Me siento a escribir esto cuando ya llevo una semana en Madrid después de seis años en Nueva York. Aclaro: no estoy de vacaciones. He venido para quedarme. He vuelto.
¿A Barcelona o a Madrid?, me preguntaba la gente a medida que se iba sabiendo que liaba el petate neoyorquino. Ser catalana es una especie de profesión a tiempo completo, ya habrán notado ustedes algo. Una profesión tan exigente y tan dura como ser estrella de rock o ser Papa. Menos mal que últimamente yo me he puesto de autónoma y voy bastante por libre.
Para que se hagan una idea de por lo libre que voy, acabo de romper relaciones con un periódico catalán llamado Ara (ahora), cuya contraportada de los martes llevaba servidora escribiendo desde su fundación, hace ya más de siete meses. Voluntariamente he renunciado a proseguir mi colaboración después de varios conatos de presión, represión y bullying que el pasado 28 de junio culminaron con la censura de un artículo entero. Tras lo cual, del mejor de los rollos y con todo el dolor de mi corazón, les tuve que pedir que por favor se metieran la contraportada por la oreja.
A quien le interesen los detalles sórdidos de la historia puede serle útil este link. A quien, siendo igual de cotilla, leer en catalán se le haga arduo o, contra todo pronóstico, le aburra, con placer le resumo, por supuesto según mi leal saber y entender, lo esencial del tema: periodista y escritora catalana y española, cada vez más orgullosa de ser ambas cosas, cada vez más irremediablemente crítica con el independentismo catalán, llega a la conclusión de que está siendo objeto de una caza de brujas en la prensa catalana. Y lo deja.
Buceando en el link que antes pasé se llega a leer mi artículo censurado, que, contra lo que podría pensarse, no es de catalanes. Es de negros racistas en un autobús de Nueva York, una ciudad de Estados Unidos donde se ve la mayor mezcla racial del país y una de las más apasionantes del mundo, pero por eso mismo, me temo, también se ven tremendas simas de intolerancia. De todos contra todos. La experiencia demuestra que la mayoría de la gente se mezcla por obligación, porque a la fuerza ahorcan, más que por un verdadero afán de ampliar horizontes y costumbres.
Mi artículo fue censurado con el argumento de que el cuadro de racismo inverso que yo describía “no sería entendido por el lector catalán medio”. (¿O temían que lo entendiera demasiado bien?) Me pidieron que lo cambiara. Me negué. Sobre esto me gustaría precisar una cosa. Me gustaría decir que la censura en prensa está mucho más extendida de lo que parece. Se practica en casi todas partes casi todos los días. Quien tenga años de profesión a sus espaldas y diga que no le han censurado nunca, miente.
Entre otras cosas porque la censura, como antes Hacienda, somos todos. Se tiende a pensar en una omnipotente tijera mítica como la que por ejemplo operaba en la época de Franco. Eso puede darse hoy en día, pero es la excepción. Sucede mucho más a menudo que en el momento en que se escribe un artículo, en que este sale de las tripas de su autor y empieza a dar sus primeros y –a veces- tambaleantes pasos en las mesas de correctores, editores, directores y demás, se activa un campo magnético lleno de…pues eso, de magnetismo. De fuerzas que vienen y van, arrastrando la verdad en múltiples direcciones.
Todo el mundo tiende a creer que tiene razón y que quien discrepa de él se equivoca, a veces imperdonablemente. Todo dios (bueno, unos más que otros) se lanza al cuello del dios rival con enfebrecido ánimo redentor. Si se pudiera tachar, desleer y desescribir todo aquello que nos disgusta, asusta y ofende… Pasa en las mejores familias y pasa en todos los niveles del proceso informativo. Censura es cuando el jefe de prensa de un partido político llama a un periodista o a su jefe para obtener el titular más favorable o para frenar aquel que le puede hacer más daño a su señorito. Censura es por supuesto la gran empresa que amenaza con retirar su publicidad si se cuestionan sus prácticas comerciales. Pero censura es también el padre de una joven drogadicta asesinada en Estados Unidos que protestó ante el reportero que había publicado que el asesino le pateó la cara a su hija mientras la estrangulaba y se burló de ella por hacer “el mismo ruido que hacen las cucarachas al morir”. Ese padre seguramente tenía su razón al protestar. Pero lo que estaba pidiendo era pura y dura censura.
