se
rinden. Al revés, aceptan vivir entre las bombas como quien oye llover.
Es casi increíble, pero esa situación va a prolongarse durante
siete meses. Los franceses siguen acercándose, siguen bombardeando, pero
Gerona no cae. A sus exiguas fuerzas –unos 5.600 hombres-, Álvarez de
Castro ha añadido a la población civil. Primero se crea la Cruzada
Gerundense –un nombre que dice mucho sobre el carácter que los españoles
dieron a aquella guerra. La Cruzada constituyó ocho compañías
clasificadas por oficios: clérigos seculares, clérigos regulares,
estudiantes, artesanos, gente de posición, constructores, etc. Todos
defienden: hombres, niños, ancianos, mujeres… sobre todo las mujeres.
Tanto se distinguen las mujeres de Gerona en la resistencia, que Álvarez
de Castro decide encuadrarlas también militarmente y otorgarles los
mismos derechos que a los soldados. Así nace a finales de junio la
Compañía de Santa Bárbara, que usaba como distintivo un lazo rojo en el
brazo. Esta es la orden del general:
“Habiendo entendido el espíritu, valor y patriotismo de las
Señoras Mujeres Gerundenses, que en todas las épocas han acreditado, y
muy particularmente en los sitios que ha sufrido esta Ciudad, y en el
riguroso que actualmente le ha puesto el enemigo; deseando hacer público
su heroísmo y que con más acierto y bien general puedan dedicar y
emplear su bizarro valor en todo aquello que pueda ser de beneficio
común á la Patria, y muy particularmente de los nobles guerreros
defensores de ella, y que a su tiempo tenga noticia circunstanciada S.
M. del inaudito valor, y entusiasmo de las Señores Mujeres Gerundenses,
(…) Ha venido S. E. en disponer y mandar que se forme una compañía de
doscientas Mujeres sin distinción de clases, jóvenes, robustas, y de
espíritu varonil para que sean empleadas en socorro, y asistencia de los
soldados, y gente armada (…) La Compañía de Señoras Mujeres Gerundenses tendrá la denominación de Compañía de Santa Bárbara”.
La estrategia de la boa
Los españoles conseguirán hacer llegar víveres y municiones a los
sitiados, pero ninguna ayuda podrá romper la tenaza francesa. El 19 de
septiembre lanzan los de Napoleón su gran ataque: cañoneo brutal,
murallas rotas, franceses que entran por las grandes brechas… Se combate
cuerpo a cuerpo. Y pronto, el milagro: los gerundenses logran detener
el asalto. Para los franceses resultaba incomprensible. Tanto que,
directamente, optaron por no volver a intentarlo: a partir de ese
momento, la estrategia francesa se limitará a estrechar el cerco a
fuerza de artillería, como una boa asfixia a su presa. Eso será lo que
acabe con Gerona.
El 10 de noviembre llega una carta del mando español: no va a ser
posible prestar auxilio a la plaza. Gerona está abandonada a su suerte.
Cuando llega el invierno, la situación es insostenible: los edificios,
arruinados; los supervivientes, sin techo ni víveres ni medicinas; las
defensas, quebradas. La descomposición de los cadáveres expande graves
enfermedades. El propio Álvarez de Castro enferma. La Junta designa a
Bolívar para que tome el mando. Poco le queda por hacer.
Son las siete de la tarde del 10 de diciembre de 1809. Ha caído la
noche. Los sitiados, al límite de sus fuerzas, optan por capitular. Aún
así, ponen sus condiciones. Los sitiados no son bandoleros ni rebeldes.
Son un ejército, incluida la población civil movilizada. Como militares,
exigen al ejército vencedor un trato conforme a los usos tradicionales
de la guerra. Los franceses serán respetuosos, pero sólo a medias. En
Gerona ya no había nada que saquear. Pusieron un especial celo en
atrapar al general Álvarez de Castro; no les costó mucho, postrado como
se hallaba. Al general le espera un calvario: enfermo y deshecho, será
llevado de una cárcel a otra hasta terminar en el castillo de Figueras,
donde muere el 22 de enero de 1810.
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