Por eso mismo, porque a veces hay buenas razones para censurar, todos hemos dudado alguna vez. A todos nos han convencido alguna vez de que nos habíamos “pasado” en algo. Que íbamos a pisar más callos de lo justificable para informar, opinar o incluso zaherir. El censor más inteligente es el que te hace dudar de la pertinencia de lo que has escrito. Yo me he encontrado un par de censores inteligentes en mi vida, y no descarto que por lo menos uno me hiciera un favor.
Pero para censurar bien hace falta mucha inteligencia, insisto, y una noción muy clara de los objetivos y de los límites, porque la censura es un instrumento extremo. Es la quimioterapia del periodismo. Mata todo a su paso. Sólo está justificada en caso de fuerza muy pero que muy mayor. De cáncer para arriba.
¿Tan canceroso era mi artículo sobre el racismo inverso en un autobús de Nueva York? Si en algún momento –muy breve- llegué a tener dudas, se me han quitado todas gracias a la cálida cascada de muestras de apoyo y de elogio que recibo desde que el texto saltó a las redes sociales. De la Cataluña macro y generosa, no de la micro y mezquina. A día de hoy tengo la sensación, debo decir que muy agradable, de que todo lector con capacidad de articular un comentario de acuerdo con las leyes más elementales de la lógica y la gramática me ha entendido. No quisiera faltar demasiado al respeto a los que no. Pero no me resisto a hacer constar que algunos de los argumentos que he leído por ahí a favor de censurarme es que escribo en la prensa española o que mi marido es madrileño.
Y es que ese es el tema, precisamente. Que conste que yo no le hago ascos a las críticas. Nunca he pretendido ser incriticable. Pero, ¿en qué momento lo criticable deviene impublicable, quién lo decide y por qué? Yo me negué en redondo a modificar el artículo, y me niego a seguir escribiendo –aunque me lo han pedido- en el medio que lo censuró, porque percibí con toda claridad que algunos elementos de ese medio pugnaban por eliminar no tanto una opinión concreta como la voz que la emitía. Era mi entera figura, la de una catalana de pura cepa, y a la vez española sin complejos, lo que sacaba de quicio a algunos. Lo que había que silenciar con cualquier excusa.
Debo decir que el independentismo catalán a mí no me quita ni una hora de sueño como española. ¿Para qué, si sé que con toda seguridad nunca han dado ni darán pie con bola? No hay mucho peligro de que Cataluña se independice de nada ni de nadie, visto el nivel de los gurus independentistas. Menuda tropa. La amenaza no es para España. Es para los catalanes. Es la propia sociedad catalana la que empieza a frustrarse, a agrietarse y a fracturarse de manera quizás trágica. Ya tenemos comité de actividades anticatalanas y todo. ¿No era Cataluña lo bastante pequeña como para tener que achicarla aún más?
El verdadero peligro de estas cosas es que consigan hacerte dudar de que tu tierra es tu tierra. De si todavía soy o merezco ser catalana. Privarme del derecho a la armonía en libertad. Robarme la lengua de mi infancia y de mi madre, la luz del atardecer en Besalú mientras mis pasos se guardan en la piedra ancestral como en un sueño, el querido latigazo canalla de irme de copas por el Raval de Barcelona, etcétera, a no ser que acates cierta ley del silencio. Que aceptes taparte la boca y la nariz y ahogarte en una espesa sopa de “cosas que no se pueden decir si no quieres que te llamen facha”.
Pues ni soy facha, ni me callo. Desde Madrid, ciudad que amo a rabiar, visca Catalunya…libre, es decir, completa. Conmigo dentro, o viviendo fuera pero cantando las verdades. Y a quien no le guste, ajo y agua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